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martes, 10 de enero de 2012

Libro: Luz del mundo (del Papa Benedicto XVI)




Nota: lo voy a ir terminando de poner en negrita las preguntas y títulos poco a poco. Apenas voy en la 35, aun así creo que es legible. Gracias.


Luz del Mundo – Benedicto XVI


Índice


Prefacio.............................................................................................3


I. SIGNOS DE LOS TIEMPOS.........................................................6
1. Los papas no caen del cielo...........................................................6
2. El escándalo de los abusos..........................................................13
3. Causas y oportunidades de la crisis............................................20
4. La catástrofe global..............................................................................................23
5. Dictadura del relativismo............................................................27
6. Tiempo de conversión................................................................32


II. EL PONTIFICADO....................................................................36
7. Habemus Papam..............................................................................................36
8. En las sandalias del pescador.....................................................41
9. Ecumenismo y diálogo con el islam..........................................44
10. Anuncio...................................................................................52
11. Viajes pastorales.....................................................................56
12. El caso Williamson...................................................................60


III. ¿HACIA DÓNDE VAMOS?..............................................64
13. Iglesia, fe y sociedad.................................................................64
14. El denominado atasco de las reformas.....................................68
15. ¿Cómo se da la renovación?...................................................74
16. María y el mensaje de Fátima....................................................77
17. Jesucristo regresa............................................................79
18. De los novísimos.......................................................................83


ANEXO.................................................................................87
Grave pecado contra niños indefensos...........................................87
Fe y violencia..............................................................88
Sida y humanización de la sexualidad.........................................88
Benedicto XVI: Biografía hasta la elección papal...........................89
Breve crónica del pontificado..............................................91


Dios observa desde el cielo
a los hijos de los hombres,
para ver si hay quien comprenda,
quien pregunte por Dios.
¿Comen el pan de Dios,
y no invocan a Dios?
Salmo 53,3-5
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Luz del Mundo – Benedicto XVI
Prefacio


Castelgandolfo, en verano. El camino hacia la residencia del Papa llevaba por carreteras solitarias. En los campos la brisa mecía las espigas, y en el hotel en el que había reservado una habitación bailaban, alegres, los convidados de una fiesta de bodas. Sólo el lago, bien abajo, en la hondonada, parecía sereno y sosegado, grande y azul como el mar.
Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger me había brindado ya dos veces la ocasión de entrevistarlo durante varios días. Su posición era que la Iglesia no debe esconderse, la fe debe y puede ser explicada, porque es racional. Me daba la impresión de ser alguien joven y moderno, para nada cicatero, sino un hombre que arriesga con coraje, que mantiene viva su curiosidad.
Un maestro de superioridad soberana y, además, incómodo, porque ve que estamos perdiendo cosas a las que, en realidad, no se puede renunciar.
En Castelgandolfo habían cambiado algunas cosas. Un cardenal es un cardenal, y un papa es un papa. Nunca antes en la historia de la Iglesia un pontífice había respondido preguntas en la forma de una entrevista directa y personal. Ya el solo hecho de esta conversación coloca un acento nuevo e importante. Benedicto XVI había aceptado poner a mi disposición, durante sus vacaciones, una hora diaria desde el lunes hasta el sábado de la última semana de julio. Pero ¿qué tan abiertas serán sus respuestas?, me preguntaba yo. ¿Cómo juzgará la labor que ha realizado hasta ahora? ¿Qué otras cosas se habrá propuesto emprender aún?
Oscuras nubes se habían cernido sobre la Iglesia católica. El escándalo del abuso arrojaba su sombra también sobre el pontificado de Benedicto. A mí me interesaban las causas de estas cuestiones, el trato que se les daba, pero al mismo tiempo las acuciantes preocupaciones del papa en una década que según los científicos es absolutamente decisiva para el futuro entero del planeta.
La crisis de la Iglesia es un punto, y la crisis de la sociedad, el otro. Estas crisis no están desconectadas entre sí. Se ha acusado a los cristianos de que su religión es un mundo ficticio. Pero ¿no reconocemos hoy otros muy distintos y auténticos mundos ficticios: los mundos ficticios de los mercados financieros, de los medios, del lujo y de las todas? ¿No tenemos que contemplar dolorosamente cómo una modernidad que pierde los parámetros de sus valores corre peligro de hundirse en el abismo?
Vemos allí un sistema bancario que aniquila enormes patrimonios del pueblo. Vemos una vida a alta velocidad que literalmente nos enferma. Vemos el universo de Internet, para el que todavía no tenemos respuestas. ¿Hacia dónde nos dirigimos, en realidad? ¿Nos está realmente permitido hacer todo lo que podamos hacer? y si miramos hacia el futuro: ¿cómo superara la próxima generación los problemas que le dejamos en herencia? ¿La hemos preparado y entrenado suficientemente? ¿Posee un fundamento que le dé seguridad y fuerza para resistir también tiempos tormentosos?
La pregunta es, asimismo: si el cristianismo pierde su fuerza plasmadora en la sociedad occidental, ¿quién o qué pasará a ocupar su lugar? ¿Una «sociedad civil» arreligiosa, que no tolere más relación alguna con Dios en su estructura? ¿Un ateísmo radical que combata con vehemencia los valores de la cultura judeocristiana?


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En cada época ha existido el afán de declarar muerto a Dios, de orientarse hacia lo supuestamente tangible, aunque fuesen becerros de oro. La Biblia está llena de tales historias. Éstas tienen menos que ver con una falta de atractivo de la fe que con las fuerzas de la tentación. Pero ¿hacia dónde se dirige una sociedad alejada de Dios, sin Dios? ¿No acaba de hacer ya ese experimento el siglo XX en Oriente y Occidente, con sus tremendas consecuencias en pueblos arrasados, con las chimeneas de los campos de concentración, con los Gulag asesinos?
El director de la residencia papal, un señor de cierta edad y muy amable, me condujo a través de interminables salas. Según me decía en susurros, había conocido a Juan XXIII y a todos sus sucesores. Este, me confió, es un papa inusualmente fino e inconcebiblemente laborioso.
Esperamos en una antesala grande como un picadero cubierto. Poco después se abrió una puerta. Y allí estaba la figura no precisamente gigantesca del papa, que me extendía la mano. Sus fuerzas habían disminuido, me dijo al saludarme, casi como disculpándose. Pero después no se notó en absoluto que las fatigas del ministerio hubiesen hecho mella en la energía de este hombre o, menos aún, en su carisma.
Todo lo contrario.
Como cardenal, Joseph Ratzinger previno contra la pérdida de identidad, de orientación, de verdad, si un nuevo paganismo asumiera el dominio sobre el pensamiento y la acción de los hombres. Criticó la estrechez de miras de una “sociedad de la codicia”, que cada vez se atreve a esperar menos y ya no se atreve a creer en nada. Según él, hay que desarrollar una nueva sensibilidad para la creación amenazada, oponerse de forma decidida a las fuerzas de la destrucción.
En esa línea no se ha modificado nada. El papa actual quiere que su Iglesia, después de los terribles casos de abuso y extravíos, se someta a una suerte de limpieza a fondo. Según él, después de discusiones tan infructuosas y de ocuparse de forma paralizante consigo misma, es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del evangelio en toda su grandeza cósmica. En la crisis de la Iglesia se cifra para él una enorme oportunidad, la de redescubrir lo auténticamente católico. Para él la tarea es mostrar a las personas a Dios y decirles la verdad: la verdad sobre los misterios de la creación; la verdad sobre la existencia humana; y la verdad sobre nuestra esperanza, que va más allá de lo puramente terreno.
¿Acaso no nos estremece ya hace mucho tiempo lo que nosotros mismos hemos ocasionado? La catástrofe ecológica prosigue sin frenos. El ocaso de la cultura adquiere formas amenazantes. Con la manipulación médico-técnica de la vida, que en otro tiempo se consideraba sagrada, se están violando las fronteras últimas.
Al mismo tiempo, nuestro anhelo se orienta hacia un mundo que sea fiable y creíble, que sea cercano, humano, que nos proteja en lo pequeño y nos dé acceso a lo grande. ¿No nos vemos hasta obligados a reflexionar de nuevo, frente a una situación de visos a menudo tan escatológicos, sobre algunas cosas fundamentales de dónde venimos, a dónde vamos?, ¿no debemos plantearnos tales preguntas, esas que, aparentemente banales, sin embargo arden en lo corazones de forma tan inextinguible que ninguna generación puede eludirlas? Se trata de las preguntas por el sentido de la vida, por el fin del mundo, por el regreso de Cristo, tal como está anunciado en el evangelio.


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Seis horas de entrevista con el papa son mucho tiempo, y seis horas son, por otra parte, demasiado poco. En el marco de esta conversación sólo pudieron tratarse unas pocas preguntas, y no fue posible profundizar en muchas de ellas. En la autorización del texto el papa no modificó las palabras tal como las había pronunciado, sino que sólo introdujo correcciones de menor importancia donde consideró necesarias precisiones de contenido.
Al final, el mensaje de Benedicto XVI es un dramático llamamiento a la Iglesia y al mundo, a cada individuo: no podemos seguir adelante como hasta ahora, exclama.
La humanidad está ante una bifurcación. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Y sostiene, imperturbable: ¿Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo?
En la pregunta acerca «de si Dios, el Dios de Jesucristo, está presente y si es reconocido como tal, o si desaparece -se decide hoy- el destino del mundo en esta situación dramática.
Para el estilo de vida actual, posiciones como las que sostiene la Iglesia católica se han convertido en una tremenda provocación. Nos hemos acostumbrado a considerar los puntos de vista y las formas de comportamientos tradicionales y probados como algo que sería mejor neutralizar a favor de tendencias más baratas.
Pero, así cree el papa, la era del relativismo, de una cosmovisión «que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos», se acerca a su fin. En todo caso, hoy crece el número de los que valoran en esta Iglesia no sólo su liturgia, sino también su resistencia. Y entretanto, después de actuar muchas veces guardando meramente las apariencias, se va perfilando con claridad un cambio de la conciencia en el sentido de tomar más en serio el testimonio cristiano y de vivir también con autenticidad la propia religión.
En lo tocante al papa en cuanto tal, se me ha preguntado: - « ¿Cómo es cuando se está de pronto sentado tan cerca frente a él?». Yo me vi llevado a pensar en Emile Zola, que en una de sus novelas describe a un sacerdote que espera, temblando y casi paralizado, el inicio de una audiencia con León XIII. Pues, ante Benedicto XVI, nadie tiene por qué temblar. Él se lo hace francamente fácil a sus visitas. No las espera un príncipe de la Iglesia, sino un servidor de la Iglesia, un gran hombre que da, que se vacía totalmente en su acto de don.
A veces lo mira a uno de forma un poco escéptica. Por encima de las gafas. Serio, atento. Y cuando se lo escucha de ese modo y se está sentado frente a él, se percibe no sólo la precisión de su pensamiento y la esperanza que proviene de la fe, sino que se hace visible de forma especial un resplandor de la Luz del mundo, del rostro de Jesucristo, que quiere salir al encuentro de cada ser humano y no excluye a nadie.
Munich, 15 de octubre de 2010
Peter Seewald


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I. SIGNOS DE LOS TIEMPOS
1. Los papas no caen del cielo


Santo Padre, el 16 de abril de 2005, al cumplir sus 78 años, anunció usted a sus colaboradores cuánto se alegraba por su próxima jubilación. Tres días después era usted el jefe supremo de la Iglesia universal, con mil doscientos millones de fieles. No es precisamente una tarea que uno vaya a reservarse para los días de la vejez.
En realidad, yo había esperado tener por fin paz y tranquilidad. El hecho de que me viera de pronto frente a esa formidable tarea fue, como todos saben, un shock para mí. La responsabilidad es realmente gigantesca.
Hubo un minuto en el que, según dijo después, sintió propiamente como SI una «guillotina» cayera sobre usted.
Sí, me vino a la cabeza la idea de la guillotina: ¡ahora cae y te da! Yo había estado totalmente seguro de que ese ministerio no era mi destino, sino que entonces, después de años de gran esfuerzo, Dios me iba a conceder algo de paz y tranquilidad. En ese momento sólo pude decirme y ponerme en claro: al parecer, la voluntad de Dios es otra, y comienza algo totalmente distinto, nuevo para mí. Él estará conmigo.
En la llamada "habitación de las lágrimas”, durante el cónclave se hallan ya preparadas tres vestiduras talares para el futuro papa. Una es larga, otra corta, y la tercera de talla intermedia. ¿Qué le pasó por la mente en esa habitación, en la que, según se cuenta, más de un pontífice recién elegido rompió a llorar? ¿Se pregunta uno al menos una vez más, allí, por qué a mi, qué quiere Dios de mi?
En realidad, en ese momento se está requerido por asuntos totalmente prácticos, exteriores. Hay que mirar cómo se las arregla uno con las vestiduras papales, y cosas semejantes. Además, yo ya sabía que enseguida tendría que pronunciar algunas palabras en el balcón; de modo que comencé a pensar qué podía decir. Por lo demás, ya en el momento en que fui elegido había podido decirle al Señor con sencillez:
-« ¿Qué estás haciendo conmigo?». Ahora, la responsabilidad la tienes Tú. ¡Tú tienes que conducirme! Yo no puedo. Si Tú me has querido a mí, entonces también tienes que ayudarme. Digamos, pues, que en ese sentido yo me encontraba en una relación de urgido diálogo con el Señor, diciéndole que, si Él hace lo uno, tiene que hacer también lo otro.
¿Quería Juan Pablo II que usted fuese su sucesor?
No lo sé. Creo que lo dejó enteramente en manos de Dios.


De todos modos, no lo relevó de su cargo. Eso podría entenderse como argumentum e silentio, como un argumento tácito a favor del candidato predilecto.
Él quiso que yo permaneciera en mi cargo. Eso es evidente. Cuando se acercaban mis 75 años, la edad en que se presenta la dimisión, me dijo: «No es preciso que escriba la carta, pues yo quiero seguir teniéndolo hasta el final». Era la gran benevolencia inmerecida que tuvo hacia mí desde el comienzo. Había leído mi Introducción al cristianismo. Al parecer, era una lectura importante para él. Inmediatamente después de llegar a papa se había propuesto llamarme a Roma como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Había depositado una gran confianza, una confianza muy cordial y profunda en mi


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persona. Por así decirlo, era como la garantía de que seguiríamos el curso correcto en la fe.


Usted alcanzó a visitar a Juan Pablo II en el lecho de muerte. Aquella tarde regresó aprisa de una conferencia en Subiaco, donde había hablado sobre «La Europa de Benedicto en la crisis de las culturas». ¿Qué le dijo el papa moribundo?
Estaba sufriendo mucho, pero aun así se hallaba muy presente. Pero ya no dijo más nada. Le pedí la bendición, y me la dio. De ese modo, nos separamos con un cordial apretón de manos, conscientes de que era el último encuentro.


Usted no quería ser obispo, no quería ser prefecto, no quería ser papa... ¿No se estremece uno ante lo que le sucede una y otra vez en contra de la propia voluntad?
Así es, justamente. Cuando se dice «sí» en la ordenación sacerdotal, es posible que uno tenga su idea de cuál podría ser el propio carisma, pero también sabe: me he puesto en manos del obispo y, en última instancia, del Señor. No puedo buscar para mí lo que quiero. Al final tengo que dejarme conducir." De hecho yo tenía la idea de que mi carisma era ser profesor de Teología, y estaba muy feliz cuando mi idea se hizo realidad. Pero también tenía claro que siempre me encuentro en las manos del Señor y que debo contar también con cosas que no haya querido. En ese sentido, sin duda fueron sorpresas para mí el ser arrebatado de improviso y no poder seguir más el propio camino. Pero, como he dicho, el sí fundamental implicaba también: estoy a disposición del Señor y, tal vez, un día tendré que hacer cosas que yo mismo no quiera.


Usted es ahora el papa más poderoso de todos los tiempos. La Iglesia Católica no ha tenido nunca más fieles que ahora, nunca una extensión semejante, literalmente hasta los confines del mundo.
Por supuesto, esas estadísticas son importantes. Ellas señalan cuán extendida está la Iglesia y qué grande es realmente esta comunidad que abarca razas y naciones, continentes, culturas, hombres de todo tipo. Pero el papa no tiene poder en virtud de esas cifras.


¿Por qué no?
El tipo de comunidad que se tiene con el papa es diferente, y el tipo de pertenencia a la Iglesia también, por supuesto. De los mil doscientos millones hay muchos que no acompañan interiormente su condición. San Agustín lo dijo ya en su tiempo: hay muchos fuera que parecen estar dentro; y hay muchos dentro que parecen estar fuera. En una cuestión como la fe, o la pertenencia a la Iglesia católica, el "dentro» y el "fuera» están misteriosamente entretejidos. En eso tenía razón Stalin al decir que el papa no tiene divisiones ni puede comandar. Tampoco posee una gran empresa en la que todos los fieles de la Iglesia fuesen sus empleados o subordinados.
En tal sentido, el papa es, por un lado, un hombre totalmente impotente. Por otro lado, tiene una gran responsabilidad. En cierta medida es el jefe, el representante, y al mismo tiempo el responsable de que la fe que mantiene unidos a los hombres sea creída, que siga estando viva y que permanezca intacta en su identidad. Pero sólo el mismo Señor tiene el poder de mantener a los hombres también en la fe.


Para la Iglesia católica el papa es el Vicarius Christi, el representante de Cristo en la Tierra. ¿Puede usted hablar realmente por Jesús?
En el anuncio de la fe y en la celebración de los sacramentos, cada sacerdote habla por encargo de Jesucristo, por Jesucristo. Cristo confió a la Iglesia su palabra. Esa palabra 


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vive en la Iglesia. Y si asumo interiormente y vivo la fe de esa Iglesia, si hablo y pienso a través de ella, si lo anuncio a Él, entonces hablo por Él, aún cuando en detalles siempre puede haber debilidades, por supuesto. Lo importante es que no exponga mis ideas, sino que procure pensar y vivir la fe de la Iglesia, actuar con obediencia en virtud de la misión que Él me ha confiado.


¿Es el papa realmente «infalible», en el sentido en que se transmite a veces por los medios? ¿Es un soberano absoluto cuyo pensamiento y voluntad son la ley?
Eso es erróneo. El concepto de infalibilidad se ha desarrollado a lo largo de los siglos. Surgió frente a la pregunta acerca de si hay en alguna parte una instancia última que decida. El Concilio Vaticano I sostuvo, por fin, siguiendo una larga tradición que provenía desde los tiempos de la cristiandad primitiva, que existe una decisión última. No queda todo en la indefinición. En determinadas circunstancias y dadas ciertas condiciones, el papa puede tomar decisiones vinculantes últimas por las cuales queda claro cuál es la fe de la Iglesia y cuál no lo es.
Lo que no significa que el papa pueda producir permanentemente afirmaciones «infalibles». Por lo común, el obispo de Roma actúa como cualquier otro obispo que confiesa su fe, que la anuncia, que es fiel en el seno de la Iglesia. Sólo cuando se dan determinadas condiciones, cuando la tradición ha sido aclarada y sabe que no actúa de forma arbitraria puede el papa decir: ésta es la fe de la Iglesia, y una negativa al respecto no es la fe de la Iglesia. En tal sentido, el Concilio Vaticano I definió la capacidad de decisión última para que la fe conserve su carácter vinculante.


Según explicó usted, el ministerio de Pedro garantiza la coincidencia con la verdad y "con la tradición auténtica, y la comunión con el papa es condición para la ortodoxia y la libertad". San Agustín lo expresó con la frase: «Donde está Pedro, está la Iglesia, y allí está también Dios». Pero ese dicho proviene de otra época y no es preciso que tenga validez también en la actualidad.
Esa frase no reza así y no fue formulada por Agustín, pero ese punto podemos dejarlo aquí en suspenso. De todos modos, es un antiguo axioma de la Iglesia católica. Donde está Pedro, está la Iglesia. Por supuesto, el papa puede tener también opiniones privadas erróneas. Pero, como decíamos antes, cuando habla como pastor supremo de la Iglesia en la conciencia de su responsabilidad, no dice ya algo propio que se le acaba de ocurrir. En ese caso sabe que tiene esa gran responsabilidad y que, al mismo tiempo, está bajo el amparo del Señor, de modo que, en una decisión semejante, no conduce a la Iglesia por el camino del error sino que asegura su unidad con el pasado, en el presente y en el futuro, y sobre todo con el Señor, de esto se trata, y esto es también lo que sienten otras comunidades de fe cristiana.


En un simposio celebrado con ocasión del cumpleaños de Pablo VI, en 1977, disertó usted acerca de qué y cómo debe ser un papa, citando al cardenal inglés Reginald Pole, dijo que el papa debía «considerarse y comportarse como el más pequeño entre todos", que debía confesar que no sabe otra cosa más que lo que le «ha sido enseñado por Dios Padre mediante Cristo", que ser Vicarius Christi es mantener la «presencia de su poder como contrapoder respecto al poder del mundo, y no en la forma de dominación alguna, sino llevando la carga sobrehumana sobre hombros humanos, en tal sentido, decía usted, el auténtico lugar del Vicarius Christi es la cruz.
Así es, y también hoy lo considero correcto. El primado se desarrolló desde el comienzo como primado del martirio. En los primeros tres siglos, Roma era el lugar precedente y


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principal de las persecuciones de cristianos. Mantenerse firme ante esas persecuciones y dar testimonio de Cristo era la misión especial de la sede episcopal romana.
Se puede considerar como un hecho de la Providencia el que, en el momento en que el cristianismo alcanzó la paz con el Estado, la sede imperial se haya trasladado a Constantinopla, junto al Bósforo. Roma pasó así a una situación como de provincia. De ese modo, el obispo de Roma podía poner más fácilmente de relieve la autonomía de la Iglesia, su diferenciación respecto del Estado. No hay que buscar expresamente el conflicto, claro está, sino, en el fondo, el consenso, la comprensión.
Pero la Iglesia, el cristiano, y sobre todo el papa, debe contar con que el testimonio que tiene que dar se convierta en escándalo, no sea aceptado, y que, entonces, sea puesto en la situación de testigo, en la situación de Cristo sufriente. Es significativo que todos los papas de la temprana Iglesia fueran mártires. Ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación a él.


Sin embargo, también ha habido papas que se dijeron: el Señor nos ha dado el ministerio, ahora, disfrutémoslo.
Sí, eso también forma parte del misterio de la historia de los papas.


La disposición cristiana a la contradicción atraviesa toda su biografía como el dibujo constante de un tejido. Comienza ya en su casa paterna, donde la resistencia a un sistema ateo se comprendía como signo característico de una existencia cristiana. En el seminario lo acompañó un rector que estuvo preso en el campo de concentración de Dachau. Como sacerdote comenzó su labor en una comunidad parroquial de Munich en la que sus dos predecesores habían sido ejecutados por estar enrolados en la resistencia contra los nazis. Durante el concilio se opuso a las indicaciones demasiado estrechas de la conducción eclesial. Como obispo advirtió acerca de los peligros de una sociedad del bienestar. Como cardenal se opuso a la reforma del núcleo de la fe cristiana por corrientes ajenas a ella.
Esas líneas fundamentales ¿influyen ahora en el modo como configura su pontificado?
Naturalmente, una experiencia tan larga implica también una formación del carácter, deja su impronta en el pensamiento y en la acción. Desde luego que no he estado siempre en contra por principio. Ha habido muchas hermosas situaciones de entendimiento. Cuando pienso en mi tiempo como vicario, si bien se percibía ya la eclosión del mundo secular en las familias, había sin embargo tanta alegría en la fe compartida, en la escuela, con los niños, con los jóvenes, que yo me sentía verdaderamente impulsado por esa alegría. Y así fue también en el tiempo en que fui profesor.
Mi vida entera ha estado atravesada siempre también por esta línea de que el cristianismo brinda alegría, da amplitud. En definitiva, la vida se haría insoportable siendo alguien que está siempre y sólo en contra. Pero al mismo tiempo estuvo siempre presente, aunque en diferentes dosis, el hecho de que el evangelio se opone a constelaciones de poder. Como es natural, esto fue especialmente drástico en mi infancia y juventud, hasta el fin de la guerra, A partir de 1968, la fe cristiana entró cada vez más en contraposición con respecto a un nuevo proyecto de sociedad, de modo que tuvo que hacer frente una y otra vez a opiniones que luchaban poderosamente por imponerse, Por tanto, soportar hostilidad y ofrecer resistencia -aunque una resistencia que sirva para sacar a luz lo positivo- son cosas que pertenecen a la vida cristiana.

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Según el Anuario Pontificio, el anuario de la Iglesia católica, sólo en el año 2009 erigió usted nueve sedes episcopales, una prefectura apostólica, dos nuevas sedes metropolitanas y tres vicariatos apostólicos. El número de los católicos se incrementó nuevamente en 17 millones, tantos como la suma de los habitantes de Grecia y Suiza. En las casi tres mil diócesis nombró usted 169 obispos, Además, están todas las audiencias, las homilías, los viajes, la multitud de decisiones; y a la par de todo ello ha escrito usted una gran obra sobre Jesús cuyo segundo tomo será publicado en breve.
Usted tiene hoy 83 años, ¿De dónde saca la fuerza?
Ante todo debo decir que lo que acaba usted de enumerar es un signo de que la Iglesia vive. Contemplada sólo desde Europa pareciera que se encuentra en decadencia. Pero esta es sólo una parte del conjunto. En otros continentes crece y vive, está llena de dinamismo. La cantidad de nuevos sacerdotes ha crecido en los últimos años a nivel mundial, así como también el número de seminaristas. En el continente europeo experimentamos sólo un lado concreto, y no todo el gran dinamismo del despertar que hay realmente en otras partes y con el que yo me encuentro en mis viajes y a través de las visitas de los obispos.
Es cierto que, en realidad, todo eso sobre exige a una persona de 83 años. Gracias a Dios hay muchos buenos colaboradores. Todo se elabora y se lleva a cabo en un esfuerzo común. Yo confío en que Dios me dará toda la fuerza que me hace falta para hacer lo necesario. Pero noto también que las fuerzas decaen.


De todos modos, se tiene la impresión de que el papa podría enseñar algunas cosas también como entrenador de estado físico.
(El papa ríe.) No lo creo. Naturalmente, hay que organizar bien el tiempo y reparar bien en contar con suficiente descanso, de modo que, en las ocasiones en que a uno lo necesitan, esté presente de forma adecuada. En síntesis, hay que atenerse con disciplina al ritmo del día y saber para cuándo se necesita la energía.


¿Utiliza la bicicleta estática que le regaló su anterior médico personal -el Dr. Buzzonetti-?
No, no me alcanza el tiempo para hacerlo, y por el momento no lo necesito tampoco, gracias a Dios.


O sea que el papa hace como Churchill: nada de deporte.
¡Así es!


Habitualmente, usted se retira de la Seconda Loggia, el piso de audiencias del Palacio Apostólico, a las 18 horas, para recibir todavía en su apartamento papal a los colaboradores más importantes en las visitas programadas de forma fija. A partir de las 20.45, así se dice, el papa pasa a su vida privada. ¿Qué hace un papa en su tiempo libre, suponiendo que lo tenga?
¿Qué hace? Por supuesto, también en su tiempo libre tiene que leer y estudiar actas. Siempre queda mucho trabajo por hacer. Pero también están las comidas en común con la familia papal, las cuatro mujeres de la comunidad Memores Domini y los dos secretarios. Es un momento de distensión.


¿Ven juntos televisión?
Veo las noticias con los secretarios, pero a veces vemos también en común algún DVD.


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¿Qué películas le gustan?
Hay una película muy bonita que hemos visto hace poco sobre la santa africana Josefina Bakhita. Y también nos gusta ver a Don Camilo y Peppone.


Seguramente se conoce usted de memoria cada capitulo.
(El papa ríe.) No del todo.


... o sea que también se experimenta al papa en su vida totalmente privada.
Naturalmente. Celebramos juntos la Navidad. En los días festivos escuchamos música y conversamos. Se celebran los onomásticos y, en ocasiones, cantamos también Vísperas en común. O sea que las fiestas las celebramos juntos. Y después, aparte de las comidas en común, están las misas comunitarias por la mañana. Ese es un momento especialmente importante, en el que, desde el Señor, estamos juntos de forma particularmente concentrada.


El papa viste siempre de blanco. ¿Se pone alguna vez, en lugar de la sotana, un jersey informal?
No. Es una herencia que me dejó el antiguo segundo secretario del papa Juan Pablo II, Mons. Mieczyslaw Momycki, quien me dijo: -El papa llevaba siempre la sotana; usted también debe hacerlo-.


Los romanos se quedaron muy asombrados cuando vieron en el camión de mudanzas las pertenencias con las que se trasladó de su casa al Vaticano después de su elección como el 264º sucesor de Pedro. ¿Amobló usted el apartamento papal con sus muebles usados?
Así lo hice con mi estudio. Para mí era importante tener mi estudio del mismo modo como había crecido a lo largo de muchas décadas. En 1954 compré mi escritorio y las primeras librerías. Después, fue creciendo poco a poco. Allí están todos mis libros, conozco cada rincón, y todo tiene su historia. Por eso, el estudio lo traje conmigo íntegramente. Las demás habitaciones fueron amobladas con los muebles papales.


Alguien descubrió que, al parecer, tiene usted apego a los relojes durables. Lleva un reloj de pulsera de los años sesenta o setenta, de la marca Junghans.
Ese reloj pertenecía a mi hermana, que me lo dejó. Cuando ella murió, el reloj pasó a mi propiedad.


Un papa no tiene siquiera una cartera propia, y ni hablar de una cuenta corriente. ¿Es correcto, verdad?
Sí, es correcto.


¿Recibe el papa por lo menos más ayudas y consuelos «de lo alto» que, digamos, un común mortal?
Y no sólo de lo alto. Recibo muchas cartas de gente sencilla, de religiosas, madres, padres, niños, en las que me dan aliento. Me dicen: ...Rezamos por ti, no tengas miedo, te queremos. Y adjuntan también regalos de dinero y otros pequeños obsequios...


¿El papa recibe regalos de dinero?
No para mí personalmente, sino para poder ayudar a otros. Y me emociona mucho que gente sencilla me adjunte algo y me diga: «Sé que usted tiene mucho que ayudar; yo también quiero hacer algo por ello». En ese sentido me llegan consuelos de la índole más variada. También están las audiencias de los miércoles, con los diferentes encuentros. Me llegan cartas de viejos amigos, en ocasiones también visitas, aunque, como es natural, 


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eso se ha hecho cada vez más difícil. Como siempre siento también el consuelo «de lo alto», experimento al orar la cercanía del Señor en la oración, o en la lectura de los Padres de la Iglesia veo el resplandor de la belleza de la fe, hay todo un concierto de consuelos.


¿Se ha modificado su fe desde que, como pastor supremo, es responsable del rebaño de Cristo? A veces se tiene la impresión de que, ahora, esa fe se hubiese vuelto de alguna manera más misteriosa, más mística...
Místico no soy. Pero es verdad que, como papa, se tienen muchas más ocasiones para orar y abandonarse por completo a Dios. Pues veo que casi todo lo que tengo que hacer es algo que yo mismo no puedo hacer en absoluto. Ya por ese solo hecho me veo por así decirlo forzado a ponerme en manos del Señor y a decirle: «Hazlo Tú, si Tú lo quieres». En este sentido, la oración y el contacto con Dios son ahora más necesarios y también más naturales y evidentes que antes.


Dicho de forma profana: ¿hay ahora «mejores conexiones» con el cielo, o algo así como una gracia del oficio?
Sí, a veces se percibe eso. Por ejemplo, en el sentido de: acabo de hacer algo que no puedo en absoluto por mí mismo. Ahora me abandono al Señor y noto que cuento con una ayuda, que se realiza algo que no proviene de mí mismo. En ese sentido se da sin duda la experiencia de la gracia del oficio.


Juan Pablo II contó una vez que su padre le puso un día en las manos un oracional con la «Oración al Espíritu Santo» y le dijo que debía rezarla diariamente. Y que, después, se fue dando cuenta poco a poco de lo que se quiere significar cuando Jesús dice que los verdaderos adoradores de Dios son los que adoran a Dios «en Espíritu y en verdad». ¿Qué significa eso?
Ese pasaje del Evangelio de san Juan, capítulo 4, es la profecía de una adoración en la que ya no habrá templo, sino que, sin templo exterior, se rezará en la comunión del Espíritu Santo y en la verdad del evangelio, en la comunión con Cristo; donde ya no se necesita más templo, sino la nueva comunión con el Señor resucitado. Esto sigue siendo siempre algo importante, porque representa un gran giro también desde el punto de vista de la historia de las religiones.


¿Y cómo reza el papa Benedicto?
En lo que toca al papa, también él es un simple mendigo frente a Dios, y más que todas las demás personas. Por supuesto que rezo siempre en primerísimo lugar a nuestro Señor, con el que tengo una relación de tantos años. Pero también invoco al Espíritu Santo. Tengo amistad con Agustín, con Buenaventura, con Tomás de Aquino. A esos santos se les dice: « ¡Ayudadme!». Y la Santísima Virgen es de todos modos siempre un gran punto de referencia. En este sentido me interno en la comunión de los santos. Con ellos, fortalecido por ellos, hablo entonces también con Dios, sobre todo mendigando, pero también dando gracias, o simplemente con alegría.


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2. El escándalo de los abusos


El pontificado de Benedicto XVI comenzó con una oleada de entusiasmo: «Su elección es una buena noticia, decía incluso el líder de los poscomunistas en Italia, Massimo D'Arema. Según D'Alema, el nuevo papa tiene «simpatía por personas con intelecto y cultura». En su primer año de pontificado, el papa reunió a casi cuatro millones de personas en la plaza de San Pedro, el doble que su predecesor en su primer año. De su primera encíclica vendieron sólo en Italia más de tres millones de ejemplares. A la clausura del Encuentro Mundial de las Familias en Valencia acudió un millón de personas para orar y celebrar junto con el papa. Y la buena acogida se mantuvo: como decía el semanario alemán Der Spiegel, «Desde el Habemus Papam del 19 de abril en Roma no se ha interrumpido la benevolencia de la opinión pública hacia el papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger».


