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viernes, 17 de febrero de 2012

Sueño 29: Un paseo al paraíso

Estracto del libro "Sueños proféticos de San Juan Bosco (sueño 29)




29. Un paseo al paraíso 1861 (MB. 653)







En la noche del 7 de abril de 1861 dijo Don Bosco a sus jóvenes:

- “Voy a contarles un sueño que tuve durante tres noches. Lo que más emoción me produjo fue que cada noche reanudé el

sueño en el punto preciso en el que había quedado la noche anterior al despertarme. El sueño consta de tres partes:

Primera Parte.

Soñé que llegaba con mis discípulos a una hermosa y amplia llanura y que les preguntaba: ¿Quieren que vayamos a dar un

paseo?

Los jóvenes dijeron: ¿Pero a dónde?

Y uno respondió: ¡Vamos al paraíso!

Y todos aclamaron: ¡Sí, vamos al paraíso!

Atravesamos la llanura y llegamos a una hermosísima colina de llena de toda clase

de árboles frutales, y cada árbol estaba totalmente lleno de las frutas más

exquisitas. Por todas partes se veían flores bellísimas y en el ambiente se sentía una

paz y una alegría imposibles de describir. Los jóvenes mientras gustaban aquellas

sabrosas frutas me preguntaban: ¿Qué significa todo esto? Y yo les respondía:

“Esto es un recuerdo de los goces y alegrías que nos esperan en el paraíso”.

Nos imaginábamos que ya estábamos en el paraíso pero luego al llegar a la cumbre

de la colina divisamos a lo lejos una altísima montaña. Allí sí estaba el paraíso.

Y vimos que una inmensa cantidad de gente subía por esa encumbrada montaña,

con mucha dificultad pero con enorme entusiasmo, y que desde arriba Dios, desde

una luz hermosísima, invitaba a todos a seguir subiendo y a no desanimarse por las

dificultades.

Vimos también que varios de los que ya estaban muy altos, bajaban otra vez para

ayudar a los que estaban pasando por sitios demasiados difíciles, y les ayudaban

para que lograran subir también ellos.

Y se notaba que a los que llegaban a subir hasta la cumbre los recibían allá con una gran fiesta y con muchísima alegría.

Numerosos jóvenes, al contemplar a lo lejos el paraíso, sintieron tal entusiasmo que emprendieron veloz carrera hacia él,

para llegar lo más pronto posible, y se adelantaron mucho al resto del grupo.

El lago de sangre
. Antes de empezar la subida hacia el paraíso nos encontramos con un lago de sangre, de varias cuadras

de ancho y largo, y allí junto a él vimos multitud de brazos, manos, pies, cabezas y cuerpos descuartizados. Parecía que allí

hubiera habido una horrible batalla. Era un espectáculo espantoso.

Los jóvenes que se habían adelantado corriendo, estaban allí mirando horrorizados. Los demás jóvenes que iban llegando

y que venían tan alegres, quedaron silenciosos y llenos de susto y tristeza.

En la orilla del lago había un gran letrero que decía: “POR MEDIO DE LA SANGRE”.

Yo pregunté qué significaba todo aquello y una voz me dijo: “El lago significa la sangre que han derramado los mártires

de la santa religión, desde la sangre del justo Abel hasta la del último profeta asesinado”. (Lc. 11,51) y la sangre del gran

mártir Jesucristo, y la de todos los que han muerto por defender la religión.

Y los brazos, pies, manos y calaveras, ¿qué significan?

La voz nos respondió: “Son los que han pretendido luchar contra la Iglesia. Han quedado tendidos en el campo de batalla,

pues la promesa de Jesús dice:
“Los poderes del infierno no podrán contra ella” (S. Mateo 16,18).

Yo les explique a mis discípulos que los que se sacrifican por defender la santa religión subirán muy alto hacia el Cielo y

que los que atacan la religión de Jesucristo se quedarán destrozados a mitad del camino de la eternidad. Y seguimos

nuestro viaje.

