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sábado, 18 de febrero de 2012

Fragmento del libro "El amor más Grande" de la Madre Teresa de Calcuta

Nota: este es un fragmento del libro reflexiones de la Madre Teresa ¡Aquí en este blog!

EL AMOR
“Amémonos los unos a los otros como Dios nos ama a todos, con un amor intenso y particular.
Seamos amables los unos con los otros: Es mejor cometer faltas con amabilidad que hacer milagros con falta de ella
Madre Teresa
“En esto conocerán que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros”
Jesús, (Juan 13:35)

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Jesús vino a este mundo para una finalidad. Vino a darnos la buena nueva de que Dios nos ama, de que Dios es amor, de que te ama a ti y me ama a mí. Pero ¿Cómo nos amo Jesús? Pues dando su vida por nosotros.
Dios nos ama con tierno amor. Eso es lo único que vino a enseñar Jesús: la ternura del amor de
Dios. “Yo te llame por tu nombre y tú me perteneces” (Isaías, 43:1).
El evangelio es muy, muy sencillo. ¿Me amas? Cumple mis mandamientos. Se mueve y gira sólo para llegar a un fin: amaos los unos a los otros.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Deuteronomio 6:5). Este es el mandamiento de nuestro gran Dios y Él no puede mandar lo imposible. El amor es un fruto maduro en todo momento y al alcance de todas las manos. Cualquiera puede cogerlo y no hay fijado ningún límite.
Todos podemos llegar a ese amor mediante la meditación, el espíritu de oración y sacrificio, y por una intensa vida interior. No creas que para ser auténtico el amor tiene que ser extraordinario.
Lo que necesitamos es amar sin cansarnos. ¿Cómo arde una lámpara? Gracias al continuo alimento de pequeñas gotas de aceite. ¿Qué son esas gotas de aceite en nuestras lámparas? Son las pequeñas cosas de la vida cotidiana: Fe, palabras de amabilidad, pensar en los demás, nuestra manera de estar en silencio, de mirar, de hablar y de actuar. No busquéis a Jesús fuera de vosotros. Él no está fuera, está dentro de cada uno. Mantened la llama de vuestra lámpara encendida y lo reconoceréis.
Las palabras de Jesús “Amaos como yo os he amado, los unos a los otros” no sólo deberán iluminarnos sino también ser una llama que consuma el egoísmo que impide el crecimiento de la santidad.
Jesús nos amo hasta el final, hasta el límite mismo del amor: La cruz. Este amor debe provenir de dentro, de nuestra unión con Cristo. Amar debe ser para nosotros algo tan normal como vivir y respirar día tras día hasta la muerte.