¿Le ha sorprendido, o tal vez hasta asustado ese éxito?
Sí, en un cierto sentido lo ha hecho. Pero yo sabía que ese efecto no proviene de mi persona. Lo que salió a la vista es que la Iglesia está viva. El sufrimiento de Juan Pablo II y su muerte habían tocado a la Iglesia entera, y no sólo a ella, sino a la humanidad. Todos recordamos cómo la plaza de San Pedro, Roma entera, se llenó de hombres y mujeres. Con ello se creó en cierta medida una nueva conciencia respecto del papa y de la Iglesia, y esa consciencia suscitó de forma obvia la pregunta: ¿Quién será el nuevo? ¿Cómo puede alguien, después de este gran papa, encarar su ministerio de modo que se lo quiera escuchar, conocer?
O sea que existe siempre también la ventaja de lo nuevo, del estilo diferente. En tal sentido, yo estaba agradecido y contento de que esto continuara, de que la adhesión se prolongara. Al mismo tiempo estaba sorprendido de que fuese tan grande y tan viva. Pero también tenía claro que eso proviene de la continuidad interior con el anterior pontificado y de la vitalidad permanente de la Iglesia.


Durante cuatro años gobierna usted felizmente, feliciter regnans, como dice una antiquísima fórmula. El nuevo papa amplía el ámbito de la liturgia permitiendo " nuevamente la misa tridentina. Anuncia, en el marco del ecumenismo, la meta de la plena unidad con las Iglesias ortodoxas, a las que la Iglesia se ha acercado como nunca antes desde hace mil años. El papa podría ser miembro de un partido ecologista con su actitud hacia los que pecan contra el medio ambiente, hacia la injusticia y la guerra; podría caber en la izquierda por la forma en que fustiga el turbocapitalismo, la brecha entre pobres y ricos, que se hace cada vez más amplia. Se percibe una revitalización de la Iglesia, una nueva autoconciencia. Y, lo que nadie creía posible después de un gigante como Wojtyla, logra usted una transición sin rupturas entre ambos pontificados.
Naturalmente, eso ha sido un regalo. Ha sido una ayuda que todos supieran que Juan Pablo II me apreciaba, que estábamos en profunda concordancia. Yo me sé realmente un deudor suyo que, con su modesta figura, procura continuar lo que Juan Pablo II hizo como gigante.
Como es natural, junto a las cosas por las que suscitamos contradicción y por las que estamos en medio del fuego cruzado de la crítica, siempre hay también temas que interesan a todo el mundo y que son recibidos positivamente.
Mi predecesor experimentó también de forma reiterada una gran aceptación como paladín de los derechos humanos, de la paz y de la libertad. Esos temas siguen estando 


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presentes. Precisamente hoy en día, el papa está obligado a intervenir en todo lugar a favor de los derechos humanos: es una consecuencia interior de su fe en la condición del hombre como imagen y semejanza de Dios y de su vocación divina.
El papa está obligado a luchar por la paz, contra la violencia y contra las amenazas de guerra. Desde dentro está obligado a luchar por la conservación de la naturaleza, a oponerse a la destrucción de la Creación.
Así, pues, hay por naturaleza muchos temas en los que, por así decirlo, la moralidad va con la modernidad. Es que la modernidad no está hecha sólo de cosas negativas. Si así fuese, no podría sostenerse por largo tiempo. Ella contiene grandes valores morales, que justamente provienen del cristianismo, que han sido traídos por el cristianismo a la conciencia de la humanidad. Cuando se los sostiene -y el papa tiene que sostenerlos-, hay consenso en amplios ámbitos. Y nos alegramos de ello. Pero eso no debe hacernos perder de vista que hay otros temas que suscitan contradicción.


El teólogo liberal Eugen Biser lo cuenta ya entonces «entre los papas más importantes de la historia». Según Biser, con Benedicto XVI comienza una Iglesia en la que, por la invitación a la experiencia de Dios, Cristo «habita en los corazones de los hombres». Pero, de pronto, las cosas se dan vuelta. Nos viene a la memoria su homilía del 24 de abril de 2005, con ocasión del inicio de su pontificado, en la que dijo: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos». ¿Vislumbraba usted que este pontificado le tendría preparados también tramos muy difíciles del camino?
Ya lo daba por supuesto. Pero ante todo habría que ser muy reservado en asignar a un papa que aún está vivo un puesto determinado, sea o no de importancia. Sólo con posterioridad se ve qué rango adquiere algo o alguien en el conjunto de la historia. Pero el hecho de que no podía quedar todo siempre en un feliz consenso era algo manifiesto frente a la constelación de nuestro mundo, con todas las grandes fuerzas destructivas que hay, con los opuestos que viven en ella, con las amenazas y los extravíos. Si sólo hubiese habido aceptación, debería haberme preguntado con seriedad si realmente estaba anunciando el evangelio en su integridad.


El levantamiento de la excomunión de cuatro obispos de la Fraternidad San Pío X en enero de 2009 es una primera ruptura. Después volveremos a hablar más en detalle sobre el tema, también sobre el peculiar trasfondo de este caso. De pronto, el papa tan alabado, de quien se decía que había suscitado una verdadera «fiebre de Benodetto», es considerado como el «papa desafortunado», como alguien que pone en su contra a medio mundo. Los comentarios son catastróficos. El diario Neue Zürcher Zeitung. De Zúrich, frente a una campaña antipapal de los medios que no tiene parangón, se ve inducido a hablar de una «agresiva ignorancia» de los periodistas. El filósofo judío francés Bernhard-Henry Uvy comenta que, tan pronto como se habla de Benedicto XVI, toda discusión pasa a estar regida por "prejuicios, falta de sinceridad y hasta por la más lisa y llana desinformación".
¿Fue un error el levantamiento de la excomunión?
Aquí hay que decir tal vez algo sobre el levantamiento de esta excomunión en cuanto tal. Es increíble cuántos disparates se han difundido, también por parte de eruditos teólogos. No es, como muchas veces se ha supuesto, que esos cuatro obispos hayan sido excomulgados por su actitud ante el Vaticano II. En realidad, estaban excomulgados porque habían recibido la ordenación episcopal sin el mandato papal. O sea que se actuó según el canon que rige al respecto, que ya se encontraba en el antiguo derecho canónico. 

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Según dicho canon, se pena con excomunión a quienes ordenen obispos sin mandato papal, y también a quienes se dejan ordenar de ese modo. Por tanto, estaban excomulgados porque habían actuado en contra del primado. Hay una situación análoga en China, donde también hay obispos que fueron ordenados sin el mandato papal y que, por eso, han sido excomulgados.
Ahora bien, cuando un obispo que se halla en dicha situación declara su reconocimiento del primado en cuanto tal y del papa en funciones, se le retira la excomunión porque ya no tiene fundamento. Así lo hacemos en China -y de ese modo esperamos resolver lentamente el cisma-, y así actuamos también en los casos de los que estamos hablando. En síntesis: habían sido excomulgados por la sola razón de que habían sido ordenados sin mandato papal y por la sola razón de que, ahora, manifestaban un reconocimiento del papa -aunque no siguiéndolo aún en todos los puntos-se levantó su excomunión.
Se trata en realidad de un procedimiento jurídico totalmente normal. Aunque debo decir que, aquí, nuestro trabajo de prensa falló. No se explicó suficientemente por qué habían sido excomulgados estos obispos y por qué, ahora, ya por razones puramente jurídicas, eran absueltos de la excomunión.
En la opinión pública se generó la impresión de que Roma trataba de forma muy indulgente a los grupos conservadores, mientras que se silenciaba muy pronto a protagonistas liberales y de izquierda.
En este caso se trató simplemente de una clara situación jurídica. El Vaticano II no estaba en absoluto en juego. Tampoco la cuestión de otras posturas teológicas. Con el reconocimiento del primado del papa, correspondía jurídicamente absolver de la excomunión a esos obispos, sin que por ello hubiesen recibido oficios en la Iglesia o se hubiese aceptado, por ejemplo, la posición que asumen ante el Concilio Vaticano II.


¿Existe un tratamiento diferente de, digamos, grupos de derecha o de izquierda?
No. Todos están vinculados al mismo derecho canónico y a la misma fe, y tienen las mismas libertades.


Del caso Williamson volveremos a hablar extensamente más adelante. Exactamente un año después se ciernen sobre la Iglesia católica las nubes más negras. Como de un profundo abismo salen a la luz, provenientes del pasado, innumerables e inconcebibles casos de abuso sexual cometidos por sacerdotes y religiosos. Las nubes arrojan su sombra también sobre la sede de Pedro. Ya nadie habla más de la condición de instancia moral para el mundo, reconocida por lo común a un papa. ¿Qué tan grande es esta crisis? ¿Es realmente, como hemos podido leer en ocasiones, una de las mayores en la historia de la Iglesia?
Sí, hay que decir que es una gran crisis. Ha sido estremecedor para todos nosotros. De pronto, tanta suciedad. Realmente ha sido casi como el cráter de un volcán, del que de pronto salió una nube de inmundicia que todo lo oscureció y ensució, de modo que el sacerdocio, sobre todo, apareció de pronto como un lugar de vergüenza, y cada sacerdote se vio bajo la sospecha de ser también así. Algunos sacerdotes han manifestado que ya no se atrevían a dar la mano a un niño, y ni hablar de hacer un campamento de vacaciones con niños.
El asunto no llegó para mí de forma totalmente inesperada. Ya en la Congregación para la Doctrina de la Fe había tenido que ocuparme de los casos de Estados Unidos; también había visto surgir la situación en Irlanda, Pero, a pesar de ello, en esta magnitud fue 


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igualmente un shock inaudito, Desde mi elección a la sede de Pedro me había encontrado ya varias veces con víctimas de abuso sexual. Tres años y medio antes, en octubre de 2006, había exigido en mi discurso a los obispos de Irlanda sacar a la luz la verdad, hacer todo lo necesario para que no se repitan crímenes tan tremendos, garantizar que se respeten los principios del derecho y de la justicia y, sobre todo, curar a las víctimas.
Ver de pronto tan enlodado el sacerdocio y, con él, a la misma Iglesia católica en lo más íntimo era algo que, realmente, primero había que asimilar. Pero al mismo tiempo, no había que perder de vista que en la Iglesia existe lo bueno, y no sólo esas cosas terribles.
Los casos de abuso en el ámbito eclesial son más graves que en otros ámbitos, Quien tiene una consagración más elevada tiene que satisfacer también exigencias más altas. Como usted dijo, ya al comienzo del siglo se conocía una serie de casos de abuso en Estados Unidos. Después de que el informe Ryan pusiese al descubierto la enorme magnitud del abuso sexual también en Irlanda, la Iglesia se encontró en un nuevo país frente a un montón de añicos. "Llevará generaciones repararlo. Lo, dijo el religioso irlandés Vincent Twomey.
En Irlanda el problema se plantea de forma muy específica: allá existe una sociedad católica por así decirlo cerrada, que permaneció siempre fiel a su fe católica a pesar de una opresión de siglos, pero en la que, por lo visto, pudieron surgir también determinadas actitudes. No puedo analizarlo ahora en detalle. Ver en semejante situación a un país que ha dado al mundo tantos misioneros, tantos santos, que se encuentra también en el origen de nuestra fe en Alemania y donde, hoy como ayer, sigue habiendo muchos buenos sacerdotes, es algo tremendamente estremecedor y oprimente. Sobre todo, naturalmente, para los católicos en la misma Irlanda, donde sigue habiendo muchos buenos sacerdotes, Cómo puede haber sucedido esto es algo que es preciso examinar con todo detalle, pero al mismo tiempo, hemos de ver qué puede hacerse para que no vuelva a suceder algo semejante.
Tiene usted razón, Es un pecado especialmente grave que alguien que, en realidad, debe ayudar a los hombres a llegar a Dios, alguien a quien un niño, un joven se confía para encontrar al Señor, en lugar de ello abuse de él y así lo aleje del Señor. De ese modo, la fe en cuanto tal pierde credibilidad, la Iglesia no puede presentarse más de forma creíble como mensajera del Señor. Todo esto ha sido para nosotros un shock y a mí sigue conmoviéndome hoy como ayer hasta lo más hondo. No obstante, el Señor nos ha dicho que habrá cizaña en el trigo, pero que la semilla, su semilla, seguirá creciendo. En eso confiamos.
No es sólo el abuso el que estremece, sino también el trato que se le ha dado. Los hechos fueron velados y encubiertos durante décadas. Una declaración de bancarrota para una institución que ha escrito en su bandera el amor.
Al respecto me comentó algo muy interesante el arzobispo de Dublín. Dijo que el derecho penal eclesial funcionó hasta los últimos años de la década de 1950, que si bien no había sido perfecto -mucho hay en ello para criticar-, se lo aplicaba. Pero desde mediados de la década de 1960 dejó simplemente de aplicarse. Imperaba la conciencia de que la Iglesia no debía ser más Iglesia del derecho, sino Iglesia del amor, que no debía castigar. Así, se perdió la conciencia de que el castigo puede ser un acto de amor.
En ese entonces se dio también entre gente muy buena una peculiar ofuscación del pensamiento.

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Hoy tenemos que aprender de nuevo que el amor al pecador y al damnificado está en su recto equilibrio mediante un castigo al pecador aplicado de forma posible y adecuada. En tal sentido ha habido en el pasado una transformación de la conciencia a través de la cual se ha producido un oscurecimiento del derecho y de la necesidad de castigo, en última instancia también un estrechamiento del concepto de amor, que no es, precisamente, sólo simpatía y amabilidad, sino que se encuentra en la verdad, y de la verdad forma parte también el tener que castigar a aquel que ha pecado contra el verdadero amor,


En Alemania la avalancha de los abusos descubiertos se puso en movimiento porque, esta vez, la misma Iglesia salió a la palestra de la opinión pública. Un colegio de jesuitas en Berlín avisó de los primeros casos, pero pronto se conocieron también crímenes ocurridos en otras instituciones, y no sólo en las católicas. Pero ¿por qué las revelaciones de Estados Unidos e Irlanda no fueron utilizadas como ocasión para investigar de inmediato en otros países, para ponerse en contacto con víctimas, y apartar también de ese modo a los autores, que posiblemente estaban aún en activo?
A la cuestión en Estados Unidos reaccionamos de inmediato con normas más estrictas, Además, se mejoró la cooperación entre la justicia secular y la eclesiástica, ¿Habría sido tarea de Roma decir a todos los países: fijaos si las cosas son así también en vuestro caso? Tal vez deberíamos haberlo hecho. Para mí fue de todos modos una sorpresa que también en Alemania existiese el abuso en esa magnitud.


Que los diarios y la televisión informen intensamente sobre tales cosas está dentro del servicio de una información irrenunciable. Sin embargo, la unilateralidad de tinte ideológico y la agresividad de ciertos medios asumieron aquí la forma de una guerra de propaganda carente de toda medida. Con independencia de eso, el papa dijo con claridad: «La mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia».
Saltaba a la vista que la información dada por la prensa no estaba guiada por la pura voluntad de transmitir la verdad sino que había también un goce en desairar a la Iglesia y en desacreditarla lo más posible. Pero, más allá de ello, debía quedar siempre claro que, en la medida en que es verdad, tenemos que estar agradecidos por toda información. La verdad, unida al amor bien entendido, es el valor número uno.
Por último, los medios no podrían haber informado de esa manera si el mal no estuviese presente en la misma Iglesia. Sólo porque el mal estaba en la Iglesia pudo ser utilizado por otros en su contra.


Ernst Wolfgang Bockenforde, un ex juez del Tribunal Constitucional de Alemania, dijo: «Las palabras pronunciadas por el papa Benedicto años atrás en Estados Unidos y ahora en su carta a los católicos de Irlanda no podrían ser más enérgicas». (Extracto de la carta pastoral de Benedicto XVI a la Iglesia de Irlanda, del 19 de mayo de 2010. Según Bockenforde, la verdadera razón de este equívoco desarrollo que se verificó durante décadas se encuentra en un modo hondamente arraigado de actuar según una «razón de Iglesia». El bien y el prestigio de la Iglesia están, según ello, por encima de todo. En cambio, el bien de las víctimas pasa por sí solo a un segundo plano, a pesar de que, en realidad, son ellas los que necesitan en primerísimo lugar la protección de la Iglesia.


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Por supuesto, no es un análisis fácil. ¿Qué significa «razón de Iglesia»? ¿Por qué no se reaccionaba antes de la misma forma en que se reacciona hoy? Tampoco la prensa recogía antes este tipo de cosas, la conciencia en ese entonces era diferente.
Sabemos que justamente las propias víctimas experimentan también mucha vergüenza, y no necesariamente quieren ser arrastradas a la luz pública. Muchas fueron capaces de manifestar lo que les había pasado sólo después de décadas.
Lo importante es, en primer lugar, cuidar de las víctimas y hacer todo lo posible por ayudarles y por estar a su lado con ánimo de contribuir a su sanación; en segundo lugar, evitar lo más que se pueda estos hechos por medio de una correcta selección de los candidatos al sacerdocio; y, en tercer lugar, que los autores de los hechos sean castigados y que se les excluya toda posibilidad de reincidir. En qué medida tienen que hacerse públicos los hechos es, según creo, de por sí una pregunta que tendrá también diferentes respuestas en las diferentes fases de conciencia de la opinión pública.
Pero lo que nunca debe suceder es escabullirse y pretender no haber visto, dejando así que los autores de los crímenes sigan cometiendo sus acciones, Por tanto, es necesaria la vigilancia de la Iglesia, el castigo para quien ha faltado, y sobre todo la exclusión de todo ulterior acceso a niños, Como he dicho, lo que está primero es el amor a las víctimas, el esfuerzo por hacerles todo el bien posible a fin de ayudarlos a procesar lo que han vivido.


Usted se ha manifestado en diferentes ocasiones acerca de los CASOS de abuso, no en último término en la carta pastoral a los católicos de Irlanda que acabamos de mencionar. No obstante, han seguido apareciendo sin parar titulares como «El papa calla acerca de los casos de abuso», «El papa se envuelve en silencio», «El papa Benedicto calla acerca de los escándalos de abuso en la Iglesia católica". ¿No habrá algunas cosas que habría que haber dicho con más frecuencia, o en voz más alta, en un mundo tan ruidoso, que se ha hecho tardo de oídos?
Por supuesto, uno puede preguntarse eso. En sí, pienso que todo lo esencial ya se ha dicho. Lo que se dirigía a Irlanda no fue dicho sólo para Irlanda. En tal sentido, la palabra de la Iglesia y del papa ha sido totalmente clara e inequívoca, y se la ha podido escuchar en todas partes. En Alemania teníamos que dejar primero la palabra a los obispos. Pero siempre se puede preguntar si el papa no debería hablar con más frecuencia. En este momento no me atrevería a decidirlo.


Pero, en última instancia, es usted quien tiene que decidirlo. Posiblemente, una mejor comunicación habría tenido un efecto positivo en la situación.
Sí, es correcto. Pero pienso que, por un lado, lo esencial ya se ha dicho realmente. Y, en realidad, el hecho de que no vale sólo para Irlanda estaba claro. Por otro lado, como ya he dicho, la palabra corresponde en primer lugar a los obispos. En tal sentido, seguramente no ha sido erróneo esperar un poco.


La mayoría de estos incidentes sucedió hace décadas. No obstante, representan una carga especialmente para su pontificado. ¿Ha pensado usted en renunciar?
Si el peligro es grande no se debe huir de él. Por eso, ciertamente no es el momento de renunciar. Justamente en un momento como este hay que permanecer firme y arrostrar la situación difícil. Esa es mi concepción. Se puede renunciar en un momento sereno, o cuando ya no se puede más. Pero no se debe huir en el peligro y decir: que lo haga otro.


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Por tanto, ¿puede pensarse en una situación en la que usted considere apropiada una renuncia del papa?
Sí. Si el papa llega a reconocer con claridad que física, psíquica y mentalmente no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar.


Quien seguía en esos días los medios de comunicación de masas no podía dejar de tener la impresión de que la Iglesia católica es un único sistema de injusticia y de crímenes sexuales. Según se decía irreflexivamente, existe una relación inmediata entre doctrina sexual católica, celibato y abuso. En segundo plano quedó el hecho de que hay casos semejantes en instituciones no católicas. Según el criminólogo Christian Pfeiffer, del ámbito de los colaboradores de la Iglesia católica proviene aproximadamente el 0,1% de los autores de abusos; el 99,9% proviene de otros ámbitos. Según un informe gubernamental estadounidense, el porcentaje de sacerdotes que estuvieron implicados en casos de pedofilia en el año 2008 en Estados Unidos asciende al 0,03%. La publicación protestante Christian Science Monitor publicó un estudio según el cual las Iglesias protestantes de Estados Unidos están afectadas por un porcentaje mucho más elevado de pedofilia.
¿Se observa y valora con un criterio desigual a la Iglesia católica en el tema de los abusos?
(...)


Las normas se hicieron aún más estrictas. ¿Qué consecuencias extrae el Vaticano de los nuevos casos que se han conocido?
Ahora estas normas han sido sometidas a una reelaboración, y hace poco fueron promulgadas en una versión definitiva. Siempre en continuidad con las experiencias realizadas a fin de poder reaccionar mejor, con más exactitud y de forma más correcta a esta situación. Sin embargo, el solo derecho penal no basta. Pues una cosa es tratar correctamente los casos, pero otra es cuidar de que, en lo posible, no ocurran más. Con ese fin hemos hecho llevar a cabo en Estados Unidos una gran visita canónica de los seminarios. Por lo visto, aquí ha habido también omisiones, de modo que no se siguió de forma suficientemente precisa a los jóvenes que parecían tener un talento especial para la labor con la juventud y también una disposición religiosa, pero en los que habría que haber reconocido que no eran aptos para el sacerdocio.
Es decir que la prevención es también un aspecto importante. A esto se agrega la necesidad de una educación positiva para la verdadera castidad y para el trato correcto con la sexualidad propia y ajena. Seguramente, respecto de este punto hay también mucho por desarrollar en lo teológico así como en cuanto al clima correspondiente. Naturalmente, también toda la comunidad de fe tendría que intervenir siempre con su pensamiento y acción en cuanto a las vocaciones y prestar atención a los distintos candidatos. Por una parte, conducirlos y sostenerlos, y por la otra ayudar también a los superiores a reconocer si las personas son aptas o no. Por tanto, tiene que ser todo un conjunto de medidas, por una parte preventivas, por la otra reactivas, y finalmente positivas en la creación de un clima espiritual en el que estas cosas puedan eliminarse, superarse y excluirse lo más posible.


Recientemente se encontró usted en Malta con varias víctimas de abusos. Una de ellas, Ioseph Magro, dijo después: «El papa lloró conmigo, a pesar de que no tiene culpa alguna de lo que me sucedió». ¿Qué pudo decirles a las víctimas?


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En realidad, no pude decirles nada especial Pude decirles que me toca en lo más hondo. Que sufro con ellos. Y no era sólo una frase hecha, sino que realmente me llega al corazón. Y pude decirles también que la Iglesia hará todo lo que esté a su alcance para que esto no vuelva a suceder, y que queremos ayudarles lo mejor que podamos. Finalmente, que los sostenemos en nuestra oración y pedimos para que no pierdan la fe en Cristo, como la verdadera luz, y en la comunidad viva de la Iglesia.


3. Causas y oportunidades de la crisis


De forma inolvidable ha quedado grabada en la memoria su denuncia en el viacrucis del viernes santo de 2005, pocas semanas antes de ser elegido sucesor de Juan Pablo II. « ¡Cuántas veces nos celebramos sólo a nosotros mismos sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra!» Y, como apuntando desde ya a los acontecimientos del futuro próximo: « ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él!».
Y ahora, precisamente en el Año Sacerdotal que usted mismo proclamara, salen a la luz todas estas negligencias y crímenes. ¿No será también que, en una perspectiva bíblica, el desvelamiento de estos escándalos debe comprenderse tal vez como un signo?
Se podría pensar que el diablo no podía tolerar el Año Sacerdotal y, por eso, nos echó en cara la inmundicia. Como si hubiese querido mostrarle al mundo cuánta suciedad hay precisamente también entre los sacerdotes.
Por otra parte, podría decirse que el Señor quería probarnos y llamarnos a una purificación más profunda, de modo que no celebráramos de forma triunfalista el Año Sacerdotal, gloriándonos de nosotros mismos, sino como año de purificación, de renovación interior, de transformación y, sobre todo, de penitencia.
El concepto de penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quería decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es un hecho. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo. Ahora hay que comenzar realmente de nuevo en espíritu de penitencia, y al mismo tiempo no perder la alegría por el 37 sacerdocio, sino reconquistarla.
Y con mucha gratitud puedo decir que así ha sucedido. He recibido de obispos, sacerdotes y laicos muchos testimonios conmovedores y emocionantes de gratitud por el Año Sacerdotal, que le llegan a uno al corazón. Su testimonio es: hemos concebido el Año Sacerdotal como ocasión para la purificación, como acto de humildad, dejándonos llamar de nuevo por el Señor. Y justamente por eso hemos visto también de nuevo la grandeza y la belleza del sacerdocio. En tal sentido pienso que estas terribles revelaciones han sido también un acto de la Providencia, que nos hace humildes, que nos obliga a comenzar de nuevo.


Las causas del abuso son complejas. Con perplejidad nos preguntamos sobre todo cómo puede faltar de manera tan terrible precisamente alguien que lee a diario el evangelio y que celebra la santa misa, que se expone a la acción de los sacramentos y que, en realidad, debería estar fortalecido por ellos.
Es una pregunta que toca realmente el mysterium iniquitatis, el misterio del mal, en que uno se pregunta: ¿qué pasa por la cabeza de alguien así cuando, por la mañana, se 


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encamina hacia el altar y celebra el santo sacrificio? ¿Acude acaso a la confesión? ¿Qué dice en la confesión? ¿Qué consecuencias tiene esa confesión para él? Ella tendría que ser en realidad el gran instrumento que lo arrancara de nuevo de su estado y lo obligara a cambiar.
Es un misterio que alguien que se ha consagrado a lo sagrado lo pierda tan completamente, y después, hasta pueda perder sus orígenes. Por lo menos en la ordenación sacerdotal debe haber tenido un anhelo por lo grande, por lo puro; de otro modo, no habría hecho esa elección. ¿Cómo puede alguien caer después de semejante manera?
No lo sabemos. Pero tanto más significa esto que los sacerdotes tienen que sostenerse mutuamente, que no deben perderse de vista; que los obispos son responsables de ello y que tenemos que suplicar a los fieles que cooperen también ellos en sostener a sus sacerdotes. Y veo en las parroquias que el amor al sacerdote crece también cuando se reconocen sus debilidades y se asume la tarea de ayudarle en esas debilidades.


Tal vez tenemos en parte una imagen totalmente equivocada de la Iglesia, como si pudiese estar exenta de tales cosas y como si no estuviese expuesta a tentaciones, precisamente ella. Me permito citar nuevamente su meditación sobre el viacrucis, donde, en referencia a la Iglesia, dice: «Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos [...] Con nuestra caída te arrastramos a tierra, y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podamos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre».
Sí, esto es lo que hoy vemos con nuestros propios ojos, y lo que se impone a uno especialmente en la meditación del viacrucis. Aquí aparece con claridad que Cristo no sufrió en virtud de cualesquiera causas fortuitas, sino que realmente recogió en sus manos la historia de los hombres. Su dolor no es para nosotros una mera fórmula teológica. Verlo y después dejarnos llevar por Él a su lado y no al lado contrario es un acto existencial. En el viacrucis nos percatamos de que sufre realmente por nosotros. Él ha asumido también mi causa. Ahora me atrae a sí viniendo a mí en la hondura de mí mismo y elevándome hacia sí.
El mal pertenecerá siempre al misterio de la Iglesia. Y si se ve todo lo que hombres, lo que clérigos han hecho en la Iglesia, eso se convierte hasta en una prueba de que es Él quien sostiene a la Iglesia y quien la ha fundado. Si ella dependiera solamente de los hombres, habría sucumbido hace largo tiempo.
La mayoría de los casos de abuso se registra en las décadas de 1970 y 1980. Por ese motivo, el prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, cardenal Franc Rodé, señaló también en este contexto la decadencia de la fe y el socavamiento de la Iglesia entre los factores causales de los escándalos. Según Rodé «la cultura secularizada penetró en algunas órdenes de Occidente, cuando, en realidad, precisamente la vida religiosa deberla ser una alternativa a la «cultura dominante», en lugar de «reflejarla».
Por supuesto, a ello contribuyó la constelación espiritual de los años setenta, que se fue abriendo camino ya en los años cincuenta, En ese entonces se desarrolló especialmente la teoría de que la pedofilia debía considerarse como algo positivo, Sobre todo se sostuvo la tesis -que se introdujo también en la teología moral católica- de que no hay algo que sea malo en sí mismo, sino sólo cosas «relativamente» malas. Lo bueno y lo malo dependen, se decía, de las consecuencias.


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En un contexto semejante, en el que todo es relativo y lo malo en sí mismo no existe, sino sólo lo relativamente bueno y lo relativamente malo, las personas que tienen una inclinación hacia ese comportamiento se quedaron sin suelo bajo los pies, Por supuesto, la pedofilia es, en primer lugar, más bien una enfermedad, pero el hecho de que haya podido actuar y extenderse de ese modo ha tenido que ver también con una constelación intelectual por la que en la Iglesia se habían vuelto cuestionables las bases de la teología moral, el bien y el mal, El bien y el mal pasaron a ser intercambiables, ya no estaban más en clara contraposición.


También ha conmovido a la Iglesia el descubrimiento de la doble vida del fundador de la comunidad religiosa de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel Degollado, Hacía años que se conocían acusaciones de abuso contra Maciel, muerto en Estados Unidos en 2008, La compañera de Maciel dijo que tenia dos hijos con él. En México ahora se hacen oír voces que dicen que las disculpas públicas de los Legionarios de Cristo no son suficientes y que hay que disolver la comunidad.
Lamentablemente, hemos llegado con mucha lentitud y atraso a abordar estas cuestiones. De alguna manera estaban muy bien ocultadas, y sólo desde aproximadamente el año 2000 contamos con asideros concretos al respecto. En última instancia, hacían falta testimonios inequívocos para tener realmente certeza de que las acusaciones eran ciertas. Para mí, Marcial Maciel sigue siendo una figura enigmática. Por una parte, una vida que, como ahora sabemos, se encuentra fuera de la moralidad, una vida de aventuras, disipada, extraviada. Por otra parte, vemos el dinamismo y la fuerza con la que construyó la comunidad de los Legionarios. Entretanto hemos llevado a cabo una visita apostólica y nombrado a un delegado que, con un grupo de colaboradores, prepara las reformas necesarias. Naturalmente, hay que hacer correcciones, pero, en términos generales, es una comunidad sana.
Hay en ella muchas personas jóvenes que quieren servir con entusiasmo a la fe. No se debe destruir ese entusiasmo. Muchos de ellos partieron de una figura falsa, pero al final se han visto llamados a adherir a una correcta. Este es el hecho notable, la contradicción: que, por así decirlo, un falso profeta haya podido tener un efecto positivo. A esos jóvenes hay que darles un nuevo aliento. Hace falta una estructura nueva para que no caigan en el vacío sino que, rectamente conducidos, puedan prestar un servicio a la Iglesia y a los hombres.


El caso Maciel no tiene parangón, pero a la par hay por todas partes sacerdotes que, sea ocultamente o incluso a sabiendas de su comunidad o hasta de las autoridades de la Iglesia, viven en una relación de tipo conyugal. El escándalo se hace tanto mayor cuando hijos de esas uniones son derivados a orfanatos, mientras la Iglesia paga los alimentos.
Eso no debe darse. Nada debe haber que sea mentira y ocultamiento. Lamentablemente, en la historia de la Iglesia ha habido tiempos en los que han aparecido y se han difundido tales situaciones, particularmente cuando, de alguna manera, se encuentran en la línea del clima espiritual de la época. Por supuesto, se trata también de un desafío especialmente urgente para todos nosotros.
Cuando un sacerdote cohabita con una mujer hay que verificar si existe una verdadera voluntad matrimonial y si podrían formar un buen matrimonio. Si así fuese, tienen que seguir ese camino. Si se trata de una falta de la voluntad moral pero no existe una real vinculación interior, hay que intentar encontrar caminos de sanación para él y para ella. 


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En todo caso, hay que cuidar de que se haga justicia a los niños -que son el bien primordial- y que se les brinde el ámbito vital de educación que necesitan.
El problema fundamental es la honradez. El segundo problema es el respeto por la verdad de esas dos personas y de los niños a fin de encontrar la solución correcta. Y el tercero es: ¿cómo podemos educar de nuevo a los jóvenes en el celibato? ¿Cómo podemos apoyar a los sacerdotes para que lo vivan de tal modo que siga siendo un signo también en este tiempo, en que no sólo el celibato se encuentra en una gran crisis, sino también el matrimonio? Muchos afirman que el matrimonio monógamo ya no existe mas, Es un desafío enorme sostener y elaborar de nuevo ambas cosas, el celibato y el matrimonio. El matrimonio monógamo forma parte del fundamento sobre el que se basa la civilización de Occidente, si se derrumba, se derrumba algo esencial de nuestra cultura.


El escándalo de los abusos podría llevarnos a preguntar también por otros casos de abuso. Por ejemplo, por el abuso de poder. Por el abuso de una relación. Por el abuso de la misión educativa. Por el abuso de los propios dones. En la Antigüedad griega, la tragedia debía suscitar en los espectadores una conmoción, un efecto purificador que los hiciera reflexionar sobre su vida. Sólo la catarsis dispone a los seres humanos para cambiar comportamientos tan firmemente arraigados, ¿No podría la crisis actual convertirse en una nueva oportunidad para la Iglesia?
Ya lo creo, He dicho antes que el Año Sacerdotal, que se desarrolló de una forma tan diferente de la que habíamos pensado, tuvo también un efecto catártico. Y que también los laicos volvieron a estar agradecidos por lo que el sacerdocio es en realidad, lo vieron en una nueva positividad, justamente a través de los peligros y trastornos a los que está expuesto.
Esa catarsis es para todos nosotros, para la sociedad entera, pero, naturalmente, sobre todo para la Iglesia, un llamamiento a reconocer nuevamente los valores que nos sostienen, a ver los peligros que nos amenazan, no sólo a los sacerdotes, sino también en lo más hondo a la sociedad en su conjunto. Saber acerca de los peligros y de la destrucción del entramado moral de nuestra sociedad debería ser para nosotros un llamamiento a la purificación, Tenemos que volver a reconocer que no debemos vivir simplemente en la arbitrariedad. Que la libertad no puede ser arbitrariedad. Que hay que aprender una libertad que sea responsabilidad.