El lago de agua
. Encontramos otro gran lago de aguas cristalinas, con un inmenso letrero que decía: “POR MEDIO DEL

AGUA”. También junto a este lago había muchos cuerpos destrozados. Y una voz nos explicó: Esto significa que para ir al

Cielo hay que ser purificados por el agua del bautismo y por el sacramento de la penitencia, porque
“al Cielo no puede

llegar nada manchado”
(Apoc. 21,27). Y los restos humanos son los que no quisieron purificarse por la penitencia, y se

dedicaron a obrar contra la Iglesia de Dios.

 

El lago de fuego
. Seguimos el viaje y llegamos a un lago de fuego. Allí a su alrededor

había también restos de cuerpos humanos y en el otro extremo un gran letrero que

decía: “POR MEDIO DEL FUEGO”.

Y una voz nos dijo: “Esto significa que para ir al paraíso es necesario tener gran

fuego de amor a Dios y de caridad al prójimo. Los restos de cuerpos humanos que hay

alrededor significan los que en vez de amar a Dios y a su prójimo, se dedicaron fue a

atacarlos. Han quedado destrozados, a mitad del camino de la eternidad.”

El circo de las fieras
. Llegamos luego a un enorme circo llenito de terribles fieras:

lobos, osos, tigres, leones, panteras, serpientes, perros bravos, gatos rabiosos y cada

monstruo tenía la boca abierta mostrando sus colmillos y aguardando que alguno se

le acercara para devorarlo.

La voz nos dijo: “Esos son los peligros que el demonio, el mundo y la carne presentan

contra el alma para hacerla pecar y llevarla a la condenación”.

Los jóvenes me preguntaron si nos acercábamos a las fieras pero yo les respondí:
“El

que ama el peligro, en él perece”
. Y nos retiramos de allí y seguimos nuestro viaje. Si

pasábamos por entre el circo, el camino era mucho más corto, pero muchísimo más

peligroso. En cambio, dando la vuelta, el viaje era mucho más largo pero con menos

peligros, y dispusimos más bien a dar la vuelta.

La multitud mutilada
. Llegamos a una llanura donde había una inmensa multitud de personas, pero a cada cuerpo le

faltaba algo. A unos les faltaban los ojos, a otros las orejas, a unos las manos y a otros la cabeza. Unos no tenían lengua.

Los jóvenes estaban aterrados al ver a esa gente tan mutilada, pero una voz nos explicó: “Esos son los que por salvar el

alma y por no pecar sacrificaron su vista o sus oídos o hicieron sacrificios en el hablar o hicieron sufrir a su cuerpo con

ayunos y penitencias. Los que no tienen cabeza son los que se consagraron a Dios ofreciéndole toda su vida para su Santo

servicio. Estas gentes cumplieron lo que decía Jesús:
“Si tu mano o tu ojo te es ocasión de pecado, sacrifícalo. Que más

vale entrar al Reino de los Cielos mano o ciego, que irse con las dos manos al infierno”
(Mt. 18,8).

Estos resucitarán gloriosos para reinar eternamente en el Cielo.

Y en aquel momento oí que una gran muchedumbre venia desde el Cielo para animar a los que iban subiendo hacia el

paraíso y les decían: “Ánimo, bien, bien”, y al oír aquel ruido de aplausos y de gritos me desperté. Esta es la primera parte

del sueño.

Segunda Parte.

La plaza y el túnel
. En nuestro viaje hacia el paraíso llegamos a una gran plaza llena de gente muy alegre. Pero la plaza

terminaba en un túnel sumamente estrecho y el que quería pasar por él tenía que despojarse de todo lo superfluo, de todo lo

no necesario, porque si no era así no cabía por el angostísimo túnel. Entonces recordé la frase de Jesús:
“El que no

renuncie por amor a mí, a lo que mucho ama, no es digno de mí”
. (Mt. 10,37).

Los atados a los animales
. Entonces llegamos a un valle donde había muchos individuos, pero cada uno amarrado a un

animal. Uno amarrado a un buey, otro a un asno o a un caballo, un tercero a un cerdo y otro a un perro o a un gato o a un

conejo.