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He experimentado muchas debilidades humanas, muchas flaquezas, y continúo experimentándolas. Pero es necesario que las aprovechemos. Necesitamos trabajar por Cristo con un corazón humilde, con la humildad de Cristo. Él nos utiliza para que seamos su amor y compasión en el mundo a pesar de nuestras debilidades y flaquezas.
Un día recogí a un hombre de la calle; tenía el cuerpo cubierto de gusanos. Lo llevé a nuestra casa. Ni maldijo ni culpó a nadie de su situación. Simplemente dijo: “He vivido como un animal en la calle, pero voy a morir como un ángel, ¡amado y atendido!”. Tardamos tres horas en limpiarlo. Finalmente, el hombre levantó la vista hacia la hermana y dijo: “Me voy a casa a ver a Dios”. Y dicho esto murió. Jamás he visto una sonrisa tan radiante como la de aquel hombre. Se fue a casa a ver a Dios. ¡Qué cosas puede hacer el amor! Es posible que la joven hermana no se diera cuenta en esos momentos, pero estaba tocando el cuerpo de Cristo. Es lo que quiso dar a entender Jesús cuando dijo: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25:40). Y ahí es donde tú y yo entramos en el plan de Dios.
Comprendamos la ternura del amor de Dios. Porque Él dice en las escrituras: “¿Puede una madre olvidarse y no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvidara, Yo no te olvidaría. He aquí que te tengo grabada sobre la palma de las manos” (Isaías 49:15-16). Cuando nos sintamos solos, cuando no nos sintamos amados, cuando nos sintamos enfermos y olvidados, recordemos que somos algo muy preciado para Él. Él nos ama. Demostrémonos ese amor los unos a los otros, porque eso fue lo único que vino a enseñarnos Jesús.
Recuerdo a una madre que tenía doce hijos, la menor terriblemente mutilada. Me es imposible describir a esa criatura. Me ofrecí para internar a la niña en nuestra casa, donde hay otros muchos niños en condiciones semejantes. Pero aquella mujer empezó a protestar:
̶ Por Dios santo, madre, no me diga eso. Esta criatura es el mayor regalo de Dios para mí y mi familia. Todo nuestro amor está centrado en ella. Nuestras vidas estarían vacías si nos la quitara.
El amor de esa mujer rebosaba comprensión y ternura. Pero, ¿Sentimos un amor así en la actualidad? ¿Comprendemos que nuestro hijo, marido, esposa, padre, madre, hermana o hermano, tienen necesidad de esa comprensión, del calor de nuestra mano?
Un día, en Venezuela fui a visitar a una familia para agradecerles un cordero que nos habían regalado. Jamás olvidaré esa visita. Tenían un niño terriblemente tullido. Le pregunté a la madre cómo se llamaba. Ella me dio una bella respuesta:
̶ Lo llamamos “Maestro del amor” porque vive enseñándonos la manera de amar. Todo lo que hacemos por él es la expresión de nuestro amor por Dios.
Somos muy valiosos a los ojos de Dios. Jamás me canso de repetir una y otra vez que Dios nos ama. Es algo maravilloso que el propio Dios me ame tiernamente. Por eso debemos tener valor, alegría y la convicción de que nada puede separarnos del amor de Cristo.