4. La catástrofe global


La crisis de la Iglesia es un aspecto, la crisis del secularismo, el otro. La primera crisis podrá ser grande, pero la otra se aproxima más y más a una catástrofe global permanente.
Por el cambio climático se amplía el cinturón tropical, sube el nivel de los mares. Los polos se derriten, los agujeros de ozono no se cierran. Vivimos tragedias como el desastre petrolero en el golfo de México, gigantescos incendios forestales, inundaciones nunca vistas, olas de calor y periodos de sequía inesperados. El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, designó, ya en noviembre de 2007, ante la Asamblea de la ONU en Nueva York, el estado del planeta Tierra como «extremadamente amenazado». Una comisión investigadora de la ONU ha sostenido que a la humanidad sólo le quedan unos pocos decenios para llegar a un punto de no-retorno, a partir del cual ya es demasiado tarde para controlar con las propias fuerzas la problemática del 

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mundo altamente tecnificado. Una serie de expertos considera incluso ya alcanzado ese punto.
«Contempló Dios toda su obra y estaba muy bien», dice el Génesis. Es pavoroso, pues, en qué se ha convertido en este momento ese sueño de planeta. La pregunta es: ¿será que, simplemente, la Tierra es incapaz de resistir el enorme potencial de desarrollo de nuestra especie? ¿Es acaso que no está hecha en absoluto para que vivamos aquí de forma duradera? ¿O es que hay algo que estamos haciendo mal?
El hecho de que no permaneceremos aquí eternamente nos lo dice la Sagrada Escritura, y nos lo dice también la experiencia. Pero seguramente hay algo que estamos haciendo mal. Pienso que aquí se proyecta la problemática del concepto de progreso. La Edad Moderna se buscó su camino al amparo de los conceptos fundamentales de progreso y libertad. Pero ¿qué es progreso? Hoy vemos que el progreso también puede ser destructivo. En tal sentido hemos de reflexionar sobre cuáles son los criterios que debemos encontrar para que el progreso sea realmente progreso.
El concepto de progreso tenía originalmente dos aspectos: por una parte estaba el progreso del conocimiento. Por ese progreso se entendía la captación de la realidad. Tal progreso se dio en una medida increíble por la combinación de la visión matemática del mundo y los experimentos. A través del ADN podemos hoy reconstruir la estructura de la vida. Así como también, en general, la estructura funcional de toda la realidad. Entretanto podemos hasta imitar parcialmente esa estructura, y comenzamos ya a construir nosotros mismos vida. En ese sentido, del progreso han surgido también nuevas posibilidades para los hombres.
La idea fundamental era que el progreso es conocimiento. Y conocimiento es poder. Es decir, si conozco, puedo también disponer de lo que conozco. El conocimiento ha traído consigo poder, pero de una forma en la que, ahora, con nuestro propio poder somos capaces al mismo tiempo de destruir el mundo que creemos haber descubierto por completo.
De ese modo se ve que, en la combinación que hemos tenido hasta ahora del concepto de progreso a partir de conocimiento y poder, falta una perspectiva esencial: el aspecto del bien. Se trata de la pregunta: ¿qué es bueno? ¿Hacia dónde el conocimiento debe guiar el poder? ¿Se trata solamente de disponer sin más, o hay que plantear también la pregunta por los parámetros internos, por aquello que es bueno para el hombre, para el mundo? y esta cuestión, pienso yo, no se ha planteado de manera suficiente. Ésa es, en el fondo, la razón por la cual ha quedado ampliamente fuera de consideración el aspecto ético, dentro del cual está comprendida la responsabilidad ante el Creador. Si lo único que se hace es impulsar hacia delante el propio poder sirviéndose del propio conocimiento, ese tipo de progreso se hace realmente destructivo.


¿Qué consecuencias habría que extraer de ello?
Actualmente debería iniciarse un gran examen de conciencia. ¿Qué es realmente progreso? ¿Es progreso si puedo destruir? ¿Es progreso si puedo hacer seleccionar y eliminar seres humanos por mí mismo? ¿Cómo puede lograrse un dominio ético y humano del progreso? Pero no sólo habría que pensar de nuevo los criterios del progreso. Aparte del conocimiento y del progreso se trata también del concepto fundamental de la Edad Moderna: la libertad, que se entiende como libertad para poder hacerlo todo.
A partir de este modo de pensar surge la reivindicación de que la ciencia es indivisible. Es decir, lo que se puede hacer, hay que poder hacerlo. Todo lo demás iría contra la libertad.


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¿Es verdad eso? Yo pienso que no. Vemos cómo el poder del hombre ha crecido de forma tremenda. Pero lo que no creció con ese poder es su potencial ético. Este desequilibrio se refleja hoy en los frutos de un progreso que no fue pensado en clave moral. La gran pregunta es, ahora, ¿cómo puede corregirse el concepto de progreso y su realidad, y cómo puede dominarse después positivamente desde dentro? En tal sentido hace falta aquí una reflexión global sobre las bases fundamentales.


La dificultad que entraña modificar estos criterios sobre el progreso nos la ha mostrado con claridad la Conferencia sobre el Cambio Climático de Copenhague, celebrada en diciembre de 2009. Diecisiete años necesitaron los gobiernos de este mundo desde el encuentro de Río para llegar hasta esta cumbre decisiva, a la que científicos, medioambientalistas y políticos habían calificado como una de las conferencias más importantes de la historia de la humanidad. La base era el resultado de la investigación de más de mil científicos que, por encargo del grupo de expertos de Naciones Unidas sobre el tema (IPCC), habían calculado que las temperaturas globales sólo deben incrementarse un máximo de dos grados a partir de ahora. De producirse un calentamiento mayor, el clima se descontrolaría de forma irreversible.
Sin embargo, el borrador del compromiso de Copenhague no contiene ni siquiera prescripciones concretas. Con un alto nivel de probabilidad puede decirse que el límite de dos grados se superará. La consecuencia serían tempestades, inundaciones, cosechas arruinadas por la sequía. ¿No confirma forzosamente este resultado a aquellos que consideran a la humanidad incapaz de resolver ya una amenaza como el cambio climático a través de un esfuerzo colectivo?
Éste es, en realidad, el gran problema. ¿Qué podemos hacer? Frente a la catástrofe que nos amenaza se ha suscitado ya en todas partes el reconocimiento de que tenemos que tomar decisiones morales. Existe también una conciencia, más o menos marcada, de la responsabilidad global, de que la ética no debe referirse ya solamente al propio grupo o a la propia nación, sino que debe tener en cuenta la Tierra en su conjunto y a todos los hombres.
En tal sentido existe un cierto potencial de reconocimiento en el campo moral.
Pero, por otra parte, la traducción de esto mismo en voluntad política y en acciones políticas se ve ampliamente imposibilitada por la falta de una disposición a la renuncia. Esto tendría que reflejarse en los presupuestos nacionales y, en última instancia, debería ser sostenido por los individuos, aunque allí se trata, una vez más, de la diferente carga que se hace pesar sobre los diversos grupos. De ese modo aparece con claridad que, en definitiva, la voluntad política no puede ser eficaz si no existe en la humanidad entera -sobre todo en los impulsores principales del desarrollo y del progreso- una conciencia moral nueva y más profunda, una disposición a la renuncia que sea concreta y se convierta también para el individuo en una norma de valores para su vida.
Por eso, la pregunta es la siguiente: ¿cómo puede la voluntad moral, que todos aceptan y todos reclaman, llegar a ser una decisión personal? Pues, mientras eso no se dé, la política sigue siendo impotente. Es decir, ¿quién puede lograr que esa conciencia universal penetre también en lo personal? Sólo puede lograrlo una instancia que toque la conciencia, que esté cerca de la persona individual y que no se limite a convocar manifestaciones aparatosas.
En tal sentido se dirige aquí el reto a la Iglesia. Ella no sólo tiene una gran responsabilidad, sino que, diría yo, es a menudo la única esperanza. Pues ella está tan


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cerca de la conciencia de muchos seres humanos que puede moverlos a determinadas renuncias e imprimir actitudes fundamentales en las almas.


El filósofo Peter Sloterdijk dijo acerca de la gestión global del planeta: «Los hombres son ateos respecto del futuro. No creen en lo que saben incluso cuando se les demuestra de forma concluyente lo que tiene que ocurrir».
En la teoría tal vez lo creen. Pero se dicen: a mí no me tocará. Y, de todos modos, no modificaré mi vida. Por último, no sólo están los egoísmos individuales, opuestos entre sí, sino también los egoísmos grupales. Se está acostumbrado a un determinado estilo de vida y, cuando éste se ve amenazado, es natural que se suscite una resistencia. También son demasiado pocos los modelos que se ven acerca de cómo sería concretamente la renuncia. En tal sentido, las comunidades religiosas tienen una importancia ejemplar. A su manera, ellas pueden experimentar ejemplarmente que un estilo de vida de renuncia racional, moral, es enteramente practicable sin tener que excluir por ello de forma completa las posibilidades de nuestro tiempo.
En cuanto al buen ejemplo, también el Estado se muestra poco ejemplar. Hoy en día los gobiernos acumulan deudas en un nivel nunca visto. Un solo país como Alemania gasta en el año 2010 nada menos que 43.900 millones de euros sólo para el pago de intereses a los bancos: o sea, por el hecho de que, aun con toda la riqueza existente, hemos llevado un tren de vida situado por encima de nuestras posibilidades. Sólo esos pagos de intereses bastarían para poner a disposición alimentos durante un año para todos los niños de los países en desarrollo.


A nivel mundial, desde el estallido de la crisis financiera el endeudamiento de los Estados se ha incrementado en un 45 %, el monto llega entretanto a más de cincuenta billones de dólares, una cifra inconcebible, una situación sin precedentes. Sólo los países miembros de la Unión Europea tomaron en 2010 más de ochocientos mil millones de euros en nuevos créditos. El nuevo endeudamiento en el presupuesto de Estados Unidos se sitúa en 1,56 billones de dólares, el nivel más alto de todos los tiempos. El profesor Kenneth Rogo, de la Universidad de Harvard, dijo que, en consecuencia, ya no hay más normalidad, sino sólo una ilusión de normalidad. Lo cierto es que las generaciones futuras soportarán la carga de deudas gigantescas. ¿No es acaso también éste un problema moral de enormes dimensiones?
Desde luego, porque vivimos a costa de las generaciones futuras. En tal sentido se advierte que vivimos en la falsedad. Vivimos orientados hacia las apariencias. Y las grandes deudas se tratan como algo de nuestra propiedad, sin más. También aquí, todos se percatan en teoría de que haría falta una reflexión, reconocer de nuevo lo que realmente es posible, lo que se puede, lo que se debe. Y sin embargo, esto mismo no penetra en los corazones de los hombres.
Más allá de los planes financieros, es indispensable un examen de conciencia a nivel global. La Iglesia ha intentado hacer una aportación con la encíclica Caritas in Veritate. No se dan allí las respuestas que lo resolverían todo. Pero ya es un paso adelante colocar las cosas en otra perspectiva y no considerarlas solamente desde el punto de vista de la factibilidad material y del éxito, sino desde la perspectiva de que hay una normatividad del amor al prójimo que se orienta por la voluntad de Dios y no sólo por nuestros deseos. En tal sentido habría que dar impulsos que correspondan a esa modalidad de que pueda darse realmente un cambio de conciencia.
Hemos reconocido el problema de la destrucción del medio ambiente. Pero el hecho de que para salvar la ecología es preciso, como condición, salvar nuestra capa espiritual de 


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ozono y, en especial, salvar nuestras selvas húmedas espirituales, es algo que parece penetrar sólo muy lentamente en nuestra conciencia. ¿No deberíamos habernos preguntado hace mucho tiempo qué pasa con la polución del pensamiento, con la contaminación de nuestras almas? Muchas de las cosas que admitimos en esta cultura de los medios y del comercio corresponden en el fondo a una carga tóxica que, casi forzosamente, tiene que llevar a una contaminación espiritual.
El hecho de que hay una contaminación del pensamiento que nos conduce ya anticipadamente a perspectivas erróneas no puede ignorarse. Liberarnos nuevamente de ello por medio de una verdadera conversión -por utilizar esa palabra fundamental de la fe cristiana- es uno de los desafíos cuya evidencia se ha hecho ya visible a nivel general. En nuestro mundo, tan científico y moderno en su orientación, conceptos semejantes no tenían ya significación alguna, Una conversión en el sentido de la fe en una voluntad de Dios que nos indica un camino se consideraba pasada de moda y superada. Creo que, sin embargo, lentamente se va advirtiendo que algo hay de cierto cuando decimos que debemos reflexionar para adoptar una actitud nueva.


La abadesa y médica Hildegarda de Bingen expresó el núcleo de este conjunto de cuestiones hace ya novecientos años con la siguiente fórmula: «Si el hombre peca, el cosmos sufre». Como escribe usted en su libro sobre Jesús, los problemas de esta hora histórica son consecuencia de que se ha dejado de escuchar a Dios. En otro pasaje habla usted incluso de una «extinción de la luz que proviene de Dios.»
Para muchos, el ateísmo práctico es hoy la regia normal de vida. Se piensa que tal vez haya algo o alguien que en tiempos remotísimos dio un impulso inicial al mundo, pero ese ser no nos incumbe en absoluto. Si esa postura se convierte en la actitud general en la vida, la libertad no tiene ya más parámetros, todo es posible y todo está permitido. Por eso también es tan urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a colocarse en el centro. Por supuesto, no se trata de un Dios que de alguna manera existe, sino de un Dios que nos conoce, que nos habla y que nos incumbe. Y que, después, será también nuestro juez.


5. Dictadura del relativismo


El escritor inglés Aldous Huxley predijo en 1932, en su novela sobre el futuro titulada Un mundo feliz, que el aspecto característico de la modernidad sería la falsedad. En la falsa realidad con su falsa verdad -o, en general, con la ausencia de verdad-, al final nada es importante. No hay verdad alguna, no hay posición alguna. Y realmente, entretanto se ha llegado a considerar la verdad como un concepto demasiado subjetivo como para que todavía se pueda encontrar en él un parámetro de vigencia general. La distinción entre lo auténtico y lo inauténtico parece haber sido suprimida. Todo es, en cierta medida, negociable. ¿Es éste el relativismo contra el cual advierte usted con tanto ahínco?
Está a la vista que el concepto de verdad ha caído bajo sospecha. Por supuesto, es cierto que se ha abusado mucho de él. En nombre de la verdad se ha llegado a la intolerancia y la crueldad. En tal sentido se tiene temor cuando alguien dice que tal cosa es la verdad o hasta afirma poseer la verdad. Nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. Nadie discutirá que es preciso ser cuidadoso y cauteloso al reivindicar la verdad. Pero descartarla sin más como inalcanzable ejerce directamente una acción destructiva.
Gran parte de la filosofía actual consiste realmente en decir que el hombre no es capaz de la verdad. Pero, visto de ese modo, tampoco sería capaz de ética. No tendría parámetro alguno. En tal caso sólo habría que cuidar del modo en que uno más o menos se las


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arregla, y el único criterio que contaría sería, en todo caso, la opinión de la mayoría. Pero qué destructivas pueden ser las mayorías nos lo ha mostrado la historia reciente, por ejemplo, en sistemas como el nazismo y el marxismo, los cuales han estado particularmente en contra también de la verdad.


«Se va constituyendo una dictadura del relativismo -declaró usted en su discurso de apertura del cónclave- que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos»
Por eso es preciso tener la osadía de decir: sí, el hombre debe buscar la verdad, es capaz de la verdad. Es evidente que la verdad necesita criterios para ser verificada y falsada. También ha de ir acompañada de tolerancia, pero la verdad nos muestra entonces aquellos valores constantes que han hecho grande a la humanidad, por eso hay que aprender y ejercitar de nuevo la humildad de reconocer la verdad y de permitirle constituirse en parámetro.
El contenido central del Evangelio de Juan consiste en que la verdad no puede imponer su dominio mediante la violencia, sino por su propio poder: Jesús atestigua ante Pilato que es la Verdad y el testigo de la verdad. Defiende la verdad no mediante legiones, sino que, a través de su pasión, la hace visible y la pone también en vigencia.


En el mundo devenido relativista, un nuevo paganismo se ha hecho cada vez más con el dominio sobre el pensamiento y la acción del hombre. Ya desde hace largo tiempo ha quedado claro con ello que lo que se ha establecido a la par de la Iglesia no es solamente un espacio libre, un vacío, sino algo así como una nueva-Iglesia. Como escribía un periódico alemán, el papa en Roma debe ser objeto de condena ya por el solo hecho de que, con sus posturas, «ha atentado contra la religión que impera en este país en la actualidad, a saber, la «religión civil», ¿Se ha desatado un nuevo Kulturkampf, como ha dicho en su análisis Marcello Pera? Pera, ex presidente del Senado italiano, habla de una «guerra campal del laicismo contra el cristianismo».
Es por completo evidente que se está extendiendo una nueva intolerancia, hay parámetros acostumbrados del pensamiento que se quieren imponer a todos, así, pues, se los anuncia en la llamada «tolerancia negativa», por ejemplo, cuando se dice que, en virtud de la tolerancia negativa, no debe haber cruz alguna en los edificios públicos. En el fondo, lo que experimentamos con eso es la supresión de la tolerancia, pues significa que la religión, que la fe cristiana, no puede manifestarse más de forma visible.
Por ejemplo, cuando en nombre de la no discriminación se quiere obligar a la Iglesia católica a modificar su postura frente a la homosexualidad o a la ordenación de mujeres, quiere decir que ella no debe vivir más su propia identidad y que, en lugar de ello, se hace de una abstracta religión negativa un parámetro tiránico al que todo el mundo tiene que adherir. Ésta es, aparentemente, la libertad, ya por el solo hecho de ser la liberación de lo que ha regido hasta el presente.
En realidad, sin embargo, este desarrollo conduce cada vez más a la reivindicación intolerante de una nueva religión que aduce tener una vigencia universal porque es racional, más aún, porque es la razón en si misma, que lo sabe todo y que, por eso mismo, señala también el ámbito que a partir de ahora debe hacerse normativo para todos.
El hecho de que en nombre de la tolerancia se elimine la tolerancia es una verdadera amenaza ante la cual nos encontramos. El peligro consiste en que la razón -la llamada razón occidental- afirma que ella ha reconocido realmente lo correcto y, con ello, 


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reivindica una totalidad que es enemiga de la libertad. Creo que hemos de presentar con mucho énfasis ese peligro. A nadie se le obliga a ser cristiano. Pero nadie debe ser obligado a vivir la «nueva religión» como la única determinante y obligatoria para toda la humanidad.
La agresividad con la que se presenta esta nueva religión ha sido descrita por el semanario Der Spiegel como «cruzada de los ateos». Es una cruzada que hace escarnio del cristianismo como «locura de Dios» y encasilla la religión como una maldición a la que hay que atribuir también todas las guerras.
Usted mismo habló ya de «agresiones sutiles a la Iglesia, o incluso otras menos Sutiles». Afirmó que, aun sin que exista un régimen totalitario, hoy en día se ejerce presión para que se piense como todos piensan. Los ataques a la Iglesia muestran «que este conformismo puede ser realmente una verdadera dictadura». Palabras duras.
Pero la realidad es de hecho tal que se presentan determinadas formas de comportamiento y de pensamiento como las únicas racionales y, por tanto, como las únicas adecuadas para los hombres. El cristianismo se ve así expuesto a una presión de intolerancia que, primeramente, lo caricaturiza -como perteneciente a un pensar equivocado, erróneo-, y después, en nombre de una aparente racionalidad, quiere quitarle el espacio que necesita para respirar.
Es muy importante que nos opongamos a semejante reclamo absoluto, a un tipo determinado de «racionalidad». No se trata, en efecto, de la razón misma, sino de la restricción de la razón a lo que se puede reconocer mediante la ciencia natural. Y al mismo tiempo de la marginación de todo aquello que vaya más allá de ella. Por supuesto, es verdad que en la historia ha habido también guerras por causa de la religión, que la religión ha llevado también a la violencia...


Pero ni Napoleón, ni Hitler ni las fuerzas estadounidenses en Vietnam tuvieron que ver con luchas de fe. Por el contrario, hace setenta años que los sistemas ateos de Oriente y Occidente llevan el mundo a la ruina, en una época alejada de Dios, que el escritor estadounidense Louis Agley llamó «un réquiem satánico».
Pero tanto más sigue siendo también verdad la gran fuerza del bien que ha sido liberada por la religión, que a través de grandes nombres -Francisco de Asís, Vicente de Paul, la Madre Teresa, etcétera- ha estado presente y ha resplandecido a lo largo de toda la historia. A la inversa, las nuevas ideologías han llevado a una suerte de crueldad y desprecio del hombre, antes impensables porque se hallaba todavía presente el respeto por la imagen de Dios, mientras que, sin ese respeto, el hombre se absolutiza a sí mismo y todo le está permitido, volviéndose entonces realmente destructor.


Por otra parte podría decirse que, en atención a la igualdad de todos, un Estado debe tener también el derecho de desterrar los símbolos religiosos del espacio público, también la cruz de Cristo. ¿Puede entenderse esto?
Aquí hay que plantear en primer lugar la siguiente pregunta: ¿por qué tiene que desterrarlos? Si la cruz contuviese una afirmación que resultara incomprensible o inadmisible para otros, esto sería más susceptible de considerarse, pero el contenido de la cruz es que Dios mismo es un Dios sufriente, que nos quiere a través de su sufrimiento, que nos ama. Es una afirmación que no agrede a nadie, esto por un lado, y por el otro se encuentra también, por supuesto, una identidad cultural en la que se fundan nuestros países, una identidad que forma positivamente nuestros países, que los sostiene desde dentro y que sigue configurando todavía los valores positivos y los aspectos fundamentales de la sociedad a través de los cuales se mantiene circunscrito el egoísmo y


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se hace posible una cultura de la humanidad. Yo diría que una tal expresión cultural que se da a sí misma una sociedad que vive positivamente a partir de ella no puede ofender a nadie que no comparta la misma convicción, y tampoco debe ser desterrada.


En Suiza los ciudadanos no votan contra la construcción de mezquitas sino de minaretes en las mezquitas. En Francia, el Parlamento prohibió el uso del burka. ¿Pueden alegrarse de ello los cristianos?
Los cristianos son tolerantes, y en ese sentido dejan también que los demás tengan su propia auto comprensión. Estamos agradecidos de que en los países que rodean el golfo Pérsico (Qatar, Abu Dabi, Kuwait) haya iglesias en que los cristianos pueden celebrar su culto, y deseamos que así sea en todas partes. Por eso es lógico que, aquí, los musulmanes también puedan reunirse en mezquitas a hacer su oración.
En lo tocante al burka, no veo razón alguna para una prohibición general. Se afirma que algunas mujeres no llevan el burka de forma libre y voluntaria, y que se trata propiamente de una violación de la mujer. Por supuesto, con eso no se puede estar de acuerdo. Pero si libre y voluntariamente quieren llevarlo, no sé por qué hay que prohibírselo.


En Italia, el ochenta por ciento de los habitantes son católicos bautizados. En Portugal son el noventa por ciento; en Polonia, también el noventa por ciento; en la pequeña Malta, el cien por ciento. En Alemania, más del sesenta por ciento de la población pertenece a las dos Iglesia cristianas del pueblo, y otra parte considerable de la población, a otras comunidades de fe cristiana. No cabe duda de que la cultura cristiana occidental es la base del éxito y del bienestar de Europa. Y sin embargo, hoy en día, una mayoría acepta ser dominada por una minoría de líderes de opinión. Es una situación curiosa, cuando no hasta esquizofrénica.
En esto se ve una problemática interior. Pues, ¿en qué medida las personas siguen perteneciendo todavía a la Iglesia? Por una parte, quieren pertenecer, no quieren perder ese fundamento. Por la otra, están naturalmente formados y plasmados en su interior por la modalidad moderna de pensar. Es la coexistencia y el paralelismo no madurados de una voluntad fundamental cristiana y de una nueva cosmovisión que marca toda la vida. En tal sentido sigue siendo una suerte de esquizofrenia, una existencia dividida.
Debemos procurar que ambos aspectos se interpenetren, en la medida en que sean compatibles. Ser cristiano no debe convertirse en algo así como un estrato arcaico que de alguna manera retengo y que vivo en cierta medida de forma paralela a la modernidad. Ser cristiano es en sí mismo algo vivo, algo moderno, que configura y plasma toda mi modernidad y que, en ese sentido, la abraza en toda regla.
Aquí se exige una gran lucha espiritual. Eso mismo es lo que he expresado en particular recientemente a través de la fundación de un Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización. Lo importante es que intentemos vivir y pensar el cristianismo de tal manera que asuma en sí la buena, la correcta modernidad, y que al mismo tiempo se aparte y distinga de lo que se ha convertido en una contra religión.
Vista con mirada sobria, la Iglesia católica es la mayor organización del mundo, con una red central organizada que se extiende por todo el mundo y que funciona bien. Tiene mil doscientos millones de miembros, más de cuatro mil obispos, cuatrocientos mil sacerdotes, millones de religiosos. Tiene miles de universidades, monasterios, escuelas, instituciones de servicio social. En países como Alemania es, después del Estado, el mayor empleador. No es sólo una


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marca «premium" con directivas inviolables, sino que tiene una identidad propia. Posee un culto propio, una ética propia, y lo más sagrado de lo sagrado: la eucaristía. Y, sobre todo, cuenta con la legitimación de «lo más alto" y puede afirmar de sí misma: somos lo original, romos los custodios del tesoro. En realidad, más no puede pedirse. ¿No es acaso extraño, o incluso un escándalo, que esta Iglesia no haga mucho más de ese potencial incomparable?
Por supuesto, tenemos que preguntárnoslo. Es el choque de dos mundos espirituales: el mundo de la fe y el mundo del secularismo. La pregunta es: ¿dónde tiene razón el secularismo? Es decir, ¿dónde la fe tiene que hacer propias las formas y figuras de la modernidad y dónde tiene que ofrecer resistencia? Esta gran lucha atraviesa hoy el mundo entero. Los obispos de los países del Tercer Mundo me dicen: también en nuestros países está presente el secularismo, y allí coincide con formas todavía completamente arcaicas.
A menudo uno se pregunta realmente cómo es que cristianos que son personalmente creyentes no poseen la fuerza para hacer que su fe tenga una mayor eficacia política. Sobre todo debemos intentar que los hombres no pierdan de vista a Dios. Que reconozcan el tesoro que poseen. Y que, después, partiendo de la fuerza de la propia fe, puedan confrontarse con el secularismo y llevar a cabo el discernimiento de los espíritus. Este enorme proceso es propiamente la gran tarea que se nos encomienda en esta hora. Sólo podemos esperar que la fuerza interior de la fe, que está presente en el hombre, llegue a ser después poderosa en el campo público, plasmando asimismo el pensamiento a nivel público y no dejando que la sociedad caiga simplemente en el abismo.


¿No se podría partir de la base de que, después de dos mil años, el cristianismo simplemente se ha agotado, del mismo modo como en la historia de la civilización se agotaron también otras grandes culturas?
Si se mira superficialmente y sólo se tiene en el campo visual el mundo occidental, podría pensarse de ese modo. Pero si se mira más a fondo, como me es posible justamente ahora a través de las visitas de los obispos de todo el mundo y de muchos otros encuentros, se ve que, en este momento, el cristianismo está desplegando al mismo tiempo una creatividad totalmente nueva.
En Brasil, por ejemplo, hay por una parte un gran crecimiento de las sectas, a menudo muy cuestionables porque, en su mayoría, sólo prometen prosperidad, éxito exterior. Pero hay también nuevas eclosiones católicas, un dinamismo de nuevos movimientos, por ejemplo, los Heraldos del Evangelio, jóvenes llenos de entusiasmo que han reconocido a Cristo como el Hijo de Dios y lo llevan al mundo. Como me decía el arzobispo de São Paulo, allá surgen continuamente nuevos movimientos. Por tanto, hay un vigor de surgimiento y de nueva vida.
O bien pensemos en lo que significa la Iglesia para África. Allá, ella es a menudo lo único que permanece entre los trastornos y destrucciones de las guerras, es el único refugio donde se hace algo por los seres humanos. Ella se compromete para que la vida pueda continuar, para que se atienda a los enfermos, para que puedan venir niños al mundo y sean educados. Ella es una fuerza de vida que siempre de nuevo suscita entusiasmo y, después, crea nuevos caminos.
Con menor nitidez pero a pesar de ello de forma inequívoca existe también aquí, en Occidente, el despertar de nuevas iniciativas católicas que no han sido ordenadas por la burocracia. La burocracia está desgastada y cansada. Estas iniciativas vienen de dentro, de la alegría de (...) jóvenes. Tal vez el cristianismo asume otro rostro, también otra figura cultural. No tiene en sus manos el puesto de comando en la opinión pública del 


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mundo: son otros los que allí gobiernan. Pero es la fuerza vital sin la cual las demás cosas no seguirían en pie. En tal sentido, a través de todo lo que yo mismo puedo ver y experimentar soy muy optimista en cuanto a que el cristianismo se encuentra ante un nuevo dinamismo.


Sin embargo, a veces se tiene la impresión de que hubiese una ley natural por la cual, en cierta medida, el paganismo recupera una y otra vez los territorios que han sido roturados y cultivados por el cristianismo.
El hecho de que, según la estructura del hombre, afectada por el pecado original, el paganismo eclosione siempre de nuevo en él es una experiencia que se extiende a lo largo de todos los siglos. La verdad del pecado original se confirma. Una y otra vez el hombre vuelve a caer de su fe, quiere volver a ser solamente él mismo, se vuelve pagano en el sentido más profundo de la palabra. Pero una y otra vez se pone también de manifiesto la presencia divina en el hombre. Esta es la lucha que atraviesa toda la historia. Como dijo san Agustín, la historia universal es una lucha entre dos formas de amor: entre el amor a sí mismo -hasta la destrucción del mundo- y el amor al otro -hasta la renuncia a sí mismo-. Esta lucha, que se ha podido ver siempre, está en curso también en la actualidad.


6. Tiempo de conversión


Al comienzo del tercer milenio los pueblos del mundo experimentan un cambio radical de dimensiones hasta ahora inimaginables, en lo económico, lo ecológico y lo social. Los científicos consideran que la próxima década será decisiva para la subsistencia de este planeta.
Santo Padre, usted mismo utilizó en enero de 2009, ante diplomáticos en Roma, estas dramáticas palabras: «Hoy más que nunca, nuestro porvenir está en juego, al igual que el destino de nuestro planeta y sus habitantes». Si no logramos introducir pronto un cambio de amplias dimensiones, dice en otra parte, aumentará tremendamente el desvalimiento y se estará ante un escenario caótico. En Fátima, su prédica adquiere ya un tono casi apocalíptico: «El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror que no logra interrumpir».
¿Ve usted en los signos de los tiempos las señales de una cesura que cambie el mundo?
Hay, por supuesto, signos que nos estremecen, que nos intranquilizan. Pero también hay otros signos que pueden servirnos de punto de enlace y darnos esperanzas. Ya hemos hablado extensamente sobre el escenario de terror y de amenaza. Yo agregaría todavía algo más, que me quema especialmente en el alma desde las visitas de los obispos.
Muchísimos obispos, sobre todo de América Latina, me dicen que allá, por donde pasa el corredor del cultivo y del tráfico de drogas -y son partes importantes de esos países-, es como si un monstruo malvado hubiese puesto sus manos en el país y corrompiera a los hombres. Creo que esa serpiente del tráfico y consumo de drogas abarca toda la tierra, es un poder que no nos imaginamos como se debe. Destruye a la juventud, destruye a las familias, conduce a la violencia y amenaza el futuro de países enteros.
También esto forma parte de las terribles responsabilidades de Occidente: el hecho de que necesita drogas y de que, de ese modo, crea países que tienen que suministrárselas, lo que, al final, los desgasta y destruye. Ha surgido una avidez de felicidad que no puede 


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conformarse con lo existente. Y que entonces huye, por así decirlo, al paraíso del demonio, y destruye a su alrededor a los hombres.
A esto se agrega otro problema. No podemos siquiera imaginarnos, dicen los obispos, la destrucción que trae consigo el turismo sexual en nuestra juventud. Se están dando allí procesos extraordinarios de destrucción que han nacido de la arrogancia, del tedio y de la falsa libertad del mundo occidental.
Se ve que el hombre aspira a una alegría infinita, quisiera placer hasta el extremo, quisiera lo infinito. Pero donde no hay Dios, no se le concederá, no puede darse. Entonces, el hombre tiene que crear por sí mismo lo falso, el falso infinito.
Es un signo del tiempo que, precisamente como cristianos, debe desafiarnos de forma urgente. Hemos de poner de manifiesto -y vivir también- que la infinitud que el hombre necesita sólo puede provenir de Dios. Que Dios es de primera necesidad para que sea posible resistir las tribulaciones de este tiempo. Que tenemos que movilizar, por así decirlo, todas las fuerzas del alma y del bien a fin de que en contra de esta acuñación falsa se yerga una verdadera, y de ese modo pueda hacerse saltar el circuito del mal y se lo detenga.