Y me fue comunicado que los que están amarrados a un buey son los perezosos, en los cuales se cumplirá lo que dijo San

Pablo:
“El que poco cultiva, poco cosechará”. Y los que estaban amarrados a un asno son los tercos, los testarudos, los

que siguen sus caprichos sin hacer caso a lo que les aconsejan los sacerdotes y los superiores. A ellos les dice salmo 22:

“No seáis como asnos y mulas que hay que guiarlos con freno y si no nos hacen caso”
. Me fue dicho que los que estaban

amarrados a unos caballos son los que no emplean su cerebro para pensar en lo eterno y en la salvación del alma, sino

solo piensan en lo que es de la tierra y del cuerpo material.

A muchos los vi amarrados a cerdos y revolcándose con ellos entre el barro y me fue dicho que son los que se dedican a las

pasiones sensuales y con el pecado se alejan de Dios. Y me acordé del Hijo Pródigo del cual dice el Evangelio que:
“Se

dedicó a vivir impuramente y lo pusieron a cuidar cerdos”

Vi a unos amarrados a gatos: son los ladrones. Y otros amarrados a perros:

los que dan escándalo y mal ejemplo. Y varios amarrados a conejos: los que

son cobardes y no se atreven a defender su santa religión ni a practicarla

delante de los demás.

El jardín infectado
. Llegamos a un jardín muy hermoso lleno de rosas,

violetas y manzanas. Pero apenas nos acercamos a las rosas notamos que en

vez de aroma despedían un olor muy desagradable. Y las violetas en vez de

oler agradablemente, olían a fetidez asquerosa. Y uno de los jóvenes quiso

probar una de las manzanas que allí había y tuvo que vomitar porque tenía un

sabor horriblemente feo.

Y me fue comunicado que eso significa los goces materiales que ofrece el

mundo: tienen apariencia de belleza y de sabrosura, pero en realidad

producen asco y aversión y desagrado.

La muchedumbre del camino ancho
. Luego llegamos a una avenida ancha y atrayente y vimos que por allí corría

alegremente muchísima gente. Orquestas, conjuntos musicales, gritos y aplausos. Unos bailaban, otros brincaban, y la

algarabía de toso era ensordecedora.

Pero notamos con susto que entre esa inmensa multitud que descendía por el camino ancho, iban unos tipos muy elegantes

empujando para que no se detuvieran, pero a esos individuos les salían unos cuernos por debajo de sus sombreros.

Entonces me acordé de lo que dice el Libro de los Proverbios:
“Hay caminos que a la gente le parecen buenos pero que

terminan llevando al desastre”
. (Prov. 16,25).

Y una voz dijo: “Miren cuánta gente va viajando tranquilamente hacia el infierno sin darse cuenta”. Entonces nosotros nos

devolvimos llenos de susto y en vez de seguir por ese camino ancho que lleva a la condenación nos dirigimos hacia una

senda estrecha que subía. Recordábamos aquellas palabras de Jesús:
“Que ancha es la vía que conduce a la perdición y

cuán numerosos son los que se van por ella, y qué angosto es el sendero que lleva a la Vida Eterna y qué poquitos son

los que por él caminan. Viajad por la vía angosta.
” (Mt. 7,13).

Y yo pensaba: diré a mis discípulos: recuerden que los placeres conducen a la perdición no son sino mera apariencia.

Ofrecen sólo belleza exterior, pero no alegría interior. Estén alertas para no dedicarse a pecados que los hacen semejantes

a los animales, como la pereza, la gula, la impureza, el robo, la desobediencia o el falso respeto humano. Qué triste que

tengan que decir de nosotros como del hijo pródigo: se dedicó a vivir impuramente y lo pusieron a cuidar cerdos.

Y en aquel momento, cuando íbamos a empezar a subir por el camino angosto, los muchachos comenzaron a gritar: “Este

como que no es el camino. ¡Quizás nos equivocamos de camino! Y al oír estos gritos, me desperté.

Tercera Parte.
El puente
. Nos volvimos del camino ancho y llegamos otra vez a la inmensa plaza donde había tanta gente y de la cual se

podían salir por un túnel muy estrecho. Pasamos por allí pero nos encontramos con que teníamos que pasar por un puente

muy estrecho y sin barandas, debajo del cual había un horrible abismo. Los jóvenes se detuvieron asustados. Si dábamos

un paso en falso caeríamos a las aguas turbulentas que corrían encajonadas por el tenebroso abismo, y desapareceríamos.