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Creo que con demasiada frecuencia sólo nos fijamos en el aspecto negativo de la vida, en lo que está mal. Si estuviéramos más dispuestos a ver lo bueno y las cosas hermosas que nos rodean podríamos transformar a nuestras familias, y a partir de ahí cambiar a nuestros vecinos, y después a quienes viven en nuestro barrio o ciudad. Podríamos traer la paz y el amor a nuestro mundo, que está hambriento de esas cosas.
Si en realidad queremos conquistar el mundo no podemos hacerlo con bombas ni otras armas de destrucción. Conquistémoslo con nuestro amor. Entretejamos nuestras vidas con vínculos de sacrificio y amor y así nos será posible conquistar el mundo.
No necesitamos hacer grandes cosas para demostrar un gran amor a Dios y a nuestro prójimo. Es la intensidad del amor que ponemos en nuestros gestos lo que los hace hermosos a los ojos de Dios.
La paz y la guerra comienzan en casa. Si de verdad queremos paz para el mundo, comencemos por amarnos mutuamente dentro de nuestras familias. A veces nos cuesta sonreírnos los unos a los otros. Al marido suele resultarle difícil sonreírle a su esposa y a la esposa sonreírle a su marido.
Para que el amor sea auténtico tiene que ser por encima de todo un amor por nuestro prójimo. Debemos amar a quienes tenemos más cerca, en nuestra propia familia. A partir de ahí el amor se extiende hacia quien quiera que nos necesite.
Es fácil amar a aquellos que viven muy lejos; pero no siempre es fácil amar a los que tenemos cerca. Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar el hambre de una persona necesitada que consolar la soledad y angustia de una persona de nuestra misma casa que no se siente amada.
Quiero que vayas a buscar a los pobres de tu propia casa, ya que el amor tiene que comenzar ahí. Quiero que seas la buena nueva para todas las personas que te rodean. Que te preocupes del prójimo que tienes en la casa del lado. ¿Sabes quién es tu vecino?
El verdadero amor es aquel que nos causa dolor, que duele y a la vez nos da alegría. Por eso hemos de orar a Dios y pedirle que nos dé el valor de amar.
De la abundancia del corazón habla la boca. Si tienes el corazón rebosante de amor, hablarás de amor. Quiero que llenéis vuestros corazones de inmenso amor. No penséis que para que el amor sea verdadero y ardiente debe ser extraordinario. No, lo que necesitamos en el amor es el deseo continuo de amar a aquel que amamos.
Un día me encontré a una mujer ardiendo de fiebre en medio de la basura. Estaba agonizando y no paraba de repetir:
̶ ¡Fue mi hijo el que lo hizo!
La cogí en brazos y la lleve al convento. Mientras la trasladaba la insté para que perdonara a su hijo. Tardé un buen rato en oírla decir:
̶ Sí, lo perdono.
Lo dijo con un sentimiento de verdadero perdón, justo en el momento de morir. La mujer no se daba cuenta de su sufrimiento, de que estaba ardiendo de fiebre, de que agonizaba. Lo que le rompía el corazón era la falta de amor de su hijo.
Las almas santas a veces experimentan grandes pruebas interiores y conocen la oscuridad. Pero si deseamos que los demás conozcan la presencia de Jesús hemos de ser los primeros convencidos de ella.
Hay miles de personas a las que les encantaría tener lo que tenemos nosotros, y sin embargo Dios nos ha elegido para estar donde estamos ahora y compartir la alegría de amar a otros. Desea que nos amemos y no demos los unos a los otros hasta que nos duela. No importa cuánto damos, lo que importa es cuanto amor ponemos en lo que damos.
Según las palabras de nuestro Santo Padre, debemos ser capaces de “Limpiar lo que está sucio, de calentar lo que está tibio, de fortalecer lo que está débil y de iluminar lo que está oscuro”. No debemos tener miedo de proclamar el amor de Cristo ni de amar como Él nos amo.
Donde está Dios hay amor, y donde hay amor siempre hay una apertura a servir. El mundo tiene hambre de Dios.
Cuando todos veamos a Dios en la otra persona, nos amaremos los unos a los otros como Él nos ama a todos. Ese es el cumplimiento de la ley de amarnos los unos a los otros. Eso es lo único que vino a enseñarnos Jesús: que Dios nos ama y que desea que nos amemos los unos a los otros como Él nos ama.
No olvidemos que hemos sido creados para grandes cosas, no sólo para ser un número en el mundo ni para obtener diplomas y títulos o buscar este y ese otro trabajo. Hemos sido creados para amar y ser amados.

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Seamos siempre fieles en las cosas pequeñas, porque en ellas está nuestra fuerza. Para Dios nada es pequeño, todas las cosas son infinitas. Practica la fidelidad en las cosas más insignificantes, no por ellas mismas sino por la grandeza que es la voluntad de Dios, que yo respeto muchísimo.
No busquéis hacer obras espectaculares. Deliberadamente hemos de renunciar a todo deseo de ver el fruto de nuestro trabajo. Hacedlo todo lo mejor que podáis y dejad el resto en manos de Dios. Lo que importa es el regalo de nuestro Yo, el grado de amor que ponemos en cada uno de nuestros actos.
No os dejéis desanimar por ningún fracaso mientras lo hayáis hecho lo mejor posible. Tampoco os gloriéis de vuestros éxitos y atribuidlo todo a Dios con profunda gratitud.
Si os sentís desanimados, eso es señal de orgullo porque demuestra que habéis puesto la confianza en vuestro poder. Jamás os preocupéis de las opiniones de los demás. Sed humildes y no seréis molestados. El señor me ha querido aquí y aquí estoy. Él dará la solución.
Cuando atendemos a los enfermos y desamparados lo que tocamos es el cuerpo sufriente de Cristo, y ese contacto nos hace heroicos; nos hace olvidar la repugnancia y nuestras tendencias naturales. Necesitamos los ojos de la fe profunda para ver a Cristo en el cuerpo desgarrado y las ropas sucias bajo las cuales se esconde el más hermoso entre los hijos de los hombres. Necesitamos las manos de Cristo para tocar esos cuerpos heridos por el dolor y el sufrimiento. El amor intenso no mide, solo da.