Con la vista puesta en el fin de los recursos, el fin de una vieja época, el fin de una determinada forma de vida, nuevamente y con toda fuerza tomamos conciencia de la finitud de las cosas en sí mismas, también del fin de la vida en general. Muchos ven ya en los signos de este tiempo el signo de un tiempo final. Advierten que tal vez el mundo no sucumba, pero que se encamina en una nueva dirección. Y que una sociedad enferma, en la que aumentan sobre todo los problemas psíquicos, anhela hasta con ánimo suplicante sanación y salvación.
¿No habría que reflexionar acerca de si esta nueva orientación puede estar relacionada con el regreso de Cristo?
Como usted dice, lo importante es que existe una necesidad de sanación y que, de alguna manera, se puede entender de nuevo lo que significa salvación. Los hombres reconocen que, si Dios está ausente, la existencia se enferma y el hombre no puede subsistir; que necesita una respuesta que él mismo no es capaz de dar. En tal sentido, éste es un tiempo de adviento que ofrece también muchas cosas buenas.
Por ejemplo, la gran comunicación con la que contamos hoy en día puede llevar, por un lado, a una despersonalización total. En ese caso no se está más que inmerso en el mar de la comunicación pero no se produce ya encuentro alguno con personas. Por el otro lado, sin embargo, esta comunicación puede constituir también una oportunidad: por ejemplo, de que nos percibamos mutuamente, de que nos encontremos, nos ayudemos, de que salgamos de nosotros mismos.
De ese modo, me parece importante no ver sólo lo negativo. Debemos percibir, sí, con toda agudeza lo negativo, pero también tenemos que ver todas las oportunidades de bien que se hallan presentes, las esperanzas, las nuevas posibilidades que existen para nuestra condición humana. En última instancia, para anunciar después la necesidad del cambio, que no puede producirse sin una conversión interior.


¿Qué significa eso, en concreto?
Esta conversión supone que se coloque nuevamente a Dios en primer término. Entonces, todo cambia. Y que se pregunte por las palabras de Dios para dejar que ellas iluminen, 


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como realidades, el interior de la propia vida. Por así decirlo, debemos arriesgarnos nuevamente a hacer el experimento con Dios a fin de dejarlo actuar en nuestra sociedad.


Según su propia comprensión, el evangelio no contiene un mensaje proveniente del pasado, un mensaje ya agotado. Por el contrario, la presencia y la dinámica de la revelación de Cristo consiste justamente en que, en cierta medida, proviene del futuro, y es a su vez de importancia decisiva para el futuro de cada uno y el de todos. Cristo se aparecerá, «la segunda vez, sin relación ya con el pecado, a los que a le aguardan, para darles la salvación», dice la Carta a los hebreos.
¿La Iglesia no debería informar con mucha más claridad acerca de que, según la Biblia, el mundo no se encuentra sólo en el tiempo después de Cristo, sino, en medida mucho mayor aún, nuevamente en el tiempo antes de Cristo?
Esa fue, en efecto, una inquietud de Juan Pablo II, señalar con claridad que nuestra mirada se dirige hacia el Cristo que viene. Es decir que el que ha venido es mucho más aún el que está por venir, y que, en esa perspectiva, vivimos la fe en orientación hacia el futuro. Eso implica que estemos realmente en condiciones de exponer de vuelta el mensaje de la fe desde la perspectiva del Cristo que viene.
A menudo, esa condición de Cristo que viene se ha proclamado en fórmulas que, si bien son verdaderas, al mismo tiempo han envejecido. Ya no le hablan a nuestra constelación de vida y, a menudo, han dejado de ser comprensibles para nosotros. O bien ese Cristo que viene sufre un vaciamiento total y es falseado en el sentido de un tópico moral general del que no proviene nada y que no significa nada.
Por tanto, debemos procurar decir realmente la sustancia en cuanto tal, pero decirla de forma nueva. Jürgen Habermas dijo que es importante que haya teólogos que puedan traducir el tesoro que se conserva en su fe de tal modo que, en el mundo secular, sea una palabra para este mundo. Tal vez él lo entiende de manera algo diferente que nosotros, pero tiene razón en que el proceso interior de traducción de las grandes palabras a la imagen verbal y conceptual de nuestro tiempo está avanzando, pero aún no se ha logrado realmente. Y esto sólo puede conseguirse si los hombres viven el cristianismo desde Aquel que vendrá. Sólo entonces podrán también expresarlo en palabras. La afirmación, la traducción intelectual, presupone la traducción existencial. En tal sentido son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro, y a partir de su existencia el Cristo que viene puede también traducirse de modo de hacerse presente en el horizonte de comprensión del mundo secular. Ésta es la gran tarea frente a la cual nos encontramos.


Los cambios de nuestro tiempo trajeron también consigo otras formas de vida, pero también una nueva percepción de la Iglesia. Los avances de la investigación médica plantean retos éticos enormes. También exige respuestas el nuevo universo de Internet. Aunque ya era un hombre anciano y enfermo. Juan XXIII recogió el cambio producido después de las dos guerras mundiales para interpretar, como dice en la bula de convocación Humanae Salutis, del 25 de diciembre de 1961, en un concilio los signos de los tiempos.
¿Lo imitará Benedicto XVI?
Bueno, Juan XXIII hizo un gesto grande e irrepetible al confiar a un concilio universal el entender hoy de nuevo la palabra de la fe. El concilio cumplió sobre todo el gran cometido pendiente de definir de nuevo tanto la vocación de la Iglesia como su relación con la modernidad, así como también la relación de la fe para con este tiempo y sus valores. Pero traducir lo dicho a la existencia y permanecer, al hacerlo, en la continuidad interna 


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de la fe es un proceso mucho más difícil que el mismo concilio. Sobre todo porque el concilio ha llegado al mundo en la interpretación de los medios, y no tanto con sus propios textos, que casi nadie lee.
Creo que nuestra gran tarea ahora, después de que se han aclarado algunas cuestiones fundamentales, consiste, ante todo, en sacar nuevamente a la luz la prioridad de Dios. Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Y que, a la inversa, si Dios desaparece, por más ilustradas que sean todas las demás cosas, el hombre pierde su dignidad y su auténtica humanidad, con lo cual se derrumba lo esencial. Por eso, creo yo, hoy debemos colocar, como nuevo acento, la prioridad de la pregunta sobre Dios.


¿Piensa usted que la Iglesia católica podría prescindir realmente del Concilio Vaticano III?
Hemos tenido en total más de veinte concilios. Seguramente, en algún momento habrá de nuevo otro. Por el momento no veo que estén dadas las condiciones para hacerlo. Creo que en este momento el instrumento correcto son los sínodos, en los que el episcopado entero está representado y, por así decirlo, se encuentra en un movimiento de búsqueda, mantiene en unión a la Iglesia entera y, al mismo tiempo, la lleva hacia delante. Que en alguna ocasión llegue de nuevo el momento de hacer un gran concilio deberíamos dejarlo en manos del futuro.
Por el momento necesitamos sobre todo los movimientos espirituales en los que la Iglesia universal recoge las experiencias del tiempo y, simultáneamente, partiendo de las experiencias interiores de la fe y de su fuerza, coloca hitos y, de ese modo, hace nuevamente de la presencia de Dios el punto central.


Como sucesor de Pedro, usted trae siempre de nuevo a la memoria el «plan» decisivo que existe para este mundo. No un plan A o un plan B, sino el plan de Dios. Tal y como usted mismo anunció, «Dios no es indiferente frente a la historia de la humanidad», y, en última instancia, Cristo es «el Señor de toda la creación y de toda la historia». Karol Wojtyla tuvo la misión de conducir a la Iglesia en su paso hacia el tercer milenio. ¿Cuál es la misión de Joseph Ratzinger?
Yo diría que no habría que fragmentar demasiado la historia. Estamos tejiendo todos en un tapiz común. Karol Wojtyla fue, por así decirlo, regalado por Dios a la Iglesia en una situación muy determinada, crítica, en la que, por una parte, estaba la generación marxista, la generación del 68, que cuestionaba la totalidad de Occidente, y en la que, por el contrario, el socialismo real se desintegró. Abrir en medio de esta contraposición la salida hacia la fe y señalarla como el centro y el camino fue un momento histórico de índole especial.
No todo pontificado debe tener una misión totalmente nueva. Ahora se trata de continuar eso mismo y de captar el dramatismo del tiempo, seguir sosteniendo en él la palabra de Dios como la palabra decisiva y dar al mismo tiempo al cristianismo aquella sencillez y profundidad sin la cual no puede actuar.


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II. EL PONTIFICADO


7. Habemus Papam


Pocas veces se ha volado antes en una elección papal de forma tan rápida y unánime. Según relata el cardenal Walter Kasper, de la Curia romana, ya después de las primeras votaciones se dio en la Capilla Sixtina un "dinámico movimiento hacia el «Nuevo papa». Usted mismo rezó en el cónclave una jaculatoria como la que se conoce del huerto de Getsemaní: « ¡Señor, no me hagas esto! ¡Tienes a otros más jóvenes y mejores!».
Ver lo increíble hecho realidad fue realmente un shock. Yo estaba convencido de que había otros mejores y más jóvenes. Por qué me hacía esto el Señor, tenía que dejarlo en sus manos. Yo intenté mantener la serenidad, confiando plenamente en que, ahora, Él me iba a conducir. Tendría que familiarizarme lentamente con lo que puedo hacer, y me limitaría siempre al siguiente paso.
Justamente considero muy importante para mi vida entera esa frase del Señor: no os preocupéis por el mañana, cada día tiene su propio afán. El afán de un día es suficiente para el hombre; más no puede soportar. Por eso procuro concentrarme en solventar el afán del día de hoy y dejar lo otro al día de mañana.


En el balcón de la catedral de San Pedro dijo usted con voz temblorosa en su primera aparición, que, después del «gran papa Juan Pablo II», Dios había elegido a «un simple y humilde trabajador de la villa del Señor». Lo consolaba el hecho de que el Señor «sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes». ¿Fue ésa ya una expresión de modestia pontificia? A fin de cuentas, había buenas razones para su elección. Nadie enfrentó como lo hizo usted como teólogo de forma tan abierta e intensa los grandes temas: el relativismo de la sociedad moderna, la discusión intraeclesial sobre las formas, razón y fe en la era de la ciencia moderna. Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe contribuyó usted a dar su impronta al anterior pontificado. Bajo su conducción surgió el Catecismo de la Iglesia Católica, uno de los enormes emprendimientos de la era Wojtyla.
Si bien es verdad que tuve una función de conducción, no hacía nada solo, sino que podía trabajar en equipo. Precisamente como uno entre muchos que trabaja en la cosecha en la viña del Señor. Tal vez, como capataz, pero igualmente como alguien que no está hecho para ser el primero y para llevar la responsabilidad por el conjunto. Lo único que me quedó, pues, fue que, junto a los grandes, tiene que haber también pequeños papas que den lo suyo. En ese sentido dije lo que en ese momento era realmente mi sentir.


Usted estuvo 24 años junto a Juan Pablo II y conoció la Curia como ningún otro. Pero ¿cuánto tiempo pasó hasta que se dio cuenta cabalmente de lo gigantescas que son realmente las dimensiones de este ministerio?
Muy pronto se da uno cuenta de que se trata de un enorme ministerio. Cuando se sabe que ya como vicario, como párroco, como profesor, se tiene una gran responsabilidad, se puede hacer fácilmente una extrapolación para estimar qué enorme carga pesa sobre aquel que tiene responsabilidad por toda la Iglesia. Pero tanto más debe ser uno consciente de que no lo hace solo. De que, por una parte, lo hace con la ayuda de Dios, y, por la otra, en un gran trabajo conjunto. El Vaticano II enseñó con razón que la colegialidad es constitutiva para la estructura de la Iglesia, que el papa sólo puede ser el 


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primero dentro del conjunto, y no alguien que, como un monarca absoluto, tome decisiones solitarias y lo haga todo por sí solo.


San Bernardo de Claraval escribió en el siglo XII, a instancias del papa Eugenio III, un examen de conciencia titulado De consideratione ad Eugenium Papam (Sobre la consideración, al papa Eugenio), Bernardo tenia una íntima aversión a la Curia romana y recomendó al papa sobre todo la vigilancia. Según Bernardo, en el trajín de los quehaceres el papa tiene que mantener la distancia, conservar la visión de conjunto y seguir siendo capaz de tomar decisiones frente a los abusos que rodean de manera especial a un papa, Bernardo manifiesta como su principal temor, sobre todo, «que, rodeado de ocupaciones, cuyo número no deja de crecer y cuyo fin no ves, endurezcas tu rostro".
¿Puede comprender usted ahora estas «consideraciones» por experiencia propia?
Naturalmente, el De consideratione de san Bernardo es una lectura obligada para todo papa, La obra contiene grandes cosas, por ejemplo: "Recuerda que no eres el sucesor del emperador Constantino, sino el sucesor de un pescador.
El tono fundamental es el que usted ha insinuado: ¡no perderse en el activismo! Habría tanto que hacer, que se podría trabajar sin interrupción, Y justamente eso es Erróneo. No perderse en el activismo significa mantener la consideratio, la circunspección, la penetración clarividente, la visión, el tiempo de la ponderación interior, del ver y tratar con las cosas, con Dios y sobre Dios. En sí, no pensar que hay que trabajar sin interrupción es importante para todo el mundo, por ejemplo, para todo aquel que gestione una empresa, y tanto más para un papa, tiene que dejar muchas cosas en manos de otros para conservar la visión interior de conjunto, el recogimiento, del cual puede provenir entonces la visión de lo esencial.
No obstante, no deja de tenerse la impresión de que el papa Benedicto trabaja sin interrupción, de que no se permite pausa alguna.
¡No, no!


Usted es uno de los más celosos, tal vez el más celoso trabajador de entre los papas.
Pero eso incluye siempre también la reflexión, la lectura de la Sagrada Escritura, el considerar qué me dice ella. No se debe uno limitar simplemente a leer actas.
También en este punto leo todo lo que puedo, pero tengo muy presente el llamamiento de san Bernardo en el sentido de que uno no debe perderse en el activismo.


Pablo VI escribió en su diario, la tarde de su elección como papa: "Me encuentro en los aposentos papales. Tengo una profunda impresión de desazón y al mismo tiempo de confianza. Después, es de noche, hay oración y silencio; no, no es silencio: el mundo me observa y asalta, Tengo que aprender a amar de verdad a la Iglesia tal como es, al mundo tal como es.
¿Experimentaba también usted, al comienzo, a semejanza de Pablo VI, un poco de temor frente a las masas ante las que debía presentarse? Pablo VI había llegado a pensar en suspender nuevamente la oración del ángelus desde el Palacio Apostólico. 

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Escribió: « ¿Qué es esta necesidad de ver a una persona? Nos hemos convertido en espectáculo».
Sí, entiendo muy bien las sensaciones de Pablo VI. La pregunta es: ¿realmente es correcto que uno se ofrezca siempre de nuevo a la multitud y se deje mirar como una estrella del espectáculo? Por otra parte, los hombres tienen un anhelo fuerte de ver al papa. No se trata tanto del contacto con la persona, sino del contacto físico con ese ministerio, con el representante de lo sagrado, con el misterio de que hay un sucesor de Pedro, uno que debe representar a Cristo, En este sentido hay que aceptarlo y no tomar como un agasajo personal el júbilo dirigido a uno mismo.


¿Tiene miedo de un atentado?
No.


La Iglesia católica es el primer y mayor global player de la historia universal. Pero, como se sabe, no es una empresa, y el papa no es un dirigente de empresa, ¿Qué es diferente respecto de la conducción de un imperio multinacional de negocios?
Bueno, no somos un establecimiento de producción, no somos una empresa que aspira a obtener ganancias, somos Iglesia. Es decir, somos una comunidad de personas que se encuentra afincada en la fe. La tarea no es elaborar algún producto o tener éxito en la venta de mercancías. La tarea consiste, en cambio, en vivir ejemplarmente la fe, anunciarla y, al mismo tiempo, mantener a esta misma comunidad de adherentes voluntarios, que se extiende a través de todas las culturas, naciones y tiempos y no se basa en intereses externos, en una relación interior con Cristo y, de ese modo, con Dios.


¿Ha cometido errores al comienzo?
Probablemente. Pero no podría decirlo ahora en detalle. Tal vez más tarde se cometen incluso más errores, porque ya no se es tan cuidadoso.


¿No se sentía al comienzo un poco oprimido también por el sentimiento de encierro? Según se afirma, y por decirlo con un dicho popular, el papa se toma también a veces las de Villadiego?
No, no lo hago. Pero el hecho de que ya no se pueda hacer sin más un paseo, visitar a amigos, estar simplemente en el propio terruño, de vuelta como entonces en mi casa en Pentling, bajar con mi hermano a la ciudad, ir a cualquier restaurante y ver algo solo y con mis propios ojos, es naturalmente una pérdida, Pero cuanto más viejo se hace uno, tanto menos iniciativa se tiene, y en tal sentido se soporta también con más facilidad esa pérdida.


Algunos piensan que el papa se encuentra en una suerte de aislamiento. Piensan que sólo respira aire filtrado y que no se entera verdaderamente de lo que pasa «afuera", Creen que no conoce muy bien las preocupaciones y las dificultades de los hombres.
Por supuesto, no puedo leer todos los periódicos ni encontrarme ilimitadamente con gente. Pero, según creo, pocas son las personas que tienen tantos encuentros como yo. Sobre todo son importantes para mí los encuentros con los obispos del mundo entero. Son hombres que están con ambos pies en la tierra, y que no vienen porque quieran algo, sino para hablar conmigo sobre la Iglesia y sobre la vida en sus lugares de proveniencia. De ese modo puedo encontrarme de forma muy humana, personal y realista con las cosas de este mundo y hasta observarlas desde una perspectiva más cercana que desde el periódico. De ese modo recibo mucha información de trasfondo. 


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En ocasiones viene con ellos también la madre o una hermana o un amigo, que quiere decirme una u otra cosa. No se trata entonces de visitas oficiales, sino con acentos muy personales. Como es natural, también la comunidad doméstica papal es muy valiosa para mí. A ello se agregan las visitas de amigos de los viejos tiempos. En suma, podría decir que no vivo en un mundo artificial de personalidades cortesanas, sino que, a través de muchos encuentros, comparto de forma muy directa y personal la vivencia del mundo normal de esta vida cotidiana y de este tiempo.


¿Sigue el papa diariamente las noticias?
También, por supuesto.


En la historia se ha dado ya una coexistencia de papa y antipapa. Pero raras veces -o tal vez nunca aún -ha habido dos sucesores de Pedro cuyos pontificados se hayan fundido tanto hasta formar en cierto modo una suerte de pontificado del milenio como lo han hecho Juan Pablo II y Benedicto XVI. A su predecesor le importaban desarrollos erróneos de la sociedad a nivel global, en particular en Europa del Este; hoy, el acento recae más en la Iglesia misma.
¿Podría decirse que aquello en lo que Juan Pablo II y Benedicto XVI se diferencian es precisamente en lo que se complementan a la perfección? ¿Cabría considerar que, de algún modo, el primero aró y el otro siembra, el uno abrió y el otro llena?
Tal vez seria demasiado decirlo de ese modo. El tiempo sigue su curso. Entretanto hay una generación nueva con problemas también nuevos. La generación del 68, con sus peculiaridades, se ha establecido y ha pasado. La siguiente generación, más pragmática, está también envejeciendo. Realmente, la pregunta hoy es: ¿cómo nos manejamos en un mundo que se amenaza a sí mismo, en que el progreso se convierte en un peligro? ¿No tendremos que empezar de nuevo con Dios?
La pregunta por Dios se presenta otra vez de una forma diferente en la nueva generación. También la nueva generación eclesial es distinta, es más positiva que la generación de la ruptura de los años setenta.


Usted inició su pontificado con el objetivo de dedicarse a una renovación interna de la Iglesia. El papa «tiene la responsabilidad de hacer que esta Palabra {de Dios} siga estando presente en su grandeza y resonando en su pureza, de modo que no la alteren los continuos cambios de las modas». En su libro sobre Jesús dice: «La Iglesia y el individuo necesitan siempre de nuevo purificación. ( ... ) El que se ha hecho demasiado grande tiene que ser retrotraído nuevamente a la sencillez y la pobreza del Señor». En el ámbito empresarial se diría: regreso al origen, a la competencia central. ¿Qué significa concretamente esta renovación interna para su gobierno?
Significa encontrar dónde se están arrastrando cosas superfluas, cosas inútiles. Y, por el otro lado, averiguar cómo se puede lograr mejor la realización de lo esencial de modo que seamos realmente capaces de escuchar, vivir y anunciar en este tiempo la Palabra de Dios.
El Año Paulino y el Año Sacerdotal fueron dos intentos de dar impulsos en ese sentido. Llamar la atención sobre la figura de Pablo significa colocar ante nosotros el evangelio en su vitalidad, sencillez y radicalidad originarias, hacerlo nuevamente presente. El Año Sacerdotal, justamente en el tiempo en que el sacramento del orden aparece tan enlodado, debía exponer de nuevo en su belleza la misión inconfundible, singularísima de este ministerio, a pesar de todos los sufrimientos, de todo lo terrible. Hemos de procurar 


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unir la humildad y la grandeza a fin de dar así de nuevo al sacerdote aliento y alegría en el sacerdocio.
También los sínodos sirven para recorrer ese camino, por ejemplo el sínodo sobre la palabra de Dios. Ya el intercambio al respecto fue muy importante. Hoy se trata de presentar los grandes temas y, al mismo tiempo -como con la encíclica sobre la caridad Deus Caritas est-, hacer nuevamente visible el centro de la condición cristiana y, con ello, también la sencillez de esa condición cristiana.


Uno de sus grandes temas es tender un puente entre religión y racionalidad. ¿Por qué van juntas la fe y la razón? ¿No podría tenerse simplemente "sólo” fe? Jesús dice: «Bienaventurados los que creen sin haber visto».
El no ver es un aspecto, pero la fe del que no ve debe tener también sus razones. Jesús mismo hizo la fe enteramente comprensible, en cuanto la expuso con unidad interior y en continuidad con el Antiguo Testamento, con toda la conducción de Dios: como la fe en el Dios que es el Creador y el Señor de la historia, de quien da testimonio la historia y de quien habla la creación.
Es interesante que esta racionalidad esencial sea ya en el Antiguo Testamento uno de los constitutivos fundamentales de la fe. Especialmente en la época del exilio en Babilonia se afirma: ...Nuestro Dios no es uno cualquiera entre muchos; Él es el Creador, el Dios del Cielo, el único Dios. Con ello se hace una reivindicación cuya universalidad se basa también precisamente en la racionalidad. Este núcleo se convirtió más tarde en el punto de encuentro entre el Antiguo Testamento y el mundo griego. Aproximadamente por la misma época en que el exilio babilónico pone especialmente de relieve ese rasgo en el Antiguo Testamento, surge también la filosofía griega, que, más allá de los dioses, pregunta por el único Dios.
La gran tarea encomendada a la Iglesia sigue siendo unir fe y razón, unir la mirada que va más allá de lo tangible y la simultánea responsabilidad racional. Esta responsabilidad nos ha sido dada por Dios. Ella es lo que distingue al ser humano.
¿Cuál es el carisma especial que trae consigo un papa proveniente de Alemania? Los alemanes fueron durante casi mil años los titulares del Sacro Imperio germánico. La búsqueda profunda de conocimiento es uno de los temas fundamentales de la historia de la cultura alemal1a, encarnada por místicos como el Maestro Eckhart, por eruditos universales como Alberto Magno, y hasta por hombres como Goethe, Kant y Hegel.
Por supuesto, Alemania es también el país de la división de la Iglesia, es asimismo la cuna del comunismo científico, que prometió el paraíso no en el cielo, sino en la tierra. Y, no en último término, el escenario de un régimen verdaderamente diabólico, que inscribió en sus banderas la aniquilación total de los judíos, el pueblo elegido de Dios.


Usted ya lo ha insinuado: en Alemania tenemos una historia de múltiples estratos, contradictoria y dramática. Se trata de una historia llena de culpabilidad y de sufrimiento. Pero también es una historia con grandeza humana. Una historia con santidad. Una historia de gran poder de conocimiento. En tal sentido no existe simplemente el carisma alemán.
Usted se ha referido a que la reflexión forma parte de manera especial de la historia de la cultura alemana. Esto ha sido visto durante mucho tiempo como el elemento descollante. Tal vez, hoy se verían más bien como talentos típicos de los alemanes el vigor, la energía, la capacidad de llevar a cabo sus propósitos. Pienso que, ya que Dios ha hecho papa a un profesor, quería que precisamente este aspecto de la reflexión, y en especial la lucha por la unidad de fe y razón, pasaran al primer plano.


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8. En las sandalias del pescador


Las ojeras debajo sus ojos se han convertido, si se permite la expresión, en una nota característica especial de su persona. Según se afirma, al final de la era Juan Pablo II quedó mucho sin hacerse, ya por el hecho de su enfermedad.
Ciertamente, Juan Pablo II dudó a veces en tomar decisiones. Pero en general, la continuidad de las gestiones estaba dada enteramente a través de los colaboradores que él había elegido, y las grandes decisiones siguió tomándolas como siempre.
Sufría, pero estaba en conocimiento. En ese sentido, el aparato de la Iglesia, por expresarlo de ese modo, se encontraba completamente en acción.
No es ningún secreto que Juan Pablo II no se empeñó ni se interesó de manera especial por los asuntos de la Curia romana.
No obstante, introdujo una reforma de la Curia y le confirió su estructura actual.
Aún cuando dejara muchas decisiones en manos de sus colaboradores, tenía siempre a la vista el conjunto y asumía por entero las responsabilidades esenciales.
¿Es posible que, tal vez, la prolongada enfermedad haya bloqueado también propósitos de reforma que, de otro modo, habrían sido llevados a cabo hace tiempo?
No creo. Él había colocado acentos tan importantes que era casi necesario. Después de los grandes surgimientos, de los muchos nuevos anuncios, de las encíclicas y viajes con todos sus programas, tener un tiempo para hacer una pausa en la que se pudiese penetrar poco a poco esas cosas y apropiarse de ellas. Además, en los últimos tiempos surgieron también textos nuevos y tocantes. Por ejemplo, la carta apostólica Tertio Millennio adveniente, para la preparación al año 2000. Es un texto de gran calidez, casi poético.
Sí, el tiempo de su sufrimiento no fue un tiempo vacío. Creo que para la misma Iglesia fue muy importante, justamente después de una gran actividad, recibir y contemplar la lección de la pasión, de que la Iglesia puede ser conducida a través de la pasión y de que ella madura y vive precisamente por la pasión.
Esa pasión pareció casi poder volcar la barca de la Iglesia, que navegaba con la quilla al aire. De la noche a la mañana apareció una generación de hombres jóvenes y piadosos de cuya presencia antes nadie se había percatado.
La compasión fue enorme. Podía verse que la lección del papa sufriente era un magisterio que sobrepasaba su magisterio verbal. El compartir el dolor, la conmoción, el encuentro, en cierto modo, con el sufrimiento de Cristo, había llegado más hondo al corazón de los hombres de lo que el papa podía hacer que llegara en la actividad. Había suscitado realmente un nuevo despertar, también un nuevo amor a ese papa. Yo no diría que de ese modo se haya producido un giro total en la Iglesia.
En la historia universal intervienen muchos actores y muchas acciones. Pero fue un acento en el que, de pronto, se hizo visible el poder de la cruz.


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Su elección como el 265º jefe supremo de la Iglesia universal no fue celebrada por ningún sector en mayor medida que por las organizaciones judías. Según dijo Israel Singer, el entonces presidente del Congreso Mundial Judío, ya durante su tiempo como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger había puesto las bases para el acercamiento de ambas religiones mundiales, había «transformado» en sentido positivo «la bimilenaria historia de las relaciones entre judaísmo y cristianismo».
Usted fue el primer papa que invitó a un rabino a hablar ante el Sínodo de los Obispos. Detuvo el proceso de beatificación de un sacerdote francés al que se reprochaban discursos antisemitas. Ha visitado más sinagogas que todos los papas precedentes. El periódico alemán Süddeutsche Zeitung dio como noticia en aquel entonces, refiriéndose a usted: «Profesa la génesis judía del cristianismo como no ha salido nunca hasta ahora de la pluma de un papa».
Ya su primer acto oficial como sucesor de Pedro consistió en una carta a la comunidad judía de Roma. ¿Ha de señalar este simbolismo un tenor fundamental de su pontificado?
Absolutamente. Debo decir que, desde el primer día de mi estudio de la Teología he tenido de alguna manera una claridad inmediata acerca de la unidad interior entre la Antigua y la Nueva Alianza, entre las dos partes de nuestra Sagrada Escritura. Me di cuenta de que sólo podemos leer el Nuevo Testamento junto con el precedente, pues, de otro modo, no lo entenderíamos en absoluto. Además, como es natural, a nosotros como alemanes nos ha afectado lo sucedido durante el Tercer Reich, impulsándonos tanto más a dirigir la mirada al pueblo de Israel con humildad, vergüenza y amor.
Como he dicho, estas cuestiones se conjugaron ya en mi formación teológica y dieron forma a mi camino en el pensamiento teológico. Por eso, para mí estaba claro -y, también aquí, en plena continuidad con el Papa Juan Pablo II- que una nueva unión de amor y comprensión entre Israel y la Iglesia, en el respeto mutuo por el ser del otro y por su propia misión, tiene que ser esencial para mi anuncio de la fe cristiana.


Su predecesor llamó a los judíos «nuestros hermanos mayores... usted habla de «padres en la fe».
A los judíos no les gusta tanto escuchar la expresión «el hermano mayor», que ya utilizó Juan XXIII. Eso se debe a que, en la tradición judía, el «hermano mayor» Esaú-, es también el rechazado. No obstante, se la puede utilizar, porque expresa algo importante. Pero es correcto que son también nuestros «padres en la fe». Y tal vez esa expresión ilustra de forma aún más clara en que relación mutua nos encontramos.


Después del inicio de su pontificado, el nuevo estilo de la casa se notó pronto con claridad. El santo padre ya no se caracteriza por las prisas, viajando en jet de evento en evento. No hay más audiencias interminables, ahora reducidas a la mitad. Usted elimina el beso en la mano -aunque nadie se atiene a ello- o como paso siguiente desaparece la tiara del escudo papal, símbolo del papado también en cuanto a su poder temporal. Y algo más cambia: su predecesor había adquirido la costumbre de hablar en primera persona. Benedicto XVI reintroduce, después del -yo-, el «nosotros» papal. ¿Cuál fue el motivo?
Sólo quisiera tocar dos puntos. La tiara ya la había dejado Pablo VI…


... y la vendió para dar el dinero a los pobres.
Pero estaba aún en el escudo papal, y ahora ha desaparecido también de allí. No he eliminado sin más el «yo», sino que ahora existen ambos: el «yo» y el «nosotros». Pues 


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en muchas cosas no digo simplemente lo que se le ha ocurrido a Joseph Ratzinger, sino que hablo desde la comunidad de la Iglesia. En cierta medida hablo en la comunión interior con quienes comparten la fe, y expreso lo que somos en común y lo que podemos creer en común. En tal sentido, el «nosotros» tiene su justificada relevancia, no como plural mayestático, sino por la realidad de que se proviene de otros, de que se habla a través de los otros y con los otros. Pero cuando se dice algo personal, en cuanto «yo», tiene que aparecer también el «yo». O sea que están ambos: el «yo» y el «nosotros»
.
Su primer Sínodo de los Obispos, en octubre de 2005, fue reducido por usted a tres semanas. A ello se agrega la introducción del debate libre y la invitación de un mayor número de «delegados fraternos» de otras Iglesias, Al mismo tiempo introduce usted de nuevo las entrevistas regulares con todos los jefes de dicasterio a fin de promover el intercambio mutuo en el seno de la Curia. No obstante, las decisiones sobre el personal, en especial cuando se trata del círculo más estrecho en torno al papa, se consideran en ocasiones como problemáticas. ¿Es ése su punto débil?
El acortamiento del Sínodo correspondió, según creo, al deseo de todos los participantes. Pues es simplemente demasiado que un obispo esté cuatro semanas ausente de su diócesis. Un obispo participa en el gobierno de la Iglesia universal precisamente por el hecho de que gobierna correctamente su Iglesia local y la mantiene en unidad interior. Como se ha puesto de manifiesto, el ajuste puede realizarse sin problemas. Para mí, lo realmente importante era que no se leyeran sólo discursos preparados, que nunca suscitan un diálogo, sino que existiera la ocasión para hablar libremente y que, después, surgiese también un auténtico diálogo.
Las decisiones de personal son difíciles, porque nadie puede mirar al corazón del otro y nadie está al resguardo de engaños. Por eso, en este punto soy más cuidadoso, más temeroso, y sólo tomo decisiones después de múltiples consultas. Y creo que en los años transcurridos se ha logrado toda una serie de decisiones de personal realmente buenas, también en el episcopado alemán.


Según registran algunos observadores, en la Curia romana las posiciones de responsabilidad son asumidas cada vez más por religiosos. El diario Il Foglio ha hablado incluso de un «giro copernicano» en la política de personal del Vaticano. Por el contrario, a los críticos les encantaría demostrar una «infiltración por fundamentalistas». ¿Es el nombramiento de sacerdotes religiosos, que están obligados por los votos de pobreza, castidad y obediencia, una suerte de antídoto para la mentalidad «carrerista» y las actitudes intrigantes, que tampoco son ajenas en el Vaticano?
Se ha nombrado a una serie de religiosos porque en ellos tenemos una reserva de hombres realmente buenos que encarnan grandes talentos y son personas espirituales. Pero no es que el porcentaje haya crecido en una medida desproporcionada. Yo procuro encontrar a la persona correcta. Sea religioso o sacerdote diocesano. Lo decisivo es que tenga las cualidades, que sea una persona espiritual, un hombre realmente creyente y, sobre todo, valiente.
Pienso que el valor es una de las cualidades principales que deben tener hoy un obispo y un jefe de la Curia. Eso implica no dejarse doblegar por el dictado de las opiniones sino actuar a partir de lo que se reconoce interiormente, aun cuando ello traiga consigo enojos. Y, como es natural, han de ser hombres que posean cualidades intelectuales, profesionales y humanas, de modo que sean capaces de conducir e integrar también a otros en una comunidad familiar. Por ejemplo, como jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe para mí supuso algo muy importante que fuésemos una comunidad, que 


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no sólo peleáramos entre nosotros y uno a la par del otro, sino que fuésemos como una familia. Considero que esa capacidad de llevar a las personas al encuentro y de suscitar espíritu de trabajo en equipo es muy importante.


Un papa habla siempre también por medio de gestos y ademanes, de signos y símbolos. Algo que causó sensación fue la elección, como tocado invernal, del ahora célebre camauto, una suerte de birreta que había sido utilizada por última vez por Juan XXIII. ¿Se trató sólo de un accesorio de moda, o expresaba el recurso a formas antiguas y probadas de la Iglesia?
Sólo lo he llevado una vez. Simplemente, tenía frío, y soy sensible en la cabeza. De modo que me dije: ya que tenemos el camauto, utilicémoslo. Pero fue realmente sólo el intento de defenderme del frío. Desde entonces no lo he hecho más a fin de que no surjan interpretaciones que están de más.