Al fin uno se atrevió a pasar y lo siguieron los demás, poco a poco y con muchísimo cuidado, y logramos llegar al otro

extremo sin caer al torrente. Nos había servido ser, como decía Jesús:
“Sencillos como palomas, pero prudentes como

serpientes”

Un camino muy difícil
. Encontramos luego un camino sumamente difícil de andar. En un sitio montones de espinas

pretendían impedirnos el paso. Más allá piedrononas inmensas que para pasar sobre ellas había que agarrarse muy fuerte

con las manos y con los pies, y cada uno tratar de ayudar a subir al que iba cerca. La subida era cada vez más escarpada

pero nosotros nos animábamos a no desfallecer, y seguimos subiendo.

Mirábamos hacia arriba y veíamos el recibimiento tan festivo y alegre que allá les hacían a los que lograban subir aquella

cuesta, y esto nos animaba a seguir subiendo aunque las dificultades fueran cada vez más grandes.


En la cumbre, pero casi solo
. Al fin llegamos a la cumbre de la montaña. Los que estaban allí se preparaban para

hacernos un gran recibimiento, cuando yo me volví a mirar cuántos habían llegado conmigo hasta la altura y con enorme

tristeza vi que de todos mis 800 y más discípulos que habían emprendido conmigo aquel camino hacia el paraíso solamente

tres o cuatro habían logrado llegar hasta allá.

Y los demás, ¿qué les sucedió por el camino? - pregunté.

Y una voz me respondió: “Los demás se han quedado estancados en distintas partes del camino. Mire bien y verá dónde se

han quedado. Quizás si siguen luchando logren llegar hasta la altura”.

Me puse a mirar y vi que unos estaban distraídos recogiendo caracoles. Otros hacían ramos con flores silvestres. Algunos

recogían frutas verdes y varios se dedicaban a perseguir mariposas. Hasta había quienes estaban coleccionando grillos y

muchos se habían sentado a descansar tranquilamente en la sombra de un matorral.

Yo me puse a gritarles que no se dedicaran a esas boberías inútiles, que éste no era tiempo de dedicarse a descansar, que

no se detuvieran en la subida, que siguieran caminando hacia la altura. Unos poquitos, unos ocho me hicieron caso. Los

demás siguieron dedicados a esas inutilidades.

A mí me daba pena llegar con un grupito tan reducido al paraíso, y les dije a mis pocos compañeros: espérenme aquí que

yo bajo a tratar de hacer subir a los rezagados.

Y me vine cuesta abajo animando a unos, empujando a otros hacia arriba y hasta regañando a algunos muy

despreocupados. Les repetía afanosamente: “Sigan caminando hacia arriba. No se queden en mitad del camino del paraíso

por dedicarse a cosas que no valen la pena... sigan, suban”.

Y bajé hasta donde empieza la subida de la montaña y allí encontré muchos desanimados que ya no querían hacer

sacrificios para llegar al paraíso, sino que pensaban dedicarse a la vida fácil sin hacer esfuerzos por subir.

Animé a todos a emprender de nuevo el camino hacia las alturas y cuando ya iba a comenzar a caminar hacia la alta

montaña, me tropecé con algo y me desperté.

Quiero terminar esta narración diciéndoles: “De 800 que empezaron la subida sólo cuatro llegaron directamente al Cielo.

¿Y los otros? Tendrán que quedarse en el Purgatorio pagando los pecados. Para unos el Purgatorio será muy cortico, pero

para otros puede ser muy largo. Y algunos me preguntará: “¿Qué debo hacer para que mi Purgatorio no sea tan largo?”.

Yo le respondo: “Gane indulgencias”. Indulgencias es el perdón de una parte de la pena que se debe pagar por el pecado.

La Iglesia Católica tiene poder de conceder indulgencias, porque Cristo dijo a los Apóstoles:
“Todo lo que desatéis en la

tierra, quedará desatado en el Cielo”
La Iglesia ha concedido indulgencias a quienes le ofrecen a Dios el trabajo que

hacen. También se gana indulgencia cada vez que se ofrece a Dios un sufrimiento o se da una limosna por amor de Dios.

Gana indulgencia quien asiste a la Santa Misa y quien comulga y el que reza el Rosario o visita a Jesús Sacramentado en

un Templo, etc.

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