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Nuestras obras de caridad no son otra cosa que el amor de Dios que se derrama desde el interior. La caridad es como una llama viva: Cuanto menos combustible hay, más viva es la llama. De igual manera, cuando tenemos el corazón desprendido de toda causa terrena nos entregamos al servicio desinteresado. El amor de Dios debe inducirnos a ser del todo serviciales. Cuanto más desagradable es el trabajo, mayor debe ser el amor, ya que supone socorrer al Señor disfrazado con los harapos de los pobres.
Para que sea fructífera, la caridad debe costarnos un esfuerzo. En realidad oímos hablar mucho de caridad pero nunca la consideramos en toda su importancia: Dios dio al mandamiento de amar a nuestro prójimo la misma importancia que al primero.
Para ser capaces de amar necesitamos tener fe, porque la fe es el amor puesto en las obras; y por lo tanto, servicio. Para ser capaces de amar hemos de ver y tocar. La fe puesta en obras mediante la oración, la fe puesta en obras mediante el servicio; ambas cosas son lo mismo, el mismo amor, la misma compasión.
Han transcurrido algunos años, pero jamás olvidaré a una chica francesa que vino a Calcuta. Estaba muy angustiada. Se puso a trabajar en nuestra casa para indigentes moribundos. Al cabo de diez días vino a verme. Me abrazó y me dijo:
̶ ¡He encontrado a Jesús!
Le pregunte donde lo había encontrado.
̶ En la casa para indigentes moribundos.
̶ ¿Y qué hiciste después de encontrarlo?
̶ Fui a confesarme y tomé la sagrada comunión por primera vez después de quince años.
̶ ¿Y qué más hiciste?
̶ Envié un telegrama a mis padres diciéndoles que había encontrado a Jesús.
Yo la miré a los ojos y le dije:
̶ Bueno, ahora haz tus maletas y vuelve a tu casa. Ve y dales a tus padres alegría, amor y paz.
Volvió a casa radiante de alegría porque su corazón estaba lleno de dicha. ¡Y qué alegría llevó a su familia! ¿Por qué? Pues porque había perdido la inocencia de su juventud y la había vuelto a recuperar.
A Dios le gusta el dador alegre. La mejor manera de expresar la gratitud a Dios y a las personas es aceptarlo todo con alegría. Un corazón dichoso es la consecuencia normal del corazón ardiente de amor. La alegría es fuerza. Los pobres se sienten atraídos hacia Jesús porque en Él reside y de Él emana un poder superior, de sus ojos, de sus manos, de su cuerpo, un poder totalmente entregado a Dios y a los hombres.
No permitamos que nada nos perturbe, nos aflija o nos desaliente tanto como para que nos haga olvidar la alegría de la resurrección. En el servicio a Dios y a las almas la alegría no es solamente cuestión de temperamento; es siempre difícil. Con más razón aún debemos tratar de adquirirla y de hacerla crecer en nuestros corazones. Quizá no podamos dar mucho, pero siempre podemos dar alegría que brota de un corazón enamorado de Dios.
En todo el mundo la gente está hambrienta y sedienta del amor de Dios. Satisfacemos esa hambre derramando alegría. La alegría es una de las mejores protecciones contra la tentación. Jesús puede tomar posesión total de nuestra alma sólo si se la entregamos alegremente.
Una vez alguien me preguntó:
̶ ¿Está cansada?
̶ Sí, y a veces me resulta muy difícil sonreírle a Jesús porque sabe ser muy exigente.
Dios está dentro de mí con una presencia más íntima que aquella por la cual estoy en mí misma: “En Él vivimos y nos movemos y existimos” (Hechos 17:28). Es Él quien le da la vida a todo, quien da poder y ser a todo lo que existe. Sin su presencia sustentadora todas las cosas dejarían de existir y volverían a la nada. Pensemos que estamos en Dios, rodeados y abrazados por Él, nadando en Él. El amor de Dios es infinito. Con Dios nada es imposible.

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Al final de nuestra vida seremos juzgados por el amor.
San Juan De La Cruz

Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna.
Jesús (Juan 3:16)

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