9. Ecumenismo y diálogo con el islam


El ecumenismo se convertirá muy pronto en el signo más llamativo de este pontificado.
El papa promete empeñarse de forma incansable en favor del restablecimiento de la unidad plena y visible» de los cristianos. Los observadores han visto en el acercamiento a la Ortodoxia un golpe de estrategia para abrir la puerta a la unificación allí donde reina la mayor coincidencia.
El ecumenismo tiene muchos estratos y muchos rostros. Tenemos toda la Ortodoxia a nivel mundial, que ya es en sí misma múltiple; después el protestantismo mundial, en el que las confesiones clásicas se distinguen del nuevo protestantismo, que ahora crece y es un signo de los tiempos. El lugar donde, por así decirlo, nos sentimos más inmediatamente en casa y donde más podemos esperar también alcanzar la unidad es la Ortodoxia.
Ya Pablo VI y Juan Pablo II se habían empeñado mucho por la Ortodoxia. Yo mismo tuve siempre contactos muy estrechos con ortodoxos. Como profesor en Bonn y en Ratisbona tuve también entre mis alumnos a estudiantes ortodoxos y. de ese modo, pude hacer muchas amistades en ese ámbito. Católicos y ortodoxos tienen en común la misma estructura de la antigua Iglesia, por lo cual era obvio que me esforzara especialmente por ese encuentro. Entretanto han surgido aquí verdaderas amistades. Estoy muy agradecido por la cordialidad que me brinda el patriarca ecuménico Bartolomé, que no hace mero ecumenismo por obligación; entre nosotros hay realmente amistad, hermandad. Y también estoy muy agradecido por la amistad y gran cordialidad que me brinda el patriarca Kiril.


El patriarca de Moscú fue la primera visita que recibió usted después de su elección papal.
En aquel tiempo no era aún patriarca de la Iglesia ruso-ortodoxa de Moscú, sino su ministro de asuntos exteriores. Nos hemos entendido de inmediato. Tiene un modo de ser jovial, de fe sencilla; tiene, por así decirlo, la sencillez del alma rusa y, al mismo tiempo, su resolución y cordialidad, de modo que entre nosotros se ha suscitado un buen acuerdo.
Creo que es muy importante que ese gran mundo ortodoxo, con sus tensiones internas, vea sin embargo también su unidad interior con la Iglesia universal latina, tan diferente en su modo de ser. Que, aun con todas las diferencias que han construido los siglos y que están condicionadas por las divisiones culturales y por otros factores, nos veamos y entendamos de nuevo realmente en nuestra cercanía espiritual. Pienso que en ese nivel 

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estamos haciendo progresos. No son progresos tácticos, políticos, sino acercamientos que se dan en virtud de la mutua consideración interior. Esto me parece muy consolador.


Pero ¿cómo es que este acercamiento habría de tener gran importancia «para el futuro de la historia universal», como usted ha dicho?
Porque en ello se ve una vez más nuestra común responsabilidad por el mundo. Podríamos pelearnos constantemente sobre todo tipo de cosas. O, partiendo de lo que tenemos en común, podemos prestar un servicio conjunto. Y en este diálogo se ha puesto claramente de manifiesto que el mundo necesita un potencial de testimonio a favor del Dios uno que nos habla en Cristo, un potencial fundado, con base espiritual y sustento racional. Kiril también pone énfasis en ello, sobre todo en el enfrentamiento en torno a las grandes preguntas éticas. No somos moralistas, pero, partiendo del fundamento de la fe, tenemos un mensaje ético que da orientación a los hombres. Y llevar juntos ese mensaje es de suma importancia en la crisis de los pueblos.


Según el obispo Gerhard Ludwig Miller, presidente de la Comisión de Ecumenismo de a Conferencia Episcopal Alemana, la unidad entre ortodoxos y católicos ya se ha alcanzado en un noventa y siete por ciento. El tres por ciento restantes está formado por la cuestión del primado y de la jurisdicción del papa.
Usted no sólo eliminó del escudo la tiara como símbolo de poder, sino también la denominación "Patriarca de Occidente" de los títulos papales. El obispo de Roma es, según usted afirma, sólo el primero entre iguales. Significativamente, ya como cardenal manifestó usted en la declaración Dominus Iesus, del año 2000, que existen auténticas Iglesias particulares aunque carezcan de «la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado».
¿Reestructurará Benedicto XVI el papado para favorecer la unidad del cristianismo?
Obviamente, aquí harían falta ahora algunas precisiones. «Primero entre iguales» no es exactamente la fórmula en la que los católicos creemos. El papa es primero, y tiene también funciones y tareas específicas. En ese sentido, no todos son iguales. -Primero entre iguales- sería una fórmula que la Ortodoxia aceptaría sin más trámite. Ella reconoce que el obispo de Roma es el protos, es decir, el primero. Esto ya fue determinado por el Concilio de Nicea. Pero la pregunta es, justamente: ¿tiene o no tareas específicas? También es difícil la cita de Dominus Iesus. Pero son puntos de controversia, harían falta más palabras de las que ahora puedo emplear...
¿Significa esto que el papa Ratzinger contradice al anterior cardenal Ratzinger, custodio de la fe?
No, lo que he defendido es una herencia del Concilio Vaticano y de toda la historia de la Iglesia. El pasaje significa que las Iglesias orientales son auténticas Iglesias particulares a pesar de no estar en unión con el papa. En ese sentido la unidad con el papa no es constitutiva para la Iglesia particular. Ciertamente la falta de unidad es también una carencia interna de la Iglesia particular, pues la Iglesia particular está ordenada a pertenecer a un conjunto. En tal sentido, la no comunión con el papa es, por así decirlo, una carencia en esa célula viva. Sigue siendo una célula, se la puede llamar Iglesia, pero en la célula falta un punto, a saber, la unión con el organismo en su conjunto.
Yo tampoco sería tan osado como el obispo Müller como para atreverme a decir que nos falta el tres por ciento. Hay sobre todo enormes diferencias históricas y culturales. Más allá de las cuestiones doctrinales quedan aún por dar muchos pasos del corazón. Dios


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tiene que trabajar todavía en nosotros. Por eso yo no me atrevería a emitir profecía alguna sobre los tiempos.
Lo importante es que realmente nos tenemos afecto, que estamos en una unidad interior, que de ese modo nos aproximamos mutuamente, que trabajamos en común todo lo que podemos, y que, por lo demás, procuramos elaborar las preguntas que aún están pendientes. Y que, en todo esto, sabemos también siempre que Dios tiene que ayudarnos, que solos no podemos hacerlo...


De todas maneras, el metropolita greco-ortodoxo Augustinos considera posible ya en la actualidad el reconocimiento de un primado honorario del papa para todos los cristianos. También Johannes Friedrich, obispo de la Iglesia evangélica del Estado federado de Baviera, planteó un reconocimiento restringido del oficio papal como «portavoz ecuménicamente aceptado de la cristiandad universal». ¿Es ésa la misma línea a la que se refiere usted cuando dice que las Iglesias deben dejarse inspirar hoy por el modelo del primer milenio?
Además de lo que acaba de mencionar usted, los anglicanos han declarado que pueden imaginarse un primado honorario del papa de Roma, entre otras cosas en la función de un portavoz de la cristiandad. Se trata ya, por supuesto, de un paso significativo. Y de hecho sucede que, cuando el papa toma posición ante grandes problemas éticos, el mundo lo toma como voz de la cristiandad. También el papa se esfuerza en esas cosas por hablar, por así decirlo, en nombre de los cristianos, y no poner en primer plano lo específicamente católico. Esto último tiene otro lugar donde articularse. En tal sentido ya existe la realidad de que, simplemente en virtud de la posición que se ha desarrollado con él en la historia, el obispo de Roma pueda hablar en cierta medida por los cristianos en su conjunto. Éste es un factor ecuménico importante que representa exteriormente una unidad interior del cristianismo que nunca se ha perdido del todo. No hay que sobreestimarla: quedan bastantes posiciones antagónicas. Pero el hecho de que exista es motivo para agradecer.


Usted ya se ha encontrado con el patriarca ecuménico de Constantinopla. En lo tocante a la Iglesia ortodoxa rusa, el arzobispo Hilarion, encargado de los asuntos exteriores, ha dicho: «Nos acercamos al momento en que será posible preparar un encuentro entre el papa y el patriarca de Moscú». Ese encuentro sería una sensación a nivel mundial. ¿Lo considera posible todavía en este pontificado?
Eso depende de cuánta vida me regale todavía Dios, pero espero que se dé. Ya ha sido un gesto muy hermoso que el patriarca hiciese ofrecer aquí en Roma un concierto con motivo de los cinco años de mi pontificado a través de Hilarion, que es él mismo compositor y presentó una de sus composiciones. O sea que hay múltiples contactos. No obstante, la opinión pública ortodoxa en Rusia debe ser preparada para algo semejante. Todavía existe un cierto temor ante la Iglesia católica. Hay que esperar con paciencia que eso se dé, no se debe obrar con precipitación. Pero en ambas partes está presente la voluntad y crece también el contexto en el que eso puede madurar.


¿Está dentro del ámbito de lo posible un encuentro no demasiado lejano entre Roma y Moscú?
Yo diría que sí.


También en la cuestión de la unidad de la Iglesia en China se hacen progresos. Entretanto, la casi totalidad de los obispos nombrados por las autoridades estatales chinas han sido reconocidos por Roma. Ambas partes señalan la unión de la comunidad católica no reconocida por el Estado y de la reconocida por él 


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como una meta cercana. ¿Qué piensa usted? Presuponiendo, como ha dicho, que el Señor le dé larga vida, ¿puede darse esa unión todavía en la era benedictina?
Así lo espero. La oración de Jesús por la unidad de todos los que creen en Juan 17, da sus frutos también en China. La Iglesia entera que vive en China está llamada a vivir en una profunda unidad espiritual en la que madure también una unidad jerárquica armoniosa en la comunión con el obispo de Roma. Por supuesto, siempre aparecen nuevas piedras en las que se tropieza. Pero ya hemos logrado avanzar un buen tramo del camino. Y, como usted mismo ha dicho, la gran mayoría de los obispos que habían sido ordenados en el pasado sin el mandato apostólico de Roma han reconocido entretanto el primado y, con eso, ha entrado en comunión con Roma. Aun cuando siempre aparecen dificultades inesperadas, hay una gran esperanza de que pronto podamos superar definitivamente la división. Es una meta por la que tengo un interés especial y que presento diariamente al Señor en la oración.


¿Cómo llegó a darse este desarrollo, que hasta hace poco nadie podía imaginarse?
Los factores que han promovido el desarrollo positivo de la Iglesia católica en China son múltiples. Le menciono algunos. Por un lado, en los obispos ordenados de forma ilegítima nunca ha estado ausente el vivo anhelo de hallarse en unidad con el papa.
Esto le ha posibilitado a la casi totalidad de ellos recorrer el camino hacia la comunión, aunque este hecho ha estado acompañado por la paciente labor que se ha realizado con ellos de forma individual. Existía una conciencia fundamental católica de que, justamente, sólo se es realmente obispo cuando se está en esa comunión.
Por otro lado, los obispos ordenados en secreto y no reconocidos por la autoridad estatal pueden sacar ahora provecho del hecho de que desde la razón de Estado ha dejado ya de ser provechoso encerrar en prisión a obispos católicos por su pertenencia a Roma, privándolos de su libertad. Se trata aquí de un requisito irrenunciable y, al mismo tiempo, de una ayuda decisiva para llegar a la plena unidad entre ambas comunidades católicas.
Lo que parece haberse vuelto problemático es el diálogo ecuménico con los protestantes. De todos modos. En la Ortodoxia tal diálogo no está previsto en la agenda. En esta relación, el abismo que separa ambas realidades se ha hecho demasiado profundo. Pero también según la visión de los obispos católicos romanos hay partes de las Iglesias protestantes que, bajo la presión de la modernidad, han abandonado muchas de sus tradiciones. Según afirman, desde los años setenta estos sectores protestantes han asumido primeramente una orientación socialista, después ecológica y hoy feminista, con una nueva tendencia orientada a la integración sistemática de la perspectiva de género en la acción. El diálogo, dicen estos obispos católicos, se lleva adelante con el objetivo de una protestantización de la Iglesia católica, a la que se presenta como atrasada a fin de poder perfilarse como alternativa progresista.


¿No seria más sincero decir, para evitar más frustraciones: está bien, seamos amigos; trabajemos en común en una acción cristiana concentrada, pero, lamentablemente, la unión no es posible como no sea a costa del abandono de la propia identidad?
Ante todo hay que considerar los múltiples estratos que forman el protestantismo mundial. El luteranismo es sólo una parte del espectro del protestantismo mundial. Junto a ellos están los reformados, los metodistas, etcétera. Después está el amplio y nuevo fenómeno de los evangelistas, que se extienden con enorme dinamismo y están a punto de transformar todo el escenario religioso en los países del Tercer Mundo. O sea que, 

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cuando se habla de diálogo con el protestantismo, hay que tener presente estos múltiples estratos, que varían también entre un país y otro.
Realmente hay que constatar que el protestantismo ha dado pasos que más bien lo alejan de nosotros: con la ordenación de mujeres, la aceptación de uniones homosexuales y cosas semejantes. Hay también otras posturas éticas, otras conformidades con el espíritu de la actualidad que dificultan el diálogo. Naturalmente, al mismo tiempo hay en las comunidades protestantes personas que tienden vivamente hacia la auténtica sustancia de la fe y que no aprueban esta actitud de las grandes Iglesias.
Por eso deberíamos decir: como cristianos tenemos que encontrar una base común; como cristianos debemos estar en condiciones de tener en este tiempo una voz común con respecto a las grandes preguntas y para dar testimonio de Cristo como el Dios vivo. No podemos realizar la plena unidad en un tiempo previsible. Pero hacemos lo posible a fin de que realmente como cristianos cumplamos juntos una misión, demos juntos un testimonio en este mundo.


¿Es real que el papa no ve a los protestantes como Iglesia, sino, a diferencia de la Iglesia oriental, sólo como comunidad eclesial? Esta calificación les parece a muchos despreciativa.
La expresión «comunidad eclesial» es parte de la terminología del Vaticano II. El Concilio aplicó aquí una regla muy simple: según nuestra comprensión, hay Iglesia en sentido auténtico allí donde está dado el ministerio episcopal en la sucesión sacramental de los apóstoles y, con ello, está presente la eucaristía como sacramento que administran el obispo y el sacerdote.
Donde no es este el caso, ha surgido otro tipo, un modo nuevo de comprender la Iglesia, un modo que en el Vaticano II designamos con la expresión «comunidad Eclesial». La expresión debía señalar que esas comunidades son Iglesia de otra manera. No lo son, como ellas mismas explican, del mismo modo que la Iglesia de la gran tradición de la Antigüedad, sino a partir de una comprensión nueva según la cual la Iglesia no se halla en la institución sino en la dinámica de la palabra que reúne a los hombres y los hace comunidad. En tal sentido esta terminología es un intento de captar lo especial de la cristiandad protestante y de expresarlo positivamente. Siempre se pueden buscar expresiones mejores, pero la decisión fundamental está justificada, y está dada ya por el solo desarrollo histórico.
Por lo demás, hay que enfatizar una vez más que la situación eclesial de las distintas comunidades protestantes es muy variada. Ellas se definen también entre sí de forma muy diferenciada, de modo que no pude hablarse de la Iglesia protestante.
Se trata simplemente de ver que, en el protestantismo, el cristianismo ha efectuado, por así decirlo, un desplazamiento de acento, y que nosotros procuramos entenderlo, que nos reconocemos mutuamente como cristianos y prestamos en común un servicio como cristianos.


¿Y puede el papa decir algo diferente sobre la definición de lo que es Iglesia?
No. No puede disponer sobre eso. Está obligado por lo dicho por el Vaticano II.


En el ecumenismo con las comunidades eclesiales de Occidente el Vaticano se concentra en los anglicanos, en la Federación Luterana Mundial, en la Alianza Reformada Mundial y en el Consejo Metodista Mundial. Las puertas de Roma se han abierto ya para los anglicanos que quieran pasar a la Iglesia católica. Con la


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constitución apostólica que usted promulgó con este fin surge por primera vez una estructura jurídica y organizativa propia para Iglesias particulares. Hasta ahora, la representación de la unidad estaba asociada a la imagen del regreso a la Iglesia latina.
¿Es esto ya un precedente para otros grupos que quieran seguir los mismos pasos?
Es de todos modos un intento de dar respuesta a un desafío específico. La iniciativa no partió de nosotros, sino de obispos anglicanos que se pusieron en diálogo con la Congregación para la Doctrina de la Fe y tantearon el terreno para ver de qué forma podría producirse una unión. Dijeron que comparten plenamente la fe que se describe en el Catecismo de la Iglesia Católica. Manifestaron que ésa es exactamente su fe; que ahora hay que ver en qué medida pueden preservar su tradición propia, su forma de vida propia tal como se ha desarrollado, con toda la riqueza que contiene.
A partir de ahí surgió después este esbozo como un ofrecimiento. En qué medida se lo utilizará y será capaz de sustentarse en la realidad, qué desarrollos y variaciones se darán en él son cuestiones que hay que ver. De todos modos, es un signo, digamos, de la flexibilidad de la Iglesia católica. Si bien no queremos crear nuevas Iglesias unidas, deseamos ofrecer posibilidades para que tradiciones de Iglesias particulares, tradiciones que han crecido fuera de la Iglesia romana, entren en comunión con el papa y, de ese modo, en la comunidad católica.


En las relaciones entre la Iglesia y los musulmanes se desató una enorme controversia a raíz de su discurso de Ratisbona del 12 de septiembre de 2006. En él citaba usted un pasaje de un libro de historia que reproduce el diálogo entre el emperador bizantino y un erudito persa acerca del islam y el cristianismo. A continuación en los países islámicos se produjeron atentados incendiarios contra templos cristianos, y periodistas de Occidente escribieron iracundos comentarios.
El discurso fue calificado como el primer error del pontificado. ¿Lo fue realmente?
(La lección magistral dictada en el lugar donde Joseph Ratzinger había desarrollado anteriormente su actividad como profesor tenía por tema: «Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones». El pasaje en el que Benedicto XVI cita la afirmación del emperador bizantino Manuel).
Yo había concebido el discurso como una conferencia estrictamente académica, y así lo pronuncié, sin ser consciente de que un discurso papal no es interpretado en clave académica, sino política. La consideración política no tuvo ya en cuenta el tejido fino, sino que sacó de contexto un fragmento y lo convirtió en un hecho político, que en sí no era. El discurso trataba una situación perteneciente a un diálogo antiguo que, pienso yo, sigue siendo, por lo demás, de gran interés.
El emperador Manuel, aquí citado, era en ese tiempo ya vasallo del Imperio otomano. Por tanto, no podía querer atacar a los musulmanes. Pero podía plantear preguntas vivas en el diálogo intelectual. No obstante, la comunicación política actual no permite, por su modalidad, entender contextos tan finos.
No obstante, después de todas las cosas terribles que ocurrieron, sobre las que sólo se puede estar muy triste, los acontecimientos tuvieron efectos en última instancia positivos. En mi visita a Turquía pude mostrar que tengo respeto por el Islam, que lo reconozco 


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como una gran realidad religiosa con la que debemos estar en diálogo. De ese modo, a partir de esta controversia surgió un diálogo realmente intenso.
Ha quedado claro que el Islam debe aclarar dos cosas en el diálogo público: las cuestiones relativas a su relación con la violencia y con la razón. Ahora bien, ha sido un buen comienzo el hecho de que en sus propias filas se haya percibido que estas dos cuestiones necesitan y exigen una clarificación, y que con ello se haya iniciado también una reflexión interna entre los eruditos del Islam, que pasó a ser después una reflexión dialogada.
El periódico islámico Zaman habló del «mensaje de paz» del papa, afirmando que por fin se ha puesto realmente en movimiento el diálogo entre las religiones. También periódicos alemanes como Die Zeit, tras una áspera crítica inicial, han hecho sus reverencias al «sabio de Oriente» que «en el mundo musulmán se está convirtiendo en la autoridad más importante de Occidente».
De todos modos, con esto hemos llegado a un buen punto. Como usted sabe, eruditos islámicos han escrito una carta con una manifiesta invitación al diálogo y con una interpretación del islam que lo lleva inmediatamente al diálogo con el cristianismo. Sobre este tema tuve también una muy buena conversación con el rey de Arabia Saudita. Al igual que otros jefes de Estado islámicos o, por ejemplo, que los reyes de los Estados del Golfo, él quiere asumir en común con los cristianos una postura contraria al abuso terrorista del Islam.
Sabemos que hoy nos encontramos en una lucha común. Tenemos en común, por una parte, la defensa de grandes valores religiosos -la fe en Dios y la obediencia a Dios-, y, por otra parte, el tener que encontrar el lugar correcto en la modernidad. De esas cuestiones se ocupan también las conversaciones del Consejo para el Diálogo Interreligioso. Aquí se trata acerca de preguntas como: ¿qué significa tolerancia? ¿Qué relación guardan entre sí verdad y tolerancia? Con ello se relaciona también la pregunta de si la tolerancia comprende asimismo el derecho a cambiar de religión. A los interlocutores islámicos les cuesta reconocerlo. Según dicen, quien llega a la verdad, no puede ya retroceder.
En cualquier caso, hemos entrado en una relación de diálogo -amplia e intensa- en la que nos acercamos mutuamente y aprendemos a comprendernos mejor. Y a través de ello tal vez podamos realizar también de forma más positiva una aportación común en esta hora difícil de la historia.


No mucho tiempo atrás, los papas consideraban como tarea suya preservar a Europa de la islamización. ¿Sigue el Vaticano en este punto una política completamente nueva?
No. Las situaciones históricas cambian. Pensemos solamente en el tiempo en que el Imperio otomano amenazaba las fronteras de Europa, asedió Europa y llegó a estar finalmente a las puertas de Viena. O pensemos en la batalla de Lepanto, de 1571. En estos casos se trataba realmente de si Europa conservaría su identidad o se convertiría en una colonia. En esa situación, en la que en absoluto se trataba solamente del islam, sino de la expansión del poder otomano, Europa tenía que unirse y defender su historia, su cultura, su fe.
Los frentes tienen recorridos distintos, en el que, en toda su diferencia, se encuentran, por un lado, el secularismo radical y, por el otro, la pregunta por Dios.

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Desde luego tiene que seguir existiendo la identidad de la religión respectiva. No podemos disolvernos unos en otros. Pero, por otra parte, hay que hacer también el intento de entenderse.
En grandes sectores de África negra existe desde hace largo tiempo una buena y tolerante coexistencia entre el islam y el cristianismo. Cuando recibo a los obispos de esos países, ellos relatan que existe simplemente una antigua costumbre de compartir unos la celebración de las fiestas de los otros. En otras partes la relación sigue todavía marcada por la intolerancia y la agresión. En ese sentido las situaciones históricas son todavía hoy muy diferentes. En cualquier caso hemos de procurar, por un lado, vivir y exponer vivamente la grandeza de nuestra fe, y, por el otro, entender la herencia de los otros. Lo importante es encontrar lo común y, allí donde sea posible, prestar en este mundo un servicio en común.


Al mismo tiempo no hay que perder de vista que, en países donde el islam domina el Estado y la sociedad, se pisotean los derechos humanos y los cristianos son brutalmente reprimidos. Para el obispo anglicano Michael Nazir-Ali, el islam representa la mayor amenaza para Occidente desde el comunismo, porque con él hace su entrada una ideología política y socioeconómica global. El presidente de la República de Irán, Mahmud Ahmadineyad, declaró que la cuenta regresiva para la destrucción de Israel ya ha comenzado, y que pronto Israel será «borrado del mapa».
¿No es entonces un poco ingenua o incluso peligrosa la idea de un diálogo con el islam?
Hay diferentes formas de vivir el islam, según sean en cada caso sus tradiciones históricas, su proveniencia y sus relaciones de poder. Como decía, en África negra hay, por lo menos en grandes sectores, una tradición de coexistencia muy satisfactoria, donde también es posible el cambio de religión e hijos de un padre musulmán pueden hacerse cristianos. Allí, en una comprensión fundamental de la libertad y la verdad, existe un acercamiento que no enturbia la intensidad de la fe.
Pero donde el islam domina, digamos, en soledad, indiscutido en sus tradiciones y en su identidad cultural y política, se ve fácilmente a sí mismo como posición contraria al mundo occidental, en cierta medida como defensor de la religión frente al ateísmo y el secularismo. Entonces la conciencia de verdad se hace tan estrecha que se convierte en intolerancia y, con ello, hace también muy difícil una coexistencia con los cristianos. Aquí es importante que permanezcamos de manera intensiva en contacto con todas las fuerzas islámicas dispuestas al diálogo, de modo que después puedan darse también cambios de conciencia allí donde el islamismo asocia todavía la reivindicación de la verdad con la violencia.


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10. Anuncio


Su primera publicación, todavía en sus tiempos de estudiante, fue la traducción de un texto de Tomás de Aquino. El título era: Eroffnung über die Liebe (Declaración sobre el amor). Su primera publicación como papa, exactamente sesenta años después, es una encíclica sobre el mismo tema: Deus Caritas est (Dios es amor). La primera encíclica de un papa se considera siempre como una suerte de clave para su pontificado.


En lo tocante a ese opúsculo estudiantil, a instancias de Alfroo Uipple traduje la Quaestio disputata de caritate, de santo Tomas de Aquino, porque Martin Grabmann, el gran investigador de la Edad Media, había dicho que las Quaestiones no estaban traducidas, que había que traducirlas. Después no se llegó a una publicación. Tal vez no era tampoco una buena traducción, pues yo no tenía siquiera veinte años... De modo que, en realidad, llegué casualmente a ese tema, pero me fascinó. Así que en mi vida me acompañó siempre, por una parte, el tema de Cristo como el Dios vivo y presente, el Dios que nos ama y sana a través del dolor, y, por el otro, el tema del amor, que después será central en la teología joánica, en la conciencia de que se trata de la clave del cristianismo, de que éste debe leerse desde allí. Así, pues, escribí también la primera encíclica desde esa clave.
La moral sexual de la Iglesia católica suscita una vehemente contradicción.


Hablaremos todavía sobre ese tema. En Deus Caritas est el papa explica que la humanidad de la fe implica también el sí del hombre a su corporeidad, creada por Dios. ¿Es un alegato a favor de una mejor vivencia de la sexualidad?
Naturalmente, la corporeidad abarca mucho más como para que pudiese definírsela por la sexualidad, pero ésta es un elemento constitutivo esencial. Lo importante es que el hombre es alma en cuerpo, que él es él mismo en cuanto cuerpo y que, por eso, se puede concebir el cuerpo de forma positiva y la sexualidad como un don positivo. A través de ella, el hombre participa de la condición creadora de Dios. Encontrar esta concepción positiva y cuidar de ese tesoro que se nos ha dado es una gran tarea.
Es verdad que en la cristiandad han irrumpido rigorismos siempre de nuevo y la tendencia a una valoración negativa, que se había formado en el gnosticismo, halló entrada también en la Iglesia. Pensemos solamente en el jansenismo, con el que se llegó a una distorsión del hombre, a imbuirlo de un sentimiento de temor. Hoy hay que reconocer que debemos encontrar otra vez el camino hacia la actitud auténticamente cristiana, como la había en el cristianismo primitivo y en los grandes momentos de la cristiandad: la alegría y el sí al cuerpo, el sí a la sexualidad, vista como un don al que corresponden siempre también la disciplina y la responsabilidad.
Pues, como siempre, sigue siendo válido que libertad y responsabilidad forman una unidad. Sólo entonces crece también la alegría correcta, es posible un sí correcto. Por eso es importante que despleguemos nuevamente lo positivo, su gran sí, la imagen cristiana del hombre que impulsó de forma correspondiente el Vaticano II.


Al igual que en Deus Caritas est, también en su encíclica subsiguiente, Spe salvi, y en la encíclica social Caritas in Veritate, que exhorta a la responsabilidad social de la política y la economía, habla usted reiteradamente de una «existencia cristiana».


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Incluso alguien que desconozca el tema presiente que allí hay algo que no guarda relación con la existencia banal propia de los miembros de la sociedad del bienestar.
Según eso, ¿es el cristianismo, como lo entiende el papa, una fuerza más bien provocadora, que cuestiona lo que está en boga, justamente porque dice cosas que muchos ni siquiera se atreven a pensar?
No quisiera formular juicios sobre lo que se pensaba antes. Pero hay que tener de nuevo presente que ser hombre es algo grande, un gran desafío. La banalidad de dejarse simplemente llevar no hace justicia al hombre. Tampoco la hace la postura según la cual la comodidad es el mejor modo de vivir, el bienestar, el único contenido de la felicidad. Es preciso percibir nuevamente que, como seres humanos, hemos de plantear exigencias mayores a la condición humana; más aún: que justamente sólo a través de eso se accede a la felicidad mayor; que esa condición humana es como una excursión a la montaña en la que hay cuestas difíciles. Pero sólo por medio de ellas llegamos hasta la altura, y sólo entonces podemos experimentar la belleza del ser. Considero de gran importancia enfatizarlo.


Uno de los anuncios del pontificado que más ha sido objeto de discusión es el motu proprio Summorum Pontificum, de julio de 2007. Su objetivo es facilitar el acceso a la antigua misa en latín, que hasta entonces sólo estaba permitido celebrar con autorización del correspondiente obispo del lugar. En una carta anexa destacó usted de forma explicita que la liturgia renovada en la lengua vernácula seguía siendo el rito ordinario, y que la misa tridentina era el extraordinario. Según afirmaba usted, al papa no le importaban las cuestiones con frecuencia mezquinas sobre ésta o aquella forma. Lo fundamental es el carácter cósmico de la liturgia así como la gran relación de la liturgia cristiana con la herencia del Antiguo Testamento. ¿Qué se quiere afirmar con ello?
Éste es un capitulo de gran magnitud. Se trata de que la liturgia no se celebre como una representación que hace la comunidad de si misma, en la que se considera importante que no intervenga, y en la que, al final, lo único que termina siendo realmente importante es el «yo mismo». Antes bien, se trata de que entramos en algo mucho mayor. De que, en cierta medida, salimos de nosotros mismos y entramos a un ámbito de amplitud, por eso es tan importante que la liturgia no sea producto de un bricolaje hecho de algún modo por uno mismo.
En verdad, la liturgia es un proceso por el que uno se deja introducir en la gran fe y la gran oración de la Iglesia. Por ese motivo, los primeros cristianos rezaban hacia Oriente, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo que vuelve. Con ello querían señalar que el mundo entero está de camino hacia Cristo y que Él abarca este mundo en su totalidad.
Esta relación con el cielo y la tierra es muy importante. No es casual que las antiguas iglesias estuviesen construidas de tal modo que el sol proyectase su luz en el templo en un momento muy determinado. Justamente hoy, cuando tomamos nuevamente conciencia de la importancia de las interacciones entre la Tierra y el universo, debería reconocerse también el carácter cósmico de la liturgia. Y asimismo su carácter histórico. Y reconocer también que la liturgia no fue inventada de ese modo en algún momento por alguien cualquiera, sino que ha crecido orgánicamente desde Abrahán. Los elementos provenientes de las épocas más tempranas están contenidos en la liturgia.
En lo que respecta a lo concreto, la liturgia renovada del Vaticano II es la forma válida en la que la Iglesia celebra hoy la liturgia. He querido hacer más accesible la forma precedente sobre todo porque, de ese modo, se conserva la interconexión interior de la 


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historia de la Iglesia. No podemos decir que antes era todo erróneo y que ahora es todo correcto, pues en una comunidad en la que la oración y la eucaristía son lo más importante, no puede ser por completo erróneo algo que antes era lo más sacrosanto. Se trató de la conciliación interna con el propio pasado, de la continuidad interior de la fe y de la oración en la Iglesia.
Por otra parte, la decisión provocó una controversia en torno a la petición contenida en la antigua liturgia del viernes santo, por la conversión de los judíos. El rabino e historiador neoyorquino Iacob Neusner defendió esta oración haciendo referencia a que se encuentra «en la lógica del monoteísmo». Según dijo, también los judíos creyentes piden tres veces al día que, algún día, todos los no judíos invoquen el nombre de Yahveh.


Finalmente, en febrero de 2008 hizo usted reemplazar el texto por una formulación nueva. ¿Podía usted comprender los argumentos de los críticos?
Ante todo estoy muy agradecido al señor Neusner por lo que dijo, porque realmente ayuda. En segundo lugar, esa petición no afecta a la liturgia general, sino sólo al pequeño círculo de los que utilizan el misal antiguo. Por tanto, no ha modificado nada en la gran liturgia. Pero en la antigua liturgia me pareció necesario introducir una modificación en este punto. La formulación que había allí era de índole tal que resultaba realmente ofensiva para los judíos y que, además, no expresaba positivamente la unidad interna entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Por eso creí que en la antigua liturgia era necesaria una modificación en ese punto, en especial, como digo, teniendo en cuenta nuestra relación con los amigos judíos. La he modificado de tal modo que ella contiene nuestra fe de que Cristo es el Salvador para todos, de que no hay dos caminos de salvación, o sea, de que Cristo es también el Salvador de los judíos, no sólo de los paganos. Pero también en el sentido de que no se pida de manera inmediata por la conversión de los judíos en clave misionera, sino que el Señor haga llegar la hora histórica en que todos estemos unidos. Por eso, los argumentos que han sido planteados polémicamente en mi contra por una serie de teólogos se han hecho de forma irreflexiva, no hacen justicia a la cosa misma.


Su motu proprio Omnium in mentem, de diciembre de 2009, que ha pasado ampliamente inadvertido, modifica el derecho canónico respecto del diaconado y el matrimonio. Respecto a la validez del matrimonio será a partir de ahora irrelevante si una persona que ha recibido el bautismo católico ha salido de la Iglesia, por ejemplo, por razones tributarias. Según se afirma, la modificación aspira a la igualdad de tratamiento de todos los católicos. Pero ¿no se expresa claramente con ello, al mismo tiempo, que alguien puede declarar su abandono de la Iglesia por razones tributarias y, aun así, seguir siendo miembro de la Iglesia?
Es un problema que no puedo resolver aquí. Es realmente una gran disputa que se desarrolla entre Roma y Alemania:¿En qué medida la pertenencia a la corporación de derecho público que recauda el impuesto eclesiástico es idéntica a la pertenencia al cuerpo místico de Cristo que la Iglesia representa? Naturalmente, la Iglesia ha de tener también una constitución concreta. Necesita también corporeidad. Necesita formas jurídicas externas. Y, por supuesto, ser cristiano implica también que se haga algo por la propia comunidad. El sistema alemán es muy especial. En torno a él se desarrolla ahora una disputa muy importante y, según creo, también útil entre los órganos de la Santa Sede y de la Conferencia Episcopal Alemana. No quisiera pronunciarme anticipadamente al respecto.


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Ha causado sorpresa la decisión de conferir a Pío XII el reconocimiento del «grado heroico de las virtudes», que constituye un requisito para la beatificación, aunque no se asocia a ello un juicio histórico o político, sino una valoración de la acción pastoral.
La imagen de Eugenio Pacelli, que gobernó la Iglesia de 1938 a 1958 como Pío XII, fue marcada especialmente por el dramaturgo Rolf Hochhuth, que esboza la figura de un inescrupuloso táctico del poder a quien deja frío el destino de los judíos. Como ahora saben los investigadores, esa figura no tiene casi nada en común con el Pío XII real. Según el historiador Karl-Joseph Hummel, bajo el pontificado de Pío XII fueron salvados con ayuda católica de los campos de exterminio de los nazis un número que alcanza los ciento cincuenta mil judíos.
El filósofo judío Bernard-Henry Liry declaró que la encíclica Mit brennender Sorge (Con viva preocupación), publicada en 1937, en cuya redacción cooperó Pacelli como cardenal secretario de Estado, es hasta el día de hoy uno de los «manifiestos más decididos y elocuentes contra los nazis». Según este autor, Pío XII cuidó como papa «de que los monasterios romanos estuviesen abiertos para los judíos perseguidos».
Golda Meir, quien fuera más tarde primera ministra de Israel, declaró en 1958: «Cuando un terrible martirio cayó sobre nuestro pueblo en la década del terror nacionalsocialista, la voz del papa se elevó a favor de las víctimas».
No obstante, al respecto se han manifestado considerables reservas en las comunidades judías. ¿Habría que haber esperado hasta la apertura de todos los archivos vaticanos?
En sí, el reconocimiento del grado heroico de las virtudes, que, como usted ha dicho, no valora sus logros políticos e históricos en cuanto tales, estaba preparado desde hacia dos años. Primeramente no firmé el reconocimiento sino que ordené una revisión de los fondos de archivo que no se habían hecho públicos a fin de tener verdadera certeza... Naturalmente, no podían valorarse en un sentido estrictamente científico los varios cientos de miles de documentos. Pero se ha obtenido una vez más una impresión y se ha podido ver que en esos documentos los aspectos positivos que conocemos se confirman, y que las cuestiones negativas que se aducen no se confirman.


Usted mismo ha hecho referencia a que Pío XII salvó la vida a miles de judíos, por ejemplo cuando hizo abrir los conventos y las clausuras de Roma -algo que sólo el papa en persona puede hacer- y los declaró extraterritoriales, hecho que jurídicamente no quedaba del todo asegurado pero que, no obstante, fue tolerado por los alemanes. Está muy claro: en el mismo momento en que él hubiese formulado una protesta pública, no se habría aceptado más la extraterritorialidad y, con toda certeza, las miles de personas que habían sido puestas a salvo en los monasterios hubiesen sido deportadas.
En tal sentido, se trataba simplemente de muchas vidas humanas que únicamente podían ser salvadas de esa manera. Sólo recientemente ha salido a la luz que, ya en 1938, Pacelli escribió como secretario de Estado a obispos de todo el mundo diciéndoles que debían esforzarse por que se entregaran de forma generosa visados a los judíos que emigraban de Alemania. Él hizo todo lo que pudo de su parte para salvarlos. Por supuesto, uno puede preguntarse, siempre de nuevo: ¿Por qué no protestó de forma más clara?». Creo que vio las consecuencias que habría acarreado una protesta abierta. Personalmente, lo sabemos, sufrió mucho por estas cosas. Sabía que, en realidad, debía pronunciarse, pero la situación se lo impedía.


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Ahora hay nuevas personas avisadas que afirman que, si bien salvó a mucha gente, tenía concepciones anticuadas sobre los judíos, que no estaba a la altura del Vaticano II. Pero ésa no es la cuestión. Lo decisivo es lo que hizo e intentó hacer, y creo que, en ese punto, hay que reconocer realmente que fue uno de los grandes justos, que salvó a muchos judíos, a tantos como ningún otro.


11. Viajes pastorales


Tal vez el papa no sea el hombre más poderoso del mundo, pero con sus celebraciones a lo largo y a lo ancho del mundo llega a millones de personas, más que cualquier estrella de popo A usted no se le consideraba antes precisamente como un tribuno del pueblo. ¿Siente fiebre de candilejas?
Naturalmente, a veces estoy preocupado y me pregunto si, desde el punto de vista puramente físico, podré aguantar hasta el final. Los viajes representan siempre grandes exigencias para mí. Realmente no tengo fiebre de candilejas, pues todo está bien preparado. Sé que en ese momento no hablo por mí mismo, sino que estoy simplemente en representación del Señor, y que no debo pensar si me veo bien o llego bien, y cosas semejantes. Hago lo que se me ha encargado, en la conciencia de que sucede para Otro y que ese Otro responde también por mí. En ese sentido, los viajes se desarrollan para mí sin temor interior.


Su predecesor era ya considerado como, digamos, un mister bombastic, que por su sola presencia física, por su voz y sus gestos, tenía gran efecto y resonancia mediática. Usted no tiene necesariamente la misma estatura ni la misma voz. ¿Ha sido un problema para usted?
Me dije, simplemente: yo soy como soy. No intento ser otro. Lo que puedo dar lo doy, y lo que no puedo dar no intento tampoco darlo. No procuro hacer de mi algo que no soy. He sido elegido -de eso son culpables también los cardenales- y hago lo que puedo.


La Jornada Mundial de la Juventud, en agosto de 2005, en Colonia, con 1,1 millones de participantes, y después la de Sydney sacaron a la luz cualidades insospechadas de su persona. "Aquí en el Rin -observaba el periódico de izquierda italiano La República- se desarma incluso a los ojos de sus escépticos compatriotas la armadura del custodio de la fe, dando paso a un pastor que describe la Iglesia como «lugar de la ternura de Dios». ¿Se sorprendió usted mismo de lo bien que podía tratar con los jóvenes?
En todo caso me alegró que surgiera un contacto muy espontáneo, y de hecho esas jornadas de la juventud se han convertido en un auténtico regalo. Cuando pienso cuántos jóvenes encuentran en tales jornadas un nuevo punto de partida y viven después espiritualmente a partir de él, cuánta alegría queda después del evento, pero también cuánto recogimiento hay justamente en la inmediatez de la Jornada Mundial de la Juventud, tengo que decir que allí sucede algo que no lo hacemos nosotros mismos.
En Australia se esperaban grandes problemas de seguridad, dificultades, conflictos, todo lo que sucede en manifestaciones de masas. Había una gran inquietud y se tenía una actitud crítica. Al final, la policía estaba entusiasmada, todo el mundo se encontraba contento porque no se había producido ninguna alteración. Simplemente, nos impulsó la alegría común de la fe y se hizo posible que cientos de miles permanecieran en silencio y unidos ante el Santísimo Sacramento. En este recogimiento y esta alegría, en el gozo interior y en el auténtico encuentro, en la ausencia de criminalidad, en todo esto acontece algo totalmente asombroso, algo muy diferente a lo que suele ocurrir en los actos masivos. Y de Sydney siguen produciéndose todavía efectos, como, por ejemplo, 


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vocaciones al sacerdocio. Creo que con las Jornadas Mundiales de la Juventud se ha encontrado algo que ayuda a todos.


Con ya pronto veinte visitas al extranjero, sea a Polonia, Chequia, España, Austria, Australia, América del Norte y del Sur, África, Portugal, Chipre, Israel, Inglaterra, se ha convertido también usted, a pesar de todo, en un papa viajero. Escojamos algunos ejemplos. En Brasil visitó usted instituciones sociales del país y participó en el histórico encuentro de 176 cardenales y obispos de América Latina. Según afirmó usted mismo, en el encuentro con los pueblos originarios la fe en Dios ha animado la vida y la cultura de esos pueblos durante más de cinco siglos, aunque, hoy en día, esa identidad católica de su población está en juego.
En los últimos veinticinco años se ha producido un gran cambio en la geografía religiosa. En países y regiones que antes tenían hasta un noventa por ciento o más de católicos, el porcentaje ha bajado al sesenta por ciento. Se trata de un cambio doble: por un lado están las sectas evangelistas, que roturan fuertemente el territorio y que, a su vez, son muy inestables y no crean pertenencias duraderas; y por el otro lado está el secularismo, que adquiere una fuerte influencia a través de los medios de comunicación de masas y tiene un efecto modificador en las conciencias. En tal sentido existe en esos lugares una crisis cultural de hondo calado. Tanto más importante es que la fe católica se presente de forma nueva y vital y que haga oír nuevamente su palabra como fuerza de unidad, de solidaridad y de apertura de lo eterno para lo temporal.


En su viaje a Estados Unidos estaba especialmente en primer plano la situación posterior a los casos de abuso. ¿Qué impresión trajo usted consigo de esa visita?
Creo que sorprendió también a los no católicos el hecho de que la visita no tuviese en sí nada de provocador, sino que despertó las fuerzas positivas de la fe e impresionó a todos los que se hallaban presentes. Allí donde iba el papa había una multitud innumerable y reinaba una alegría católica totalmente increíble. Sea en las grandiosas celebraciones litúrgicas -en Washington, con música más bien moderna, en Nueva York, con una típicamente clásica- o en la Universidad católica, en todas partes se dio una participación alegre, una conciencia de cercanía, de unión, que me conmovió mucho. Después hablé también con víctimas de abuso y conocí muchas organizaciones que trabajan con la juventud.


¿Ha superado ya la Iglesia católica en Estados Unidos la crisis?
Afirmarlo sería tal vez mucho decir, pero ella conoce por un lado el peligro que la amenaza, sus dificultades y el pecado que hay en ella. Eso es muy importante. Además, se encuentra en un gran despertar interior a fin de superar todo eso y de vivir y realizar de nuevo en nuestro tiempo la identidad católica.


Usted parece amar muy especialmente a España. Ya ha visitado varias veces el país y estará de nuevo allá para la Jornada Mundial de la Juventud en 2011.
Por supuesto. España es uno de los grandes países católicos que ha regalado a la Iglesia grandes santos y grandes impulsos y que, además, ha marcado a América Central y del Sur. Pero encontrarse con la historia de España, especialmente con su historia presente, es siempre algo excitante. Es un país de contrastes dramáticos.
Pensemos en el contraste entre la República de la década de 1930 y Franco, o en la dramática lucha actual entre la secularidad radical y la fe decidida.
Es un país que, hoy como ayer, se encuentra en un gran movimiento histórico, que cuenta además con una pluralidad de culturas, que se encuentran, por ejemplo, los vascos y los catalanes. España ha sido siempre uno de los grandes países católicos con vitalidad 


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creadora. Si Dios quiere y me encuentro todavía con vida, entraré de nuevo en contacto con él especialmente en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Este año se han previsto dos breves visitas: al apóstol Santiago en Santiago de Compostela, y a la célebre catedral de la Sagrada Familia, de Gaudí, en Barcelona.


En ninguna parte congrega el papa a tantas personas como allá. Es sorprendente, frente a los problemas que tiene justamente la Iglesia católica en España, también en virtud de la descuidada elaboración de la dictadura de Franco.
Precisamente allá existe también una vitalidad de fe que, por lo visto, los españoles llevan en la sangre.


Francia. También un país con un gran pasado católico, con importantes fundaciones de órdenes religiosas y con el singularísimo santuario de Lourdes, que usted visitó. Pero también un país con un laicismo muy avanzado.
Antes de mi visita se había dicho que viajaría a un país ampliamente ateo y encontraría allá un ambiente bastante frío. Pero sucedió lo contrario. La misa en París fue imponente. Se habían congregado decenas de miles de personas en la explanada de Los Inválidos, con una intensidad en la oración y en la fe que me conmovió. Por supuesto, son inolvidables las Vísperas en Notre Dame, en las que ese magnífico ámbito interviene simplemente en la oración, y la música fue grandiosa. Aquí se pusieron de manifiesto la luz y el brillo de la gran cultura católica francesa. Con gusto recuerdo el encuentro con los académicos en el Institut de France y en el College des Bernardins, donde dicté una lección que fue seguida también por la intelectualidad francesa, que reconoció al papa de alguna manera como miembro propio.
Desde luego. Lourdes es un lugar muy especial, donde todo está lleno de fe, donde de alguna manera la Santísima Virgen sigue estando perceptiblemente presente y toca y mueve a los hombres. Allí fue especialmente impresionante la administración de la unción de los enfermos a personas señaladas por la muerte, en una atmósfera de humildad y de oración silenciosa. Para mí fue muy importante ver que, en la denominada Francia laica, sigue habiendo también, hoy como ayer, una tremenda fuerza de fe.


Justamente en Alemania sigue aún pendiente una visita oficial del papa alemán, una situación en realidad inaudita. ¿Depende de una desavenencia con el gobierno alemán? ¿O de un descontento por la odiosidad y los mezquinos afectos anti romanos que le llegan tan a menudo al papa en el debate público?
Si bien no he realizado aún ninguna visita oficial, he estado ya dos veces en Alemania. Una vez en Colonia, donde hubo también un encuentro con el gobierno, y otra en Baviera, que, a fin de cuentas, pertenece también a Alemania. Pero es verdad que, al final, no se puede dejar fuera la capital. Si el Señor me regala todavía la fuerza para hacerlo, me gustaría visitar una vez más Alemania.


Millones de personas se alegran pero, al mismo tiempo, responden: es tarde, siendo que el rebaño está tan apremiado precisamente en la patria del papa y necesitaría con urgencia la ayuda del pastor.
Sí, el rebaño está apremiado, y si yo mismo puedo ir, lo haré con gusto. Mientras tanto, estoy también en contacto vivo con los pastores y con tantas otras personas en Alemania que, digámoslo así, se da una constante presencia interior y, de ese modo, una cercanía muy especifica.


Con su viaje a África en marzo de 2009 la política del Vaticano en relación con el sida quedó una vez más en la mira de los medios. El veinticinco por ciento de los


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enfermos de sida del mundo entero son tratados actualmente en instituciones católicas. En algunos países, como por ejemplo en Lesoto, son mucho más del cuarenta por ciento.
Usted declaró en África que la doctrina tradicional de la Iglesia ha demostrado ser un camino seguro para detener la expansión del VIH. Los críticos, también de las filas de la Iglesia, oponen a eso que es una locura prohibir a una población amenazada por el sida la utilización de preservativos.
El viaje a África fue totalmente desplazado en el ámbito de las publicaciones por una sola frase. Me habían preguntado por qué la Iglesia católica asume una posición irrealista e ineficaz en la cuestión del sida. En vista de ello me sentí realmente desafiado, pues la Iglesia hace más que todos los demás. Y sigo sosteniéndolo. Porque ella es la única institución que se encuentra de forma muy cercana y concreta junto a las personas, previniendo, educando, ayudando, aconsejando, acompañando.
Porque trata a tantos enfermos de sida, especialmente a niños enfermos de sida, como nadie fuera de ella.
He podido visitar uno de esos servicios y conversar con los enfermos. Ésa fue la auténtica respuesta: la Iglesia hace más que los demás porque no habla sólo desde la tribuna periodística, sino que ayuda a las hermanas, a los hermanos que se encuentran en el lugar. En esa ocasión no tome posición en general respecto del problema del preservativo, sino que, solamente, dije –y eso se convirtió después en un gran escándalo-: El problema no puede solucionarse con la distribución de preservativos. Deben darse muchas cosas más. Es preciso estar cerca de los hombres, conducirlos, ayudarles, y eso tanto antes como después de contraer la enfermedad.
(...) Y la realidad es que, siempre que alguien lo requiere, se tienen preservativos a disposición. Pero eso sólo no resuelve la cuestión. Deben darse más cosas.
Entretanto se ha desarrollado, justamente en el ámbito secular, la llamada teoría ABC, que significa: Abstinence–Be faithful–Condom!» (Abstinencia – Fidelidad – Preservativo) en la que no se entiende el preservativo solamente como punto de escape cuando los otros dos puntos no resultan efectivos. Es decir, la mera fijación en el preservativo significa una banalización de la sexualidad, y tal banalización es precisamente el origen peligroso de que tantas personas no encuentren ya en la sexualidad la expresión del amor, sino sólo una suerte de droga que se administran a sí mismas. Por eso, la lucha contra la banalización de la sexualidad forma parte de la lucha por que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda desplegar su acción positiva en la totalidad de la condición humana.
Podrá haber casos fundados de carácter aislado, por ejemplo, cuando un prostituido utiliza un preservativo, pudiendo ser esto un primer acto de moralización, un primer tramo de responsabilidad a fin de desarrollar de nuevo una conciencia de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere. Pero ésta no es la auténtica modalidad para abordar el mal de la infección con el VIH. Tal modalidad ha de consistir realmente en la humanización de la sexualidad.


¿Significa esto que la Iglesia católica no está por principio en contra de la utilización de preservativos?
Es obvio que ella no los ve como una solución real y moral. No obstante, en uno u otro caso pueden ser, en la intención de reducir el peligro de contagio, un primer paso en el


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camino hacia una sexualidad vivida de forma diferente, hacia una sexualidad más humana.


12. El caso Williamson


Durante cuatro años, el papa había hecho un buen papel, por decirlo con una expresión coloquial. Los adversarios habían enmudecido por completo. Pero en enero de 2009 se produce un giro y, de pronto, las viejas lenguas mordaces se presentan nuevamente. El papa Benedicto es un gélido tecnócrata, proclama de nuevo parte de la prensa. El detonante, sobre el cual hemos hablado ya al comienzo, es el levantamiento de la excomunión de cuatro obispos pertenecientes a la Fraternidad San Pío X, que se había separado de Roma bajo la conducción del arzobispo francés Marcel Lefebvre. La Fraternidad cuenta en este momento, según sus propias indicaciones, con unos seiscientos mil fieles, casi quinientos sacerdotes, más de doscientos seminaristas, 86 escuelas y dos institutos universitarios.
Ante todo, ¿no tenía que partir usted de la base de que, al dar ese paso, debía esperar cualquier cosa menos aprobación en la opinión pública? La utilidad sólo podía ser más bien reducida; el daño, en cambio, considerable.
Es correcto. Ya he explicado que el paso es en gran medida paralelo a lo que estamos haciendo en China. Cuando obispos que se encuentran en excomunión por haber faltado contra el primado reconocen, después, dicho primado, son legítimamente liberados de la excomunión. O sea que, como ya he dicho, su excomunión no tenía que ver con el Vaticano II, sino que había sido pronunciada con motivo de una falta contra el primado. En ese momento habían declarado en una carta su reconocimiento del primado, y en tal sentido la consecuencia jurídica era muy clara.
Por lo demás, ya bajo el pontificado de Juan Pablo II, en una reunión de todos los jefes de dicasterio, o sea, de todos los que presiden un órgano de gobierno pontificio, se había resuelto levantar la excomunión en el caso de que llegara una carta semejante. Lamentablemente, de nuestra parte se realizó un mal trabajo de comunicación ante la opinión pública, de modo que el verdadero contenido jurídico y los límites de este procedimiento no quedaron claros en absoluto. Para colmo de males, con Williamson se agregó el peor incidente que pudiese pensarse, que lamentablemente no habíamos previsto, lo que constituye una circunstancia especialmente desdichada.


Si hubiese usted sabido que entre estos obispos había uno que negaba las cámaras de gas de los nazis, ¿hubiese firmado la excomunión?
No. Entonces habría que haber separado primeramente el caso WiIliamson. Pero, lamentablemente, ninguno de nosotros había hecho una búsqueda en Internet, enterándose así de quién se trataba.


Pero, antes de levantar una excomunión, ¿no habla que mirar primero con lupa a las personas en cuestión y la vida que llevan, más aún tratándose de una comunidad en la que, en su aislamiento, se había desarrollado de forma cuestionable tanto en lo teológico como en lo político?
Lo cierto es que Williamson es una figura especial, en cuanto nunca fue católico en sentido propio. Era anglicano y pasó directamente de los anglicanos a Lefebvre. Es decir, nunca vivió en la Iglesia grande, nunca en comunión con el papa. Las instancias nuestras que tenían competencia en el asunto declararon que los cuatro afectados tenían una voluntad irrestricta de reconocer el primado. Pero, por supuesto, a posteriori siempre se es más listo.


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Hoy se impone la sospecha de que, en este proceso, podría haberse tratado de un complot con el objetivo de hacer el mayor daño posible al papa. El solo desarrollo cronológico permite sospechar una acción con un objetivo determinado.
En cualquier caso, el daño es enorme. Durante semanas se desencadena una continua tormenta de titulares negativos. Ahora bien, el hecho de que pudiese llegarse a este affaire dependió justamente de que se calló el contexto real. La oficina de prensa del Vaticano podrá no haber trabajado de la mejor manera, pero peor trabajaron los periodistas de los grandes medios ciudadanos. Una o dos averiguaciones habrían bastado para clarificar el asunto. Pero no se quería perder los propios titulares del escándalo. En el decreto correspondiente se exponía con claridad que el papa sólo había decidido «reconsiderar» la situación canónica de los obispos.
Quedaba claro que los cuatro obispos siguen canónicamente suspendidos. Les está prohibido ejercer su ministerio. El paso no significa reconciliación alguna, y menos aún una rehabilitación. No obstante, el periódico alemán Süddeuts she Zeitung publica el demoledor titular: "El papa rehabilita a un negador del Holocausto», afirmando que era una señal vergonzosa, más aún, un pecado.
¿Cómo fue posible que su gesto pudiese entenderse como negativa a la reconciliación entre cristianos y judíos?
Al parecer, y como escribí también en la carta que envié con posterioridad, hay aquí una hostilidad pronta a saltar, que espera cosas semejantes para asestar sus golpes sin errar el blanco. De nuestra parte fue un error el no haber estudiado y preparado más detenidamente el asunto. Por otra parte, ciertamente existía, digamos, la disposición a la agresión, que sólo esperaba su víctima.
Todas las instancias decisivas del Vaticano aclararon de inmediato que los negadores del Holocausto no tienen nada que buscar en la Iglesia católica. Dos meses antes, el 9 de noviembre, había recordado usted en Roma el 70º aniversario de la «noche de los cristales rotos del Reich». En esa ocasión convocó usted a una «profunda solidaridad al mundo judío» y a orar por las víctimas. Según decía, todos tienen la obligación de comprometerse en todos los niveles contra toda forma de antisemitismo y discriminación.
En la audiencia general del 28 de enero de 2009, la primera ocasión que tuvo de manifestar personal y públicamente su posición respecto del caso Williamson, el papa hace una declaración en la que expresa su «plena e indiscutible solidaridad con nuestros hermanos destinatarios de la Primera Alianza». Que el Holocausto, dice, «sea para todos advertencia contra el olvido, la negación o el reduccionismo».
No obstante, el secretario general del Consejo Central de los Judíos en Alemania afirmó que el papa quiso hacer «presentable» a un negador del Holocausto. Un autor judío habló incluso de una rehabilitación de «antisemitas activos». Calificó al papa como un «hipócrita». La presidenta del Consejo Central de los Judíos en Alemania declaró terminado de inmediato el diálogo con la Iglesia católica.
¿No muestra el affaire también qué delgada es la capa de hielo sobre la cual se mueve todavía la relación con los judíos?
De todos modos hay que reconocer que sigue habiendo grandes temores y tensiones y que el diálogo puede fácilmente sufrir daños y está amenazado. No obstante, en el gran judaísmo, extendido por el mundo entero, ha habido muchas personas que me manifestaron de inmediato que yo jamás admitiría como presentable a un negador del
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Holocausto. Son personas que me conocen. En tal sentido no ha estado en discusión una ruptura del diálogo.
Ese peligro existía a lo sumo en Alemania, donde por lo visto existe en los judíos una sensibilidad especialmente fuerte y también, digamos, una susceptibilidad frente al papa. Aquí se ha transferido también un poco al judaísmo la imagen general que tienen del papa los alemanes, de modo que, en esas manifestaciones, no se refleja sólo la situación judía, sino también la alemana. Como he dicho, ha sido por supuesto un momento crítico, que muestra cuán atentos debemos estar, qué expuesta puede ser la situación. Pero, al mismo tiempo, en el judaísmo mundial la confianza se ha mantenido siempre estable.
Angela Merkel, la canciller protestante del país responsable del Holocausto, exigió al Vaticano que se manifestara inequívocamente en contra del antisemitismo, afirmando que las declaraciones dadas hasta el presente no eran suficientes.
No quiero volver a tratar este asunto. Al parecer, ella estaba informada de forma incompleta sobre lo que entretanto había dicho y hecho la Iglesia Católica.
Según usted comentó más tarde, lo entristeció especialmente el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado que debían herirme con una hostilidad presta al ataque...
Que en la Alemania católica existe un sector considerable que, por así decirlo, espera la ocasión para poder atacar al papa es un hecho y forma parte de la figura que adquiere el catolicismo de nuestro tiempo. De lo que tenemos que ocuparnos seriamente, por lo que tenemos que luchar, es por que se dé de nuevo un entendimiento fundamental.
Para mayo de 2009, o sea, todavía en la inmediata cercanía del escándalo en torno a WilIiamson, estaba planeado su viaje a Tierra Santa, esperado entonces con gran expectativa. A semejanza de su viaje a Turquía, que tuvo lugar inmediatamente después de los enfrentamientos en torno al discurso de Ratisbona, también este viaje tuvo por consecuencia un giro asombroso. Según declaró el embajador israelí ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, las relaciones entre el Vaticano e Israel habían mejorado claramente. Lewy citó al respecto una frase del libro de los Jueces: «De lo amargo vino dulzura».
Ya dije antes que la tensión con Israel no era la misma que se daba en Alemania, sino que siempre existió una confianza mutua, el conocimiento de que el Vaticano da la cara por Israel, por el judaísmo de este mundo, que reconocemos a los judíos como nuestros padres y hermanos. Para mí fue muy emocionante con qué cordialidad me recibió el presidente Peres, que es una gran personalidad. Él lleva consigo la carga de un recuerdo difícil. Usted sabe que su padre fue encerrado en una sinagoga a la que después se prendió fuego. Pero vino hacia mí con una gran apertura y sabiendo que luchamos por valores comunes y por la paz, por la plasmación del futuro, y que en ello la cuestión de la existencia de Israel desempeña un papel importante.
En conjunto hubo una gran hospitalidad. Diría que, tal vez, se me protegió demasiado. En cualquier caso, la magnitud de la protección que se me brindó fue formidable. Pero, cosa que en el caso de Juan Pablo II no había sido posible todavía, pudimos celebrar dos grandes misas públicas en Israel, una muy hermosa en Jerusalén, y después, lo que fue muy emocionante, una en Nazaret, en la altura desde la que se quería despeñar al Señor. Fue una manifestación grande, visible, de la fe cristiana en el Estado de Israel.
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Y después, a uno le llega naturalmente siempre al corazón ir al lugar de la anunciación, del nacimiento, de la crucifixión, al sepulcro. Allí pude encontrarme también con otras comunidades cristianas. Fueron todas vivencias importantes y emotivas. Por último visité también Jordania y el territorio palestino y pude establecer una relación muy cordial con el rey de Jordania, con toda la casa real me regaló varios cientos de botellas con agua del Jordán a fin de ponerla a disposición para la administración del bautismo.
En el territorio de la Autoridad Nacional Palestina hubo encuentros impresionantes con niños cuyos padres eran mantenidos prisioneros en Israel. Así, pues, vimos también la otra cara del sufrimiento, y así surgió en conjunto un gran panorama del dolor de ambas partes. Una cosa se hizo aún más clara a través de ello: que con la violencia no se soluciona nada, que la única solución es la paz, y que hay que hacer todo lo posible para que ambas partes en esa tierra atormentada puedan vivir juntas en paz.
Arrojemos una mirada retrospectiva a los primeros cinco años de su pontificado. ¿Qué resultado da un breve balance provisional de ese periodo? ¿Qué le parece haber conseguido ya, qué le parece logrado de manera especial?
Los grandes viajes fueron encuentros importantes con las diferentes culturas y tienen un efecto permanente. No fueron shows. ¡Cuando pienso en Brasil, en lo que surgió allá en el encuentro con los obispos! Iniciamos una misión continental que ahora determina realmente los programas de las diócesis. O tomemos el encuentro con la Fazenda da Esperanza, un centro de rehabilitación de drogadictos. El bueno del Padre Hans Stapel ya no se salva más de los requerimientos de todo el mundo por nuevas filiales, que ahora se están fundando en todas partes. Por doquier se sentía la conciencia de que la Iglesia católica vive y se encuentra vigorosa.
Lo mismo sucedió en Estados Unidos, en Francia, en Portugal. Pienso que fueron buenos los viajes a Chequia, a Austria, a Polonia con esa vivencia de vitalidad, a Australia, por supuesto; a África, donde hubo un dinamismo de alegría que realmente contagiaba. En todas partes se dio un encuentro de la Iglesia consigo misma y, de ese modo, un encuentro con el Señor, de modo que la Iglesia tomó conciencia de sí misma en presencia del Señor y se hizo consciente de que proviene del Señor. En todas partes esto se hizo nuevamente presente en la memoria. En tal sentido, este, como también los demás viajes han sido de alguna manera el hilo conductor que se ha extendido a lo largo del tiempo transcurrido de este pontificado y que ha producido muchas cosas.
Además se dieron, con su particular acento, los dos grandes años, el Año Paulino y el Año Sacerdotal, que se convirtieron en meditación comunitaria y a través de los cuales brillaron de nuevo luces esenciales de la fe. De notable importancia, y como lugares de encuentro con testimonios emocionantes, fueron los dos sínodos, sobre todo el sínodo sobre la palabra de Dios.
Por otro lado, están esos grandes períodos de escándalo y las heridas que se han infligido a la Iglesia, pero que, como ya hemos dicho, tienen para nosotros una fuerza purificadora y, al final, pueden ser elementos positivos.
Usted dijo una vez que, en cierta medida, tenía que «soportar» también este ministerio. ¿Está también decepcionado por ciertas cosas que no fueron posibles?
Ciertamente estoy también decepcionado. Decepcionado sobre todo de que en el mundo occidental exista ese disgusto con la Iglesia, de que la secularidad siga haciéndose autónoma, de que desarrollen formas en las que los hombres son apartados cada vez más de la fe, de que la tendencia general de nuestro tiempo siga siendo opuesta a la Iglesia. 63 de 99
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Pero creo que ésa es justamente también la situación cristiana, esa lucha entre dos tipos de amor. Siempre fue así y, en esa lucha, a veces será más fuerte un lado, y otras, el otro.
Pablo VI vendió la tiara y puso a disposición el producto de la venta. Su predecesor según el nombre, Benedicto XV, vació las arcas después de la primera guerra mundial para dar el dinero a los pobres. También hoy el mundo espera gestos demostrativos del Vaticano, signos que expresen de forma visible para todo el mundo la seriedad de una purificación y la memoria de los orígenes de la Iglesia apostólica. ¿Cuándo aplicará en serio Benedicto XVI sus propias palabras en el sentido de que la Iglesia tiene que desprenderse de sus bienes para preservar su Bien?
Ésa es una frase que Pío X utilizó en relación con la crisis en Francia, cuando se trataba de aceptar el sistema estatal -que, si bien habría traído consigo ventajas para la Iglesia, la habría puesto al mismo tiempo bajo el régimen del Estado- o bien renunciar a él y vivir en la pobreza. Entonces, el Bien está por sobre los bienes. Es un parámetro que permanece siempre y que debe ser considerado en cada decisión, sobre todo también en las decisiones políticas que tomamos. Pero no es que arrojemos fuera con liviandad los bienes mientras conservan su carácter de servicio. La pregunta es por cuánto tiempo sirve una cosa realmente al conjunto. Nunca debería suceder que estemos sometidos a ella, de modo que los bienes dominen el Bien, sino siempre a la inversa.
Por el momento todo parece indicar que, después de este primer período de cinco años y de los abusos sobre los que hemos tratado, el pontificado de Benedicto XVI se hará aún más apremiante, decidido. Usted habló incluso de un muevo tiempo de evangelización».
Para ver qué es lo que podemos y logramos habrá que esperar. Pero que debemos acometer con fuerza renovada la cuestión acerca de cuál es el modo en que puede anunciarse de nuevo a este mundo el evangelio de manera que llegue a él, y que tenemos que emplear para ello todas las energías, forma parte de los puntos programáticos que se me han encomendado.
III. ¿HACIA DÓNDE VAMOS?
13. Iglesia, fe y sociedad
Los problemas de la sociedad no se han reducido y plantean con nueva urgencia preguntas acerca de nuestra forma de vida: ¿cuáles son nuestros valores y parámetros? ¿De qué nos ocupamos realmente? ¿Cómo queremos vivir en el futuro?
En nuestros días vemos cómo el mundo corre peligro de deslizarse hacia el abismo, constatamos que un sistema económico desenfrenado puede convertirse en un capitalismo predador que devora enormes valores; que la vida a tan alta velocidad no sólo nos sobreexige, sino también desorienta; que a la par de la sociedad desasosegada ha surgido también una sociedad desconcertada que hoy considera erróneo lo que ayer consideraba correcto, y mañana considerará correcto lo que hoy considera erróneo.
Hay enfermedades como el burnout que se hacen fenómeno de masas, nuevas adicciones como el vicio del juego o de la pornografía. En el delirio de optimización de las empresas ha surgido un estrés laboral difícilmente superable. Está también la precaria situación de los niños que sufren la pérdida
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de sus relaciones familiares; está el dominio de los medios, que han desarrollado una cultura de la ruptura de tabúes, de estupidización y de embotamiento moral; están los ofrecimientos de los medios electrónicos, que pueden manipular nuestras cualidades humanas y destruirlas.
Santo Padre, la aportación de la Iglesia al desarrollo de la civilización ha sido siempre de gran relevancia. En cambio, hoy en día se extiende en muchos países una actitud de desprecio y también de una hostilidad cada vez más frecuente ante la religión cristiana. ¿Qué ha pasado realmente?
En primer lugar, el desarrollo del pensamiento moderno centrado en el progreso y en la ciencia ha creado una mentalidad por la cual se cree poder hacer prescindible la «hipótesis de Dios», como lo expresaba Laplace. El hombre piensa hoy poder hacer por sí mismo todo lo que antes sólo esperaba de Dios. Según ese modelo de pensamiento, que se considera científico, las cosas de la fe aparecen como arcaicas, míticas, como pertenecientes a una civilización pasada. La religión, en todo caso la cristiana, es encasillada como una reliquia del pasado. Ya en el siglo XVIII la Ilustración anunció que, un día, también el papa, ese dalai lama de Europa, tendría que desaparecer, que la Ilustración iba a eliminar definitivamente esos remanentes míticos.
¿Existe un problema de autoridad, puesto que una sociedad liberal no admite que se le diga nada más? ¿O es también un problema de comunicación, porque la Iglesia, con sus valores aparentemente tradicionales, con conceptos como pecado, arrepentimiento y conversión, no puede ya comunicarse?
Yo diría que son ambas cosas. Ese pensamiento que alcanza tantos éxitos y que contiene muchas cosas correctas ha modificado la orientación fundamental del hombre hacia la realidad. El hombre ya no busca más el misterio, lo divino, sino que cree saber: la ciencia descifrará en algún momento todo aquello que todavía no entendemos. Es sólo cuestión de tiempo; entonces, lo dominaremos todo.
De ese modo, la cientificidad se ha convertido en la categoría suprema. Últimamente hubo algo que me hizo reír: en la televisión se dijo que ahora estaba científicamente demostrado que las caricias de la madre son beneficiosas para los niños. Investigaciones de ese tipo podrán considerarse una locura o una concepción errónea, populista e infantil de ciencia, pero tal concepto muestra también un modelo: justamente un modo de pensar en el que la fe en el misterio, en el obrar de Dios, en que toda la dimensión religiosa ha perdido validez como «no científica» y ya no encuentra espacio alguno. Ese es uno de los aspectos.
¿Y el otro?
El otro es que justamente la ciencia ve ahora de nuevo sus límites, que muchos científicos dicen hoy que de alguna parte tiene que venir todo, que debemos volver a plantearnos esa pregunta, con ello vuelve a crecer también una nueva comprensión de lo religioso, no como un fenómeno de naturaleza mitológica, arcaica, sino a partir de la conexión interior del (...): según el modo como el evangelio ha querido y ha anunciado en realidad la fe.
Pero, como decía, la religiosidad tiene que regenerarse de nuevo en este gran contexto y encontrar así nuevas formas de expresión y de comprensión. El hombre de hoy no comprende ya sin más que la sangre de Cristo en la cruz es expiación por sus pecados, Son fórmulas notables y verdaderas que, sin embargo, ya no tienen lugar alguno en todo el entramado de nuestro pensamiento y en nuestra imagen del mundo, se trata de fórmulas que hay que traducir y captar de nuevo. Por ejemplo, hemos de entender de nuevo que el mal debe ser realmente elaborado. No se lo puede simplemente apartar u olvidar. Tiene que ser elaborado, transformado desde dentro.
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¿Qué significa eso?
Significa que nos encontramos realmente en una era en la que se hace necesaria una nueva evangelización, en la que el único evangelio debe ser anunciado en su inmensa, permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión.
Por supuesto, aún con todas sus transformaciones, el hombre sigue siendo siempre el mismo. No habría tantos creyentes si los hombres no siguieran entendiendo en el corazón que sí, que lo que se dice en la religión es lo que necesitamos. La ciencia sola, en la medida en que se aísla y se hace autónoma, no cubre nuestra vida. Ella es un sector que nos aporta grandes cosas, pero depende a su vez de que el hombre siga siendo hombre.
Ya hemos visto que, si bien nuestra capacidad ha crecido, no lo ha hecho también nuestra grandeza y nuestra potencia moral y humana. A través de las grandes tribulaciones de la época reconocemos cada vez más que debemos encontrar de nuevo un equilibrio interior y que también necesitamos crecimiento espiritual. También en los muchos encuentros con los grandes jefes de Estado veo una fuerte conciencia de que, sin la fuerza de la autoridad religiosa, el mundo no puede funcionar.
Antes de hablar sobre los problemas de la Iglesia Católica y sobre el futuro de la Iglesia quisiera preguntar qué es, absolutamente hablando, la Iglesia. Ese «organismo espiritual», como dijo usted en una ocasión. En una homilía recurrió usted a una expresión de Pablo VI, quien, como usted dijo, amó tanto a la Iglesia que quería «abrazarla, saludarla, amarla» constantemente. Decía el Papa Pablo VI: «Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición», y terminaba con las palabras «cuerpo místico de Cristo».
Pablo VI retomó con ello lo que desarrollara san Pablo, que definió a la Iglesia como la corporeidad permanente de Cristo, como el organismo vivo de Cristo. Justamente, Pablo no la concibió como institución, como organización, sino como organismo vivo en el que todos actúan unos junto a los otros y hacia los otros, en el que se encuentran unidos desde Cristo. Es una imagen, pero una imagen que conduce hacia la hondura y que es muy realista ya por el hecho de que creemos que en la eucaristía recibimos realmente a Cristo, el Resucitado. Y si cada uno recibe al mismo Cristo, todos estamos reunidos realmente en ese cuerpo nuevo, resucitado, como el gran ámbito de una nueva humanidad. Entender esto es importante para concebir a partir de allí a la Iglesia no como un aparato que debe realizar todo tipo de cosas -, aparato también forma parte de ella, pero dentro de unos límites-, sino como organismo vivo que proviene de Cristo mismo.
En muchos países hay iniciativas de laicos que luchan por una mayor independencia de Roma y por una Iglesia nacional y de orientación democrática. El Vaticano es presentado en esas iniciativas como una dictadura, el papa, como alguien que impone sus posiciones con mano autoritaria. Quien observe con más detalle la situación notará más bien el crecimiento de las fuerzas centrífugas que el de las centrípetas, el levantamiento contra Roma más que la solidaridad con Roma. Con esta lucha que se prolonga ya durante décadas, ¿No viene existiendo desde hace mucho tiempo una suerte de cisma dentro de la Iglesia católica?
Para comenzar diría que el papa no tiene poder para forzar a algo. Su «poder» consiste solamente en que existe la convicción, en que los hombres captan que formamos una unidad y que el papa tiene una misión que no se ha dado él a sí mismo. Sólo si hay convicción puede resultar todo esto. Sólo a través de la convicción de la fe común puede la Iglesia vivir también de forma comunitaria.
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Recibo muchas cartas, tanto de personas sencillas como de grandes personalidades, que me escriben: «Somos uno con el papa, para nosotros él es el representante de Cristo y el sucesor de Pedro; esté usted seguro de que creemos y vivimos en comunión con usted». Naturalmente, siempre han estado -no sólo ahora- las fuerzas centrífugas, la tendencia hacia las Iglesias nacionales, que también han surgido. Pero justamente hoy, en la sociedad globalizada, en la necesidad de una unidad interior de la comunidad mundial, se ve que, en realidad, ésos son anacronismos. Se ve con claridad que una Iglesia no crece en la medida en que se atrinchera a nivel nacional, se separa y se encierra en un determinado sector cultural y lo absolutiza, sino que la Iglesia necesita unidad, que necesita algo así como un primado.
Para mí fue interesante que el teólogo ortodoxo ruso John Meyendorff, que vive en Estados Unidos, dijera que sus autocefalias son su mayor problema, que necesitarían algo así como un primero, un primado. También en otras comunidades se dice lo mismo. Los problemas de la cristiandad no católica, tanto desde la perspectiva teológica como desde la pragmática, estriban también ampliamente en que no tienen un órgano de unidad. A partir de allí se ve con claridad que es necesario un órgano de unidad que, naturalmente, no actúa de forma dictatorial sino a partir de la unidad interior de la fe. Si bien seguirá habiendo tendencias centrífugas, el desarrollo de la historia, la flecha que indica la dirección de la historia nos dice: la Iglesia necesita un órgano de unidad.
En las décadas pasadas no ha habido en muchas diócesis casi ningún experimento al que se haya renunciado, en el afán por una «modernización» de la Iglesia. El filósofo Rüdiger Safranski criticó que, de ese modo, el cristianismo ha acabado por ser un serio «proyecto de religión», una «mezcolanza de ética social, pensamiento institucional de poder, psicoterapia, técnica de meditación, servicio de museo, gestión de cultura y trabajo social. Según observan algunos críticos, en medio de un muy extendido «querer ser como todo», ha desaparecido en el pueblo eclesial la percepción de que la fe crece a partir de raíces totalmente distintas que las de las sociedades de la diversión de Occidente. Pero también muchos teólogos y sacerdotes se han apartado tanto a estas alturas de la línea fundamental que a menudo sólo se puede reconocer con gran dificultad un perfil católico.
¿Qué es lo que ha salido mal en este punto?
Pues, son justamente las fuerzas de disolución que están presentes en el alma humana. A ello se agrega la aspiración a llegar bien al público, o también, a encontrar alguna isla donde haya tierra virgen que uno pueda plasmar todavía de manera autónoma. Entonces, o bien se va en la dirección en la que se hace moralismo político, como fue el caso en la Teología de la Liberación y en otros experimentos, a fin de, por así decirlo, darle actualidad al cristianismo, o bien la cosa se transforma en dirección a la psicoterapia y al wellness, o sea, en formas en las que la religión se identifica con el hecho de que yo posea algún tipo de bienestar integral.
Todos estos intentos surgen del hecho de que se deja de lado la auténtica raíz, la fe. Lo que queda -usted acaba de describirlo correctamente en sus citas- son proyectos hechos por uno mismo, que poseen tal vez un valor vital limitado, pero que no pueden generar una comunidad convincente con Dios ni tampoco unir de forma permanente a los hombres. Son islas en las que se establece determinada gente, y esas islas son de carácter transitorio, porque, como se sabe, las modas cambian.
En este contexto hay que preguntar: ¿Cómo es posible que en muchos países de Occidente la totalidad de los niños aprendan religión católica durante muchos años en la escuela, para terminar conociendo al final el budismo, sin conocer 67 de 99
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siquiera las notas características fundamentales del catolicismo? Todo eso acontece bajo la responsabilidad de los obispados.
Es una pregunta que yo también me planteo. En Alemania, cada niño tiene de nueve a trece años de clases religión. Es incomprensible cómo es posible que sea tan poco lo que se les queda, por expresarlo de ese modo. En este punto los obispos deben reflexionar de hecho seriamente cómo puede darse a la catequesis un corazón nuevo, un rostro nuevo.
También en medios eclesiales se ha instalado una «cultura de la duda", considerada como elegante. Redacciones enteras asumen con ello de forma acrítica los tópicos de la critica usual a la Iglesia. Los obispos siguen a sus asesores de medios, que les aconsejan seguir un curso superficial a fin de no sufrir perjuicios en su imagen liberal. Si después incluso grandes empresas mediáticas de propiedad eclesiástica retiran libros religiosos de su surtido principal, ¿no resulta entonces problemático hablar todavía de forma creíble de nueva evangelización?
Son todos fenómenos que sólo pueden observarse con pesar. Que haya, por así decirlo, católicos por profesión que viven de su confesión católica, pero en los que, al parecer, la fuente de la fe sólo actúa de forma muy silenciosa, en gotas aisladas. Tenemos que esforzarnos realmente por que esto cambie. En Italia -donde el número de empresas de la institución eclesiástica es mucho menor-, observo que las iniciativas no surgen porque la Iglesia como institución funde algo, sino porque los mismos hombres son creyentes. Los procesos espontáneos de despertar no provienen de una institución, sino de una fe auténtica.
La Iglesia tiene que permanecer siempre también en movimiento, ella está permanentemente «en camino». ¿No se pregunta el papa también si en ciertas cosas no se está oponiendo a algo que no puede ser detenido porque corresponde simplemente al necesario proceso de la civilización, al que la Iglesia no puede negarse?
Naturalmente hay que preguntarse siempre qué cosas, aunque antes hayan sido consideradas como esencialmente cristianas, eran en realidad sólo la expresión de una época determinada. ¿Qué es, pues, lo realmente esencial? Es decir, debemos regresar una y otra vez al evangelio y a las palabras de la fe para ver, primero, qué forma parte de ello; segundo, qué se modifica legítimamente con el cambio de los tiempos; y tercero, qué no forma parte de ello. El punto determinante es siempre, en última instancia, encontrar la distinción correcta.
14. El denominado atasco de las reformas
Celibato, sacerdocio de la mujer, homosexualidad... Desde hace décadas, este canon de preguntas siempre idénticas domina la discusión en los medios. Sólo cuando se dé a estas cosas una respuesta positiva, dicen, volverá la Iglesia a ser atractiva. Lo llamativo es que, en Alemania, la Iglesia evangélica -sin celibato, con sacerdocio de la mujer- pierde más fieles que la católica. Pero también es cierto que estas posiciones dificultan el pronunciamiento al respecto. Repasemos brevemente algunos puntos.
Los católicos que vuelven a casarse después de un divorcio están excluidos de la comunión eucarística. En una ocasión opinó usted que sobre esa regulación había que «reflexionar de forma más intensiva».
Desde luego que hay que hacerlo. Por un lado está la certeza de que el Señor nos dice: el matrimonio que se ha contraído en la fe es indisoluble. Nosotros no podemos manipular
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esa palabra. Debemos dejarla así. Aún cuando contradiga las formas de vida hoy dominantes. Ha habido épocas en las que lo cristiano estaba tan presente que la indisolubilidad del matrimonio era la norma, pero en muchas civilizaciones no lo es. Los obispos de los países del Tercer Mundo me dicen siempre de nuevo: «EI sacramento del matrimonio es el más difícil de todos». O también: «Entre nosotros no ha tenido todavía ninguna llegada».
Poner este sacramento en acuerdo con las formas tradicionales de convivencia es un proceso en el que está implicada la existencia entera y una lucha cuyo resultado no puede forzarse. En tal sentido lo que experimentamos ahora en la sociedad occidental con su paulatina descomposición no es el único caso de crisis en esta cuestión. Pero abandonar por esa razón el matrimonio monógamo o interrumpir la lucha en favor de esa modalidad estaría en contradicción con el evangelio.
El Creador ha hecho al ser humano varón y mujer, dice Jesús, y lo que Dios ha unido no debe separarlo el hombre. Pero ya los primeros discípulos murmuraron sobre ese mandamiento.
Sí. Lo que se puede hacer es, primero, investigar más detalladamente la cuestión de la validez de los matrimonios. Hasta ahora el derecho canónico presumía que alguien que contrae matrimonio sabe lo que éste es. Presupuesto este saber, el matrimonio es válido e indisoluble. Pero, en la actual maraña de opiniones, lo que se «sabe» en medio de la actual constelación sociocultural totalmente modificada es más bien que es normal romper el matrimonio. Hay que preguntarse, por eso, cómo se reconoce la validez y dónde son posibles las curaciones.
Seguirá siendo siempre una lucha. Pero dejar de mantener en alto el parámetro y ceder no elevaría a la sociedad en su nivel moral. Mantener lo difícil como parámetro con el que los hombres tienen que medirse una y otra vez es una misión necesaria para que no se produzcan más caídas.
En ese sentido existe en esto una cierta tensión interior. La pastoral, entonces, tiene que buscar el modo de permanecer cerca de las personas individuales y de ayudarlas, también en su situación, digamos, irregular, a creer en Cristo como su Salvador, a creer en su bondad, porque Él sigue estando siempre allí para ellos, aún cuando no puedan recibir la comunión. Y ha de ayudarlas a permanecer en la Iglesia aún cuando su situación no sea canónicamente congruente. Tiene que ayudarles a reconocer: si bien estoy por debajo de lo que debería ser como cristiano, no dejo de ser cristiano, de ser amado por Cristo, y tanto más permanezco en la Iglesia, porque tanto más seré sostenido por Él.
En 1968 Pablo VI hizo de la cuestión de la anticoncepción el tema de su célebre encíclica Humanae Vitae. En su tiempo, él remitió al hecho de que tiene consecuencias fatales cuando el hombre interviene en el orden natural. Que la vida es demasiado grande, demasiado santa como para que nos esté permitido andar con chapuzas con ella. Fue como si quisiera decirnos: si no respetamos la vida de los niños, perderemos la vida también nosotros, nuestra sociedad, nuestro mundo.
Tal vez en aquel entonces no se podía comprender todavía esa visión. Hoy experimentamos no sólo los efectos enormemente perjudiciales de la píldora anticonceptiva en la salud y en el medio ambiente, sino también cómo nuestros sistemas sociales colapsan porque nos hemos convertido en una sociedad sin hijos, que se queda sin bases. No obstante, la Iglesia católica aún apenas logra
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hacer siquiera comprensible su ética sexual. Una modelo top brasileña opina, por ejemplo, que hoy ya no hay ninguna mujer que llegue virgen al matrimonio. Un obispo auxiliar emérito critica que las cuestiones de la sexualidad prematrimonial reciban de la Iglesia respuestas tales «que resultan a los hombres casi imposibles de vivir, y que ciertamente se viven también de otra manera».
Esta es un área de problemas importantes. En este marco no podemos entrar a considerar los múltiples estratos y los detalles del asunto. Es correcto que muchas cosas en esa área deben ser pensadas de nuevo y dichas nuevamente. Pero, por otra parte, frente a lo que opina la modelo top y lo que piensan muchas otras personas, yo seguiría sosteniendo que la estadística no puede ser ya el parámetro de la moral. Ya es bastante malo que la demoscopia se convierta en parámetro de las decisiones políticas y se esté buscando con avidez: « ¿Dónde consigo más seguidores?», en lugar de preguntarse: « ¿Qué es lo correcto?». Así, también los resultados de las encuestas acerca de lo que se hace, de cómo se vive, no son ya en sí mismos el parámetro de lo verdadero y lo correcto.
Pablo VI tuvo proféticamente razón. Estaba convencido de que la sociedad se roba a sí misma su gran esperanza si mata a seres humanos por el aborto. ¿A cuántos niños se mata que, un día, podrían ser genios, que podrían regalar cosas nuevas a la humanidad, regalarnos a un nuevo Mozart, regalarnos conocimiento técnico? Hay que pensar cuánta capacidad humana se destruye en esto, aparte de que los niños no nacidos son personas humanas cuya dignidad y cuyo derecho a la vida debemos respetar.
La píldora anticonceptiva es a su vez otro problema.
Sí. Lo que Pablo VI quería y lo que sigue siendo correcto como visión importante es que, si se separan por principio sexualidad y fecundidad tal como sucede por la utilización de la píldora, la sexualidad se vuelve discrecional. Entonces, todos los tipos de sexualidad son también de igual valor. A esta concepción que considera la fecundidad como algo diferente, incluso con la posibilidad de que los niños sean producidos de forma racional y no se los vea ya como un regalo natural, siguió muy rápidamente la equiparación del valor de la homosexualidad.
Las perspectivas de Humanae Vitae siguen siendo correctas. Ahora bien, encontrar nuevamente los caminos para poder vivirlas es algo diferente. Creo que siempre habrá núcleos que se dejen realmente convencer y llenar interiormente por ellas y que, después, contribuyan a sostener también a otros. Somos pecadores. Pero no deberíamos tomar como instancia contra la verdad el que esa elevada moral no se viva. Deberíamos intentar hacer todo el bien que podamos y sostenernos y soportarnos mutuamente. Decir también todo esto pastoral, teológica y conceptualmente en el contexto de la sexología y la antropología actuales de tal modo que sea comprensible es una gran tarea en la que se está trabajando y en la que hay que trabajar todavía más y mejor.
Por lo menos se tendría el apoyo de la que fuera un sex-symbol de Hollywood, Raquel Welch. Esta actriz estadounidense dice hoy que la introducción de la píldora anticonceptiva hace cincuenta años ha llevado al sexo sin responsabilidad. Que debilita el matrimonio y la familia y conduce a «relaciones caóticas».
¿Rechaza realmente la Iglesia católica toda regulación de la concepción?
No. Ya se sabe que ella acepta la regulación natural de la concepción, que no es sólo un método, sino un camino. Pues presupone que se tiene tiempo uno para el otro. Que se vive en una relación duradera. Y esto es algo fundamentalmente distinto que cuando, sin 70 de 99
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vínculo con otra persona, tomo la píldora para entregarme rápidamente al primer contacto que se presente.
El hecho de que sólo los católicos tengan permitido participar de la eucaristía es visto como exclusión y, por algunos, hasta como discriminación. Según reclaman, no se puede hablar de la unidad de los cristianos si ni siquiera se está dispuesto a celebrar en común junto al altar el testamento de Jesús. ¿Qué dice el papa al respecto?
No sólo la Iglesia católica, sino toda la Ortodoxia mundial enseñan, que sólo quien pertenece por completo a la fe puede recibir la eucaristía. Desde el Nuevo Testamento, como también desde los Padres apostólicos, está inequívocamente claro que la eucaristía es lo más íntimo de la Iglesia: la vida en el cuerpo de Cristo en la comunidad una. Por eso, la eucaristía no es un rito social cualquiera en el que se da un encuentro amistoso, sino expresión del ser en el seno de la Iglesia. Por eso, la eucaristía no puede separarse del requisito de la pertenencia, pues ella es, simplemente, el acto mismo de esa pertenencia.
El celibato parece tener siempre la culpa de todo. Trátese del abuso sexual, de los casos de abandono de la Iglesia o de la falta de sacerdotes. En lo tocante a esto último, habría que decir, tal vez, que, en proporción con las personas que van a misa, hoy no hay menos, sino incluso más sacerdotes. Por lo menos en Alemania, en comparación con 1960 el número de sacerdotes se ha duplicado en toda regla en relación con los católicos que actualmente practican.
Pero ahora hay hasta obispos que recomiendan desarrollar «más imaginación y un poco más de generosidad» para «hacer posible, junto a la forma fundamental del sacerdocio célibe, también el servicio de un hombre casado como sacerdote».
Puedo entender que haya obispos que, en la confusión de la época, reflexionen también al respecto. Difícil será después decir cómo tiene que ser tal coexistencia. Creo que el celibato gana en su importante carácter de signo y sobre todo también en su posibilidad de ser vivido si se forman comunidades de sacerdotes. Es importante que los sacerdotes no vivan aislados en alguna parte, sino que convivan en pequeñas comunidades, que se sostengan mutuamente y que, de ese modo, experimenten la unión en su servicio por Cristo y en su renuncia por el reino de los cielos y tomen conciencia siempre de nuevo de ello.
El celibato es siempre, por así decirlo, un ataque a lo que el hombre piensa normalmente, algo que sólo es realizable y creíble si Dios existe y si, a través del celibato, lucho por el reino de Dios. En tal sentido el celibato es un signo de índole especial. El escándalo que suscita consiste también en el hecho de que muestra que hay hombres que creen en eso. En ese sentido, ese escándalo tiene también su lado positivo.
La no-posibilidad de la ordenación de mujeres en la Iglesia católica está claramente decidida por un non possumus del magisterio supremo. La Congregación para la Doctrina de la Fe así lo sostuvo bajo el pontificado de Pablo VI en el documento titulado Inter Insigniores, del año 1976. Juan Pablo II lo confirmó en su carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis. En ese documento, haciendo referencia a «la constitución divina de la Iglesia», declara él en virtud de su ministerio que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia».
Los críticos ven en ello una discriminación. Afirman que Jesús no llamó al sacerdocio a mujeres sólo porque, hace dos mil años, habría sido impensable.
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Esto es un disparate, ya que en aquel entonces el mundo estaba lleno de sacerdotisas. Todas las religiones tenían sus sacerdotisas, y era más bien asombroso que no las hubiera en la comunidad de Jesucristo, lo que, sin embargo, se encuentra a su vez en continuidad con la fe de Israel.
La formulación de Juan Pablo II es muy importante: la Iglesia no tiene «en modo alguno la facultad» de ordenar a mujeres. No es que, digamos, no nos guste, sino que no podemos. El Señor dio a la Iglesia una figura con los Doce, y después, en sucesión de ellos, con los obispos y los presbíteros (los sacerdotes). Esta figura de la Iglesia no la hemos hecho nosotros, sino que es constitutiva desde Él. Seguirla es un acto de obediencia, una obediencia tal vez ardua en la situación actual. Pero justamente esto es importante, que la Iglesia muestre que no somos un régimen arbitrario. No podemos hacer lo que queremos, sino que hay una voluntad del Señor para nosotros a la que hemos de atenernos aún cuando, en esta cultura y en esta civilización, resulte arduo y difícil.
Por lo demás, hay tantas funciones destacadas, importantes de las mujeres en la Iglesia que no puede hablarse de discriminación. Ese sería el caso si el sacerdocio fuese una suerte de señorío, mientras que, por el contrario, debe ser todo servicio. Si se contempla la historia de la Iglesia, la importancia de las mujeres -desde María, pasando por Mónica y hasta llegar a la Madre Teresa- es tan eminente que, en muchos sentidos, las mujeres plasman la imagen de la Iglesia más que los hombres. Pensemos sólo en grandes festividades católicas como Corpus Christi o el domingo de la misericordia, que provienen de mujeres. Por ejemplo, en Roma hay una iglesia en la que no puede verse un solo hombre en ninguna de las imágenes del altar.
La práctica de la homosexualidad se considera hoy en Occidente como una forma de vida que goza de amplio reconocimiento. Su aceptación es propagada por los modernistas hasta como pauta del correspondiente grado de avance de una sociedad. En el Catecismo de la Iglesia Católica, de cuya redacción fue usted responsable como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dice: «Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. [ ... ] Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida".
De todos modos, dice en el mismo catecismo: «Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados"». ¿No hay en ello una cierta contradicción con el arriba expresado respeto frente a los homosexuales?
No. Una cosa es que sean personas con sus problemas y alegrías; que, como seres humanos, aun teniendo en sí esa inclinación, merezcan respeto y no deban ser postergados por ese motivo. El respeto por el ser humano es totalmente fundamental y decisivo.
Pero al mismo tiempo, otra cosa es el sentido interno que ha sido dado a la sexualidad. Si se lo quiere expresar de este modo, podría decirse que la evolución ha suscitado la sexualidad con el fin de la reproducción de la especie. Eso vale también desde la perspectiva teológica. El sentido de la sexualidad es llevar al hombre y a la mujer uno hacia el otro y, de ese modo, dar a la humanidad descendencia, hijos, futuro. Es una 72 de 99
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determinación interior que está en su esencia. Todo lo demás va contra el sentido interior de la sexualidad. Tenemos que sostener esto aun cuando no le guste a la época.
Se trata de la verdad interior de lo que significa la sexualidad en la estructura de la condición humana. Si alguien tiene inclinaciones homosexuales profundamente arraigadas -no se sabe hasta ahora si son realmente innatas o si surgen en la temprana infancia-, y en cualquier caso si ellas tienen poder en esa persona, tales inclinaciones son para ella una gran prueba, del mismo modo como otras pruebas pueden pesar sobre un ser humano. Pero eso no significa que, por eso, la homosexualidad sea correcta, sino que sigue siendo algo que está contra la esencia de lo que Dios ha querido originalmente.
No es ningún secreto que también entre los sacerdotes y los monjes hay homosexuales. Recientemente causó gran revuelo un escándalo en torno a pasiones homosexuales de sacerdotes en Roma.
La homosexualidad no es compatible con la vocación sacerdotal. Pues entonces el celibato no tiene ningún sentido como renuncia. Sería un gran peligro si el celibato se convirtiera, por así decirlo, en ocasión para introducir en el sacerdocio a gente a la que, de todos modos, no le gusta casarse, porque en última instancia también su postura ante el varón y la mujer está de alguna manera modificada, desconcertada, y en cualquier caso no se encuentra en la dirección de la creación de la que hemos hablado. La Congregación para la Educación Católica emitió hace algunos años una disposición en el sentido de que los candidatos homosexuales no pueden ser sacerdotes porque su orientación sexual los distancia de la recta paternidad, de la realidad interior de la condición de sacerdote. Por eso, la selección de los candidatos al sacerdocio debe ser muy cuidadosa. Aquí tiene que aplicarse la máxima atención para que no irrumpa una confusión semejante y, al final, por así decirlo, se identifique el celibato de los sacerdotes con la tendencia a la homosexualidad.
Pero sin duda en monasterios, en clérigos, aunque tal vez no se la vea, hay homosexualidad, homosexualidad no practicada, justamente.
Esto también forma parte de las dificultades de la Iglesia. Y los afectados tienen que procurar, por lo menos, no practicar activamente esa inclinación a fin de permanecer fieles al cometido interior de su ministerio.
La Iglesia católica se ve a sí misma como el lugar de la revelación singularísima de Dios. Según ella misma afirma, en ella se expresa el mensaje de Dios que eleva al hombre a su más alta dignidad, bondad y belleza. Sólo que, hoy en día, justamente ante la multitud de los oferentes que, en cierto sentido, entran a competir en ese campo, eso es cada vez más difícil de transmitir. Usted mismo, en Lisboa, en un encuentro con artistas, habló, en el contexto del «diálogo con el mundo», acerca de una «convivencia» de verdades.
Una cosa es que nosotros digamos que Cristo es el Hijo de Dios y que en Él se expresa la plena presencia de la verdad sobre Dios. Otra cosa es que en otras religiones haya también verdades de la índole más múltiple, que esas verdades posean como fragmentos, luces provenientes de la gran Luz, que en cierto sentido representen también un movimiento interior hacia Él. Decir que en Cristo está presente Dios y que, con ello, se nos aparece y nos habla el Dios verdadero, no excluye que en otras religiones haya también verdades, pero justamente verdades que, por así decirlo, señalan hacia la verdad. En este sentido, el diálogo, en el que ese señalamiento tiene que hacerse visible es una consecuencia interior de la situación de la humanidad.
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15. ¿Cómo se da la renovación?
Santo Padre, nadie discutirá la necesidad de una purificación y renovación de la Iglesia, menos aún después de los recientes escándalos de abuso. Pero se plantea la siguiente pregunta: ¿qué es, exactamente, la verdadera, la recta renovación?
Usted lo ha hecho ver con palabras dramáticas: el destino de la fe y de la Iglesia no se decide en otro lugar más que «en el contexto de la liturgia". Como alguien de fuera se podría pensar que es más bien secundario qué palabras se pronuncian, qué posturas se asumen y qué acciones se realizan en una misa.
La Iglesia se hace visible a los hombres en muchas cosas, en la acción caritativa, en los proyectos de misión, pero el lugar donde más se la experimenta realmente como Iglesia es en la liturgia. Y eso es correcto de ese modo. En definitiva, la Iglesia tiene el sentido de volvernos hacia Dios y de dar entrada a Dios en el mundo.
La liturgia es el acto en el que creemos que Él entra y que nosotros lo tocamos. Es el acto en que se realiza lo auténtico y propio: entramos en contacto con Dios. Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él. De dos maneras recibimos en ella instrucción y fuerza: por una parte, en cuanto escuchamos su palabra, de modo que realmente lo oímos hablar, recibimos de su parte orientación para el camino. Por la otra, en cuanto Él mismo se nos regala en el pan transformado.
Naturalmente, las palabras siempre pueden ser diferentes, las actitudes corporales pueden ser diferentes. Por ejemplo, en la Iglesia de Oriente existen algunos ademanes diferentes de los nuestros. En la India, los mismos ademanes que nosotros utilizamos en común tienen en parte un significado diferente. Lo que importa es que la palabra de Dios y la realidad del sacramento estén en el centro; que no desintegremos a Dios a fuerza de palabras y pensamientos y que la liturgia no se convierta en una presentación de nosotros mismos.
¿La liturgia es, según eso, algo preestablecido?
Sí. No es que nosotros hagamos algo, que mostremos nuestra creatividad, o sea, todo lo que podríamos hacer. Justamente, la liturgia no es ningún show, no es un teatro, un espectáculo, sino que vive desde el Otro. Eso tiene que verse con claridad. Por eso es tan importante el hecho de que la forma eclesial esté preestablecida. Esa forma puede reformarse en los detalles, pero no puede ser producida en cada caso por la comunidad. Como he dicho, no se trata de la producción de uno mismo. Se trata de salir de sí mismo e ir más allá de sí mismo, entregarse a Él y dejarse tocar por Él.
En este sentido no sólo es importante la expresión, sino también el carácter comunitario de esta forma. Puede ser diferente en los ritos, pero debe tener siempre lo que nos precede desde el conjunto de la fe de la Iglesia, desde el conjunto de su tradición, desde el conjunto de su vida, y que no brota meramente de la moda del momento.
¿Significa esto tener que permanecer en la pasividad?
No. Pues justamente este enfoque nos desafía a dejarnos arrancar realmente de nosotros mismos, de la mera situación del momento; nos desafía a introducirnos en el todo de la fe, a entenderlo, a tener participación interior en ello y, entonces, a dar también a la celebración litúrgica la forma digna por la que llega a ser hermosa y se convierte en alegría. Esto ha sucedido de forma muy especial en Raviera, por ejemplo a través del gran florecimiento de la música sacra o también del florecer de la alegría en el rococó bávaro. 74 de 99
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Es importante que se dé también una forma bella al conjunto, pero siempre al servicio de lo que nos precede, y no como algo que, por de pronto, tenemos que hacer nosotros.
En lo tocante a la santidad de la eucaristía, no hay margen de maniobra de índole alguna, declaró usted. Según dijo, ella es el punto en que pivota toda renovación. Sólo a partir de su espíritu fueron posibles las revoluciones espirituales.
Si es verdad -como creemos- que en la eucaristía está Cristo realmente presente, éste es el acontecimiento central sin más. No sólo el acontecimiento de un solo día, sino de la historia universal en su conjunto, como fuerza decisiva de la que después pueden provenir cambios. Lo importante es que, en la eucaristía, la palabra y la presencia real del Señor en los signos forman una unidad. Que en la palabra recibimos también instrucción. Que en nuestra oración respondemos, y que, de esa manera, se interpretan el preceder de Dios y nuestro acompañar y dejarnos modificar, a fin de que ocurra aquel cambio del hombre que es el requisito más importante de todo cambio realmente positivo del mundo.
Si queremos que algo adelante en el mundo, sólo será posible lograrlo desde el parámetro de Dios, que entra a nuestro mundo como realidad. En la eucaristía los hombres pueden ser formados de tal modo que surja algo nuevo. Por eso, a lo largo de la historia entera, las grandes figuras que han traído realmente revoluciones del bien son los santos, que fueron tocados por Cristo y trajeron nuevos impulsos al mundo.
El documento del concilio Lumen Gentium designa en el número 11 la participación dominical en el sacrificio eucarístico como «fuente y cima de toda la vida cristiana». Cristo dice: «El que no come mi carne y no bebe mi sangre no tendrá vida».
Como papa comenzó usted a dar la comunión a los fieles en la boca, poniéndose ellos de rodillas. ¿Considera que es la actitud más adecuada?
En primer lugar hay que decir lo siguiente: es importante que el tiempo tenga una estructura común para todos los fieles. El Antiguo Testamento lo indica ya desde el relato de la creación, en cuanto presenta el día séptimo como el día en que Dios descansa y los hombres descansan con Él. Para los cristianos, esa estructura parte del domingo, el día de la resurrección, en el que Él se encuentra con nosotros y nosotros nos encontramos con Él. Nuevamente, aquí el acto más importante, por así decirlo, es el momento de la unión, cuando Él se nos da.
No estoy por principio en contra de la comunión en la mano: yo mismo la he dado y la he recibido de ese modo. Pero al hacer ahora que se reciba la comunión de rodillas y al darla en la boca he querido colocar una señal de respeto y llamar la atención hacia la presencia real. No en último término porque, especialmente en actos masivos, como los tenemos en la basílica y en la plaza de San Pedro, el peligro de banalización es grande. He oído hablar acerca de gente que guarda la comunión en la cartera y se la lleva consigo como un souvenir cualquiera.
En este contexto, en que se piensa que recibir la comunión forma parte simplemente del acto -todos se dirigen hacia delante, por tanto, también voy yo-, he querido establecer un signo claro. Debe verse con claridad que allí hay algo especial. Aquí está presente Él, ante quien se cae de rodillas. ¡Prestad atención! No es meramente un rito social cualquiera del que todos podemos participar o no.
Maria es la Madre de Dios. En cierto sentido, ella trae a Dios al mundo. ¿Señala esto en sentido traslativo lo que deberían ser todos los cristianos: los que dan a luz a Dios?
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En la ocasión en que se comunicó al Señor: «Mira que tu madre, tus hermanos y hermanas están ahí fuera», Él señaló a los hombres que estaban a su alrededor y dijo: «El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi madre, mi hermano y mi hermana». Con eso nos ha transmitido también a nosotros la misión de la maternidad, para hacer nuevamente posible, por así decirlo, el nacimiento de Dios en este tiempo.
El nacimiento de Dios fue uno de los grandes temas para los Padres de la Iglesia. Ellos dijeron que sucedió por única vez en Belén, pero que debe suceder también siempre de nuevo de forma grandiosa y profunda en cada nueva generación, y que cada cristiano está llamado a ello.
¿Debe asignarse a la participación de Jesús en la liberación de las mujeres, que estaban ampliamente excluidas del acceso a la religión, a Dios y a la sociedad, el mismo nivel de importancia que la apertura de la revelación de Dios a los paganos?
Lo cierto es que Jesús trajo a las mujeres a su cercanía como hasta entonces difícilmente hubiese sido imaginable; que, después de la resurrección, hizo de una mujer la primera testigo; o sea que también mujeres fueron incorporadas al circulo más íntimo de sus amigos y que, con ello, se ha dado un signo nuevo.
En religión comparada yo sería cauteloso en decir que aquí aparece ya de inmediato algo de carácter explosivo. Se abre lentamente. Pero, realmente, como usted dice, es importante que Jesús, por una parte, al hacer a su Madre junto a la cruz madre de los cristianos, y, por la otra, al conceder a una mujer la primera aparición después de la resurrección, ha abierto a las mujeres un puesto totalmente nuevo en la comunidad de fe.
La Iglesia romana experimenta en Occidente, sobre todo en lo cuantitativo, un cambio radical sin precedentes. Por ejemplo, en Alemania, en los próximos diez años la tercera parte de los actuales miembros de la Iglesia, sacerdotes y religiosos, habrán muerto. De los veinticuatro mil miembros de comunidades religiosas femeninas que existen hoy, alrededor del ochenta por ciento son mayores de 65 años. Algo semejante sucede con la estructura de edades en los monjes y sacerdotes. Hay que cerrar iglesias, fusionar comunidades parroquiales, y seguirán desapareciendo los elementos de una Iglesia popular.
Usted mismo hizo referencia ya en 1971 a que la Iglesia «se reducirá, tendrá que empezar muy desde el comienzo», no podrá llenar muchos de los edificios que fueron construidos en la coyuntura favorable y, con el número de sus seguidores perderá también muchos de sus privilegios en la sociedad. Según dicen algunos, la actual Iglesia popular o de multitudes sólo corresponde ya a una «administración de la fáctica incredulidad». Pero el parámetro para la Iglesia no puede ser el éxito exterior. Pues, si se tratara sobre todo de la cantidad de fieles, no estaría tanto en primer plano el contenido, sino la mera presencia fáctica. ¿Se acerca a su fin el tiempo de la Iglesia popular?
Observándolo a nivel mundial, es algo muy diversificado. En muchas partes del mundo no ha habido nunca una Iglesia popular. En Japón los cristianos son una pequeña minoría. En Corea son una fuerza viva que se expande, que influye también en el pensamiento público, pero no es una Iglesia popular. En las Filipinas son Iglesia popular, y también hoy, un filipino es simplemente católico, con alegría y entusiasmo. En la India, por su parte, los cristianos son una minoría marginal, aunque también una minoría socialmente importante, sobre cuyos derechos polemiza una sociedad india que reconoce su identidad en el hinduismo.
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Como he dicho, la situación es muy diversa a nivel mundial. Lo cierto es que, en el mundo occidental, la identificación de pueblo e Iglesia va desapareciendo. En el Este alemán, ese proceso está ya muy avanzado. Allí los no bautizados son ya mayoría. Y del mismo modo decrece el número de cristianos en grandes sectores del mundo occidental. No obstante, sigue habiendo todavía una identidad cultural determinada por el cristianismo y querida también de ese modo. Recuerdo a un político francés que dijo de sí mismo: «Soy un ateo protestante». Es decir: si bien soy ateo, me sé culturalmente arraigado en la raíz del protestantismo.
Eso complica las cosas.
Sí, pues el gran clima cultural de muchos países occidentales incluye también la procedencia del cristianismo. Pero nos encaminamos cada vez más hacia un cristianismo de decisión. Y de ese cristianismo dependerá en qué medida seguirá actuando todavía la impronta cristiana general. Yo diría que, por una parte, hoy hay que consolidar, vitalizar y ampliar este cristianismo de decisión, de modo que haya más personas que vivan y confiesen de nuevo de manera consciente su fe. Por otra parte, debemos reconocer que no somos simplemente idénticos a la cultura y la acción en cuanto tales, aunque tenemos la fuerza para imprimirle e indicarle valores, que ella asume aun cuando la mayoría no sean creyentes cristianos.
16. María y el mensaje de Fátima
A diferencia de lo que sucede con su predecesor, a usted se lo considera más bien jesuánico, y no tanto como un teólogo de orientación mariana. Pero ya un mes después de su elección convocó usted a los fieles en la plaza de San Pedro a confiarse a Nuestra Señora de Fátima. En su visita a Fátima en mayo de 2010 utilizó palabras espectaculares. Según dijo, el acontecimiento de 93 años atrás, cuando el cielo se abrió sobre Portugal, debe verse «como una ventana de esperanza que Dios abre cuando el hombre le cierra la puerta».
Justamente el Papa al que el mundo conoce como el defensor de la razón dice ahora: «La Virgen Maria bajó del cielo para recordarnos verdades del evangelio».
Es cierto que yo he crecido con una piedad primariamente cristocéntrica, tal como se había desarrollado en el tiempo que medió entre las dos guerras mundiales por el nuevo acercamiento a la Biblia, a los Padres; con una piedad que se nutre de forma consciente y acentuada de la Biblia y que está orientada precisamente hacia Cristo. Pero, como es natural, de ello forma parte siempre también la Madre de Dios, la Madre del Señor. Ella aparece en la Biblia, en Lucas y en Juan, relativamente tarde, pero entonces con una gran luminosidad, y en tal sentido ha formado siempre parte de la vida cristiana. En las Iglesias orientales ha adquirido de manera muy temprana una importancia esencial. Si se piensa, por ejemplo, en el Concilio de Éfeso, del año 431. Y siempre de nuevo Dios la ha utilizado a través de la historia como la luz a través de la cual Él nos conduce hacia sí mismo.
En América Latina, México, por ejemplo, se volvió cristiano en el momento en que se mostró la Virgen de Guadalupe. En ese momento los hombres comprendieron: sí, ésta es nuestra fe, con ella llegamos realmente a Dios; la Madre nos lo muestra; en ella está transformada y asumida toda la riqueza de nuestras religiones. En definitiva, dos son las figuras que han hecho creer a los hombres en América latina: por un lado, la Madre, y, por el otro, el Dios que sufre, que sufre también en toda la violencia que ellos mismos han experimentado.
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Hay que decir, pues, que existe la historia en la fe. El cardenal Newman lo ha expuesto. La fe se desarrolla. Y eso incluye también justamente la entrada cada vez más fuerte de la Santísima Virgen en el mundo como orientación para el camino, como luz de Dios, como la Madre por la que después podemos conocer también al Hijo y al Padre. De ese modo, Dios nos ha dado signos, justamente en el siglo XX. En nuestro racionalismo y frente al poder de las dictaduras emergentes, se nos muestra la humildad de la Madre, que se aparece a niños pequeños y les dice lo esencial: fe, esperanza, amor, penitencia.
De ese modo entiendo también que los hombres encuentren aquí, por así decirlo, ventanas. En Fátima he visto cómo había en el lugar cientos de miles de personas que, a través de lo que María comunicó a unos niños pequeños, recuperan en cierto modo en este mundo, con todos sus obstáculos y cerrazones, la visión abierta hacia Dios.
El célebre «tercer secreto de Fátima» fue publicado sólo en el año 2000 -por el cardenal Joseph Ratzinger según disposición de Juan Pablo II-. El texto habla de un obispo vestido de blanco que cae abatido por las balas de soldados -una escena que fue interpretada como anticipación del atentado contra Juan Pablo II-. Y ahora dijo usted: «Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada». ¿Qué se quiere decir con ello? ¿Está en verdad todavía pendiente el cumplimiento del mensaje de Fátima?
En el mensaje de Fátima hay que distinguir dos cosas: por un lado, un acontecimiento determinado, expuesto en formas visionarias, y, por el otro, lo fundamental, que es de lo que aquí se trata. Pues la intención no era satisfacer una curiosidad. Para ello tendríamos que haber publicado el texto mucho antes. No: se trata de indicar un punto crítico, un momento crítico en la historia: a saber, todo el poder del mal, que se ha cristalizado en este siglo XX en las grandes dictaduras y que, de otra manera, sigue actuando también hoy.
Por otra parte, se trataba de la respuesta a ese desafío. Tal respuesta no consiste en grandes acciones políticas, sino que, en última instancia, sólo puede provenir de la transformación del corazón, a través de la fe, la esperanza, el amor y la penitencia. En este sentido, el mensaje justamente no está cerrado, aun cuando las dos grandes dictaduras hayan desaparecido. El sufrimiento de la Iglesia permanece, y la amenaza del hombre permanece, y con ello permanece también la cuestión de la respuesta, con ello permanece la indicación que nos ha dado María. También ahora hay tribulación. También ahora el poder amenaza en todas las formas posibles con pisotear la fe. Y por eso, también ahora es necesaria la respuesta de la que la Virgen habló a los niños.
Su homilía del 13 de mayo de 2010 en Fátima no sonó menos dramática. «El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror que no logra interrumpir», anuncia. Ese día expresó usted ante medio millón de fieles una petición que, en el fondo, resulta espectacular. La petición real: «Que estos siete años que nos separan del centenario de las Apariciones impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad».
¿Significa esto que el papa, que tiene por cierto un ministerio profético, considera posible que, dentro de los próximos siete años, la Santísima Virgen aparezca de una forma que se asemeje a un triunfo?
Yo dije que el «Triunfo» experimente un impulso, que se acerque, en cuanto al contenido, es lo mismo que cuando pedimos que se acerque el reino de Dios. Esas palabras no querían expresar -soy tal vez demasiado racionalista para ello- una expectativa mía de que ahora vaya a producirse un gran giro y que, de pronto, la historia vaya a seguir un 78 de 99
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curso totalmente distinto; sino de que, siempre de nuevo, el poder del mal sea detenido; de que, siempre de nuevo, en la fortaleza de la Madre se muestre y mantenga viva la fortaleza de Dios.
La Iglesia está siempre llamada a hacer aquello que fue objeto de la petición de Abrahán: preocuparse de que haya justos suficientes como para contener el mal y la destrucción. Yo lo entendí en el sentido de que crezcan nuevamente las fuerzas del bien. En ese sentido, los triunfos de Dios, los triunfos de María son silenciosos, pero reales.
17. Jesucristo regresa
Al filósofo Robert Spaemtmn le preguntaron en una ocasión si él, un científico de renombre internacional, creía realmente que Jesús nació de una virgen y obró milagros, que resucitó de la muerte y que, con Él, se recibe vida eterna. Puesto que una fe así, le decían, es típicamente infantil. El filósofo, de 83 años, respondió: «Pues, si usted quiere, así es, por cierto. Creo más o menos lo mismo que creía cuando era niño, sólo que, entretanto, he reflexionado más sobre ello. Al final, la reflexión me ha confirmado siempre en la fe».
¿Cree también el papa todavía lo que creía como niño?
Yo lo diría de manera semejante. Diría: lo más sencillo es lo verdadero, y lo verdadero es sencillo. Nuestra problemática consiste en que, de tantos árboles, no vemos más el bosque, que, de tanto saber, no encontramos más la sabiduría, En ese sentido ironizó también Saint-Exupéry en El Principito sobre la erudición de nuestro tiempo y mostró cómo con ella se pierde de vista lo esencial, y cómo El Principito, que no entiende nada de todas las cosas eruditas, ve, en última instancia, más y mejor.
¿Qué es lo que importa? ¿Qué es lo auténtico, lo que sustenta? Ver lo sencillo, eso es lo que importa, ¿Por qué Dios no habría de ser capaz de regalar un alumbramiento también a una virgen? ¿Por qué no podría resucitar Cristo? Por supuesto, si yo mismo establezco lo que tiene permitido ser y lo que no, si yo y nadie más que yo determino los límites de lo posible, entonces tales fenómenos deben excluirse.
Es una arrogancia del intelecto que digamos: esto contiene en sí algo contradictorio, sin sentido, y ya sólo por eso no es posible en absoluto. No es asunto nuestro decidir cuantas posibilidades abriga en sí el cosmos, cuántas se esconden en él y por encima de él. A través del mensaje de Cristo y de la Iglesia el saber sobre Dios se nos acerca de forma creíble. Dios quiso entrar en este mundo. Dios quiso que no quedáramos limitados a presentirlo sólo desde lejos a través de la física y de la matemática. Él quiso mostrársenos. Y así pudo hacer también lo que se narra en los evangelios. Pudo así crear también en la resurrección una nueva dimensión de la existencia, pudo colocar, como dice Teilhard de Chardin, más allá de la biosfera y de la noosfera, una esfera nueva en la que el hombre y el mundo llegan a la unidad con Dios.
Según admite el físico nuclear Werner Heisenberg, la realidad está constituida de tal modo que también lo improbable es en principio susceptible de ser pensado. El científico, premio Nobel, lo resume en esta frase: «El primer sorbo de la copa de la ciencia vuelve ateo, pero en el fondo de la copa está esperando Dios».
En eso le daría toda la razón. Sólo mientras se está en la embriaguez de los conocimientos aislados se afirma: no va más, con esto lo sabemos todo. Pero en el momento en que se reconoce la inaudita grandeza del conjunto, la mirada se extiende más allá y surge la pregunta por un Dios del que proviene todo.
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Uno de los acontecimientos más descollantes de lo que va de su pontificado es la aparición del primer tomo de su libro sobre Jesús, al que ahora seguirá el segundo. Con ello es la primera vez que un papa en funciones presenta un decidido estudio teológico sobre Jesucristo. Sin embargo, en la cubierta figura como nombre de autor Joseph Ratzinger.
Justamente, no es un libro del magisterio, un libro que yo haya escrito en mi potestad papal. Sino un libro que me he propuesto desde hace largo tiempo como mi última gran obra y con el que ya había comenzado antes de mi elección como papa.
Muy conscientemente, no he querido hacer con él un acto de magisterio, sino entrar en la discusión teológica e intentar presentar una exégesis, una interpretación de la Escritura, que no siga un historicismo positivista sino que incorpore también la fe como elemento de la interpretación. Naturalmente, en el paisaje exegético actual se trata de un riesgo tremendo. Pero si la interpretación de la Escritura quiere ser realmente teología, tiene que existir esto. Y si la fe ha de ayudarnos a comprender, no se la debe entender como impedimento, sino como ayuda a fin de que lleguemos también más cerca de los textos que provienen de la fe y que quieren conducir hacia la fe.
No se elige a un papa para que sea autor de bestsellers. Pero ¿no tiene que parecerle casi como una conducción providencial el que pueda usted presentar este libro precisamente aquí, donde, después de la cátedra pequeña de la universidad, tiene a su disposición la cátedra de Pedro como la mayor tribuna del mundo?
Eso lo dejo en manos del buen Dios. Yo quise escribir el libro para ayudar a los hombres. Si en virtud de la elección como papa puede ayudar aún a más personas, me alegro, por supuesto.
Jesús de Nazaret es la quintaesencia de un hombre que, como sacerdote, teólogo, obispo, cardenal, y ahora papa, se ha ocupado toda la vida con la figura de Jesús. ¿Qué cosa le parece la más importante?
Precisamente que en ese hombre, Jesús -él es hombre verdadero-, hay alguien que es más que hombre. Y que la divinidad no fue, por así decirlo, agregada sólo en el curso de ulteriores mitificaciones. No: ya en el origen de la figura, en la primera tradición y en el primer encuentro, aparece algo que desborda todas las expectativas.
En una ocasión dije que lo especial está al comienzo. Los discípulos tienen que apropiárselo lentamente. Al comienzo está también la cruz. Los discípulos intentan todavía comprender el acontecimiento en el contexto de lo que resulta accesible en general. Sólo paulatinamente se les abre toda la grandeza de Jesús, y ellos ven cada vez con mayor claridad lo que estaba al comienzo, sea, ven la originalidad de la figura de Jesús, de quien decimos en el Credo: Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.
¿Qué quiere Jesús de nosotros?
Quiere de nosotros que creamos en Él. Que nos dejemos conducir por Él. Que vivamos con Él. Y que así lleguemos a ser cada vez más semejantes a Él y, de ese modo, lleguemos a ser de la forma correcta.
Lo que hace de su obra un acontecimiento es que marca un cambio de paradigma, un giro en la consideración de los evangelios y en el trato con ellos.
El «método histórico critico» tuvo sus méritos, pero ha introducido también un funesto desarrollo erróneo. Con su «desmitologización», ha conducido no sólo a una tremenda
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superficialidad y ceguera frente a los estratos profundos y a los mensajes de fondo de la Biblia.
Hoy tenemos que constatar que los supuestos hechos fácticos de los escépticos, que desde hace doscientos años relativizan prácticamente todas las indicaciones de la Biblia, eran muchas veces puras hipótesis.
¿No debería decirse, con más claridad de lo que hasta ahora se ha hecho, que aquí se ha practicado una pseudociencia que operaba no de forma cristiana sino anticristiana, y que condujo a millones de personas al error?
Yo no juzgaría con tanta dureza. La aplicación del método histórico a la Biblia como texto histórico ha sido un camino que había que recorrer. Si creemos que Cristo es historia real y no mito, el testimonio acerca de Él tiene que ser también históricamente accesible. En ese sentido el método histórico nos ha regalado también muchas cosas. Hemos llegado de nuevo a una mayor cercanía del texto y de su originalidad, vemos con más precisión cómo creció, y muchas cosas más.
El método histórico-crítico seguirá siendo siempre una dimensión de la interpretación. El Vaticano II lo mostró con claridad al presentar, por una parte, los elementos esenciales del método histórico como parte necesaria del acceso a la Biblia, pero agregando al mismo tiempo que la Biblia tiene que leerse en el espíritu en el que fue escrita. Debe leerse en su integridad, en su unidad. Y eso sólo es posible si se la considera como un libro del pueblo de Dios que avanza hacia Cristo.
Lo necesario no es terminar con el método histórico, sino una autocrítica suya, una autocrítica de la razón histórica que reconozca sus límites y la compatibilidad con un conocimiento proveniente de la fe; dicho brevemente: la síntesis entre una interpretación racional histórica y una guiada desde la fe. Tenemos que aunar ambas cosas de forma correcta. Y esto corresponde también a la relación fundamental entre fe y razón.
Consta que Jesús no está documentado solamente por los escritos de los evangelios, sino también, además, por múltiples fuentes extra bíblicas. Estas no dejan dudas acerca de su existencia histórica ni de su veneración como el Mesías esperado desde mucho tiempo atrás. Los autores de los evangelios investigaron con precisión y escribieron de forma cautivadora y veraz, sin caer en la tentación de atenuar o glorificar alguna cosa. Los detalles de su relato coinciden con las realidades históricas.
Para formularlo con claridad: ¿no queda ya más duda de que el Jesús histórico y el llamado «Jesús de la fe» son idénticos?
Ése era justamente el punto principal de mi libro: mostrar que el Jesús en quien se cree es realmente también el Jesús histórico, y que la figura que muestran los evangelios es mucho más realista y creíble que las muchas otras figuras de Jesús que nos son expuestas siempre de nuevo. No sólo son figuras sin carne ni sangre, sino también irrealistas, porque a través de ellas no puede explicarse cómo de pronto, muy rápidamente, aparece en la existencia algo totalmente distinto, que va más allá de todo lo habitual.
Desde luego, aquí se ha metido usted en un avispero entero de problemas históricos. Yo sería más cauteloso y diría que las investigaciones de los detalles siguen siendo importantes y útiles, aun cuando el exceso de hipótesis conduce poco a poco al absurdo. Está claro que los evangelios están también determinados por la situación concreta de los portadores de la tradición y que se encarnan de inmediato en la fe. Pero aquí no podemos entrar en esos detalles. Lo 81 de 99
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importante es: realista, histórico es sólo el Cristo en el que creen los evangelios, no el que ha sido destilado nuevamente en las numerosas investigaciones.
Los evangelios no fueron consignados por escrito a una gran distancia temporal de los acontecimientos, como se pensó durante mucho tiempo, sino de forma especialmente cercana en el tiempo, Además, estos escritos fueron transmitidos con una excepcional fidelidad textual. Quien hoy en día lee el Nuevo Testamento, más allá de inseguridades en la traducción de determinadas palabras y de cuestiones estilísticas, lo lee exactamente como fue escrito hace dos mil años, Así lo expresaba en su análisis el estudioso de la historia de los textos Ulrich Victor,
¿Significa esto que nunca se ha dado una «conformación» y, con ello, una «transformación» del mensaje de Jesús por parte de la primera comunidad cristiana o de generaciones posteriores, como afirman muchos intérpretes de la Biblia?
Lo que está claro es, en primer lugar, que los textos tienen cercanía a la época, Sobre todo a través de Pablo, llegamos directamente hasta los acontecimientos, Su testimonio sobre la última cena y sobre la resurrección -Primera carta a los Corintios 11 y 15- proviene textualmente de los años treinta. En segundo lugar, está claro y es evidente que los textos han sido tratados respetuosamente como textos sagrados, y que así también se los ha fijado en la memoria y transmitido posteriormente de forma escrita.
Pero, como es natural, también es cierto -y lo vemos en la comparación de los Evangelios sinópticos- que en los tres Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas se transmite lo mismo con leves variaciones, y que también los contextos de tiempo y de acontecimientos han sido fijados de forma diferente. Esto significa que los portadores de la tradición han establecido también una relación con la comprensión de la comunidad de cada uno de ellos, relación en la que después aparece ya lo permanente del pasado. En tal sentido hay que prestar atención a que no se trataba de anotaciones de minuta, que, por así decirlo, debiesen ser meras fotografías. Se trataba de una fidelidad cuidadosa, pero de una fidelidad que ya comparte la vida y plasma una forma, aunque sin influir por ello en lo esencial.
El teólogo Joseph Ratzinger demuestra con hechos irrebatibles y con una lógica irrefutable que Jesús es Aquel que tiene plena potestad, el Señor del Universo, Dios mismo que se ha hecho hombre. La aparición de Jesús ha cambiado el mundo como no lo fue nunca antes. Es la mayor cesura y la mayor revolución de la historia de la humanidad. Y sin embargo, siempre quedará un resto de duda. ¿Tal vez entre otras razones porque el acto de la encarnación de Dios en un hombre sobrepasa simplemente nuestra capacidad de captación?
Sí, en eso hay que darle a usted toda la razón. Se deja simplemente espacio a la libertad humana de decidir y de decir sí. Dios no se impone de la forma como yo puedo establecer que aquí, sobre la mesa, hay un vaso, que está ahí. Su existencia es un encuentro que llega hasta lo más íntimo y profundo del hombre, pero que nunca puede ser reducido a la tangibilidad de una cosa meramente material. Por eso, desde la magnitud del acontecimiento queda claro que la fe es siempre un acontecer de libertad. Ese acontecer abriga en sí la certeza de que aquí se trata de algo verdadero, de una realidad, pero que, a la inversa, nunca excluye del todo la posibilidad de la negación.
Ocuparse con la vida y la doctrina de Jesús ¿no tiene que ser siempre también una pregunta a la Iglesia? ¿No ha de sentirse uno mal cuando como autor se introduce de forma totalmente nueva en esa historia y constata cuánto se ha apartado la Iglesia una y otra vez del camino que le indicara el Hijo de Dios?
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Y... sí, justamente en este tiempo de los escándalos nos hemos sentido realmente mal al ver qué miserable es la Iglesia y cuánto fallan sus miembros en el seguimiento de Jesucristo. Éste es un aspecto, algo que tenemos que experimentar para nuestra humillación, para nuestra verdadera humildad. El otro es que, a pesar de ello, Él no deja a la Iglesia de su mano. Que, a pesar de la debilidad de los hombres en los que ella se presenta, Él la sostiene, despierta en ella a los santos y está presente a través de ella. Creo que estas dos sensaciones forman una unidad: la conmoción por la miseria, por la pecaminosidad de la Iglesia, y la conmoción por el hecho de que Él no deja de su mano a este instrumento, sino que actúa con él, que se muestra siempre de nuevo a través de la Iglesia y en ella.
Jesús no trae solamente un mensaje; Él es también el Salvador, el Sanador, el Christus medicus, como lo formula una antigua expresión. En esta sociedad muchas veces tan quebrada, dañada, sobre la que hemos hablado mucho en esta entrevista, ¿no es justamente la misión primordial de la Iglesia hacer que se vea con claridad especialmente la oferta de salvación del evangelio? A fin de cuentas, Jesús dio a sus discípulos suficiente fuerza como para que, además del anuncio, pudiesen también expulsar demonios y curar.
Sí, esto es decisivo. La Iglesia no impone cosa alguna a los hombres ni ofrece algún sistema moral. Lo realmente decisivo es que ella lo da a Él. Que abre las puertas hacia Dios y, con ello, da a los hombres lo que más esperan, lo que más necesitan, lo que también más puede ayudarlos. Lo hace sobre todo a través del gran milagro del amor, que acontece una y otra vez. Lo hace cuando hay hombres que, motivados por Cristo -sin obtener una ganancia de ello, sin tener que hacerlo como profesión- acompañan a otros y les ayudan. Este carácter terapéutico -como dice Eugen Biser- del cristianismo, el carácter de curación y de don, tendría que manifestarse realmente con mucha más claridad.
Un gran problema para los cristianos es su exposición en un mundo que, en el fondo, bombardea permanentemente los valores alternativos de la cultura cristiana. ¿No es realmente imposible resistirse por completo a este tipo de propaganda mundial a favor de un comportamiento negativo?
Realmente necesitamos en cierto modo islas en las que la fe en Dios y la sencillez interior del cristianismo estén vivas e irradien; oasis, arcas de Noé en las que el hombre pueda refugiarse siempre de nuevo. Los ámbitos de la liturgia son ámbitos de refugio. Pero también en las diferentes comunidades y movimientos, en las parroquias, en las celebraciones de los sacramentos, en las prácticas de piedad, en las peregrinaciones, etcétera, la Iglesia intenta brindar defensas y desarrollar también refugios en los que, en contraposición a todo lo roto que nos rodea, se haga visible nuevamente la belleza del mundo y de la posibilidad de vivir.
18. De los novísimos
Jesús no recomendó a sus discípulos la espada, pero les dio un armamento diferente: «Os enviaré el Espíritu», les prometió. ¿Se da con ello el acceso a un pensamiento que lleve más allá de lo habitual? ¿Una suerte de inteligencia espiritual, que hoy podríamos descubrir de forma totalmente nueva?
Naturalmente, no hay que imaginárselo de forma demasiado mecánica. No es que, por así decirlo, se agregue una planta más al edificio de nuestra existencia habitual. Pero, en el sentido de que el contacto interior con Dios por Cristo, con Él y en Él, abre en nosotros realmente posibilidades nuevas y ensancha nuestro corazón y nuestro espíritu, nuestra fe, le da realmente a nuestra vida una dimensión más amplia.
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Sería tal vez algo así como una meta-red, infinitamente más veloz que Internet, y en cualquier caso más libre, verdadera y positiva.
Eso es, en efecto, lo que se ha expresado con communio sanctorum: que todos estamos de alguna manera en una unión profunda y nos reconocemos aún cuando nunca nos hayamos visto, porque el mismo Espíritu, el mismo Señor actúa en nosotros.
En su discurso de Lisboa declaró usted que una tarea primordial de la Iglesia consiste actualmente en hacer a los hombres capaces de «mirar más allá de las cosas penúltimas y ponerse a la búsqueda de las últimas». La doctrina de las «cosas últimas». De los «novísimos», es un contenido central de la fe. Ella trata temas como el infierno, el purgatorio, el anticristo, la persecución de la Iglesia en el tiempo final, la segunda venida de Cristo y el juicio final. ¿Por qué reina en el anuncio un silencio tan llamativo sobre los temas escatológicos, que, a diferencia de ciertos tópicos internos constantes de la Iglesia, son realmente de índole existencial e incumben a todo el mundo?
Ésa es una cuestión muy seria. Nuestra predicación, nuestro anuncio está orientado realmente de forma unilateral hacia la plasmación de un mundo mejor, mientras que el mundo realmente mejor casi no se menciona ya. Aquí tenemos que hacer un examen de conciencia. Por supuesto, se intenta salir al encuentro de los oyentes, decirles aquello que se halla dentro de su horizonte. Pero nuestra tarea es al mismo tiempo abrir ese horizonte, ampliarlo y mirar hacia lo último.
Estas cosas son arduas para los hombres de hoy. Les parecen irreales. En lugar de ellas quisieran respuestas concretas para el ahora, para las vicisitudes de la vida cotidiana. Pero tales respuestas siguen siendo incompletas si no permiten sentir y reconocer también por dentro que yo voy más allá de esta vida material, que existe el juicio, que existen la gracia y la eternidad. En ese sentido debemos encontrar también palabras y modalidades nuevas para hacer posible al hombre romper la «barrera del sonido» de la finitud.
Todas las profecías de Jesús se han hecho verdad. Sólo una está pendiente: la de su segunda venida. Sólo su cumplimiento hace plenamente verdadera la Palabra de la «salvación». Usted acuñó el concepto de «realismo escatológico». ¿Qué significa eso, exactamente?
Significa que esas cosas no son espejismos y utopías inventadas de alguna manera, sino que aciertan exactamente en la realidad. Realmente es preciso tener siempre presente que Él nos dice, con la mayor certidumbre: Yo vengo de nuevo. Esta palabra está por encima de todo. Por eso la misa se celebraba originariamente en dirección hacia Oriente, hacia el Señor que viene de nuevo, simbolizado en el sol.
Por eso, cada misa es el caminar al encuentro de Aquel que viene. Así se anticipa de alguna manera esa venida; vamos hacia Él, y ya ahora, en anticipación, Él viene. Suelo comparar esto con la historia de las bodas de Caná. Allí, el Señor dice primeramente a María: «Todavía no ha llegado mi hora». No obstante, después concede el vino nuevo y, por así decirlo, anticipa su hora, que todavía vendrá.
En la eucaristía se hace presente este realismo escatológico: vamos al encuentro de Él -como de Aquel que viene-, y, ya ahora, Él viene y anticipa esa hora que, un día, tendrá su carácter definitivo. Deberíamos comprenderlo de tal modo que vayamos al encuentro del Señor que ya viene siempre, que nos introduzcamos en su venida, y que, de ese modo, nos dejemos insertar en la realidad mayor, precisamente más allá de la cotidianidad.
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La religiosa Faustina Kowalska, canonizada por Juan Pablo II, escuchó hace unos ochenta años en una visión las palabras de Jesús: «Tú debes preparar el mundo para mi venida definitiva». ¿Hay que tomar esto en serio?
Si se lo comprendiera de manera cronológica, en el sentido de que, por así decirlo, nos preparemos de forma inmediata a la segunda venida, sería erróneo. Si se lo comprende en el sentido espiritual que acabamos de exponer, de que el Señor es siempre Aquel que viene y que nos preparamos siempre también a la venida definitiva justamente si vamos hacia su misericordia y nos dejamos formar por ella, entonces es correcto. Dejarse formar por la misericordia de Dios como poder opuesto a la falta de misericordia del mundo: ésa es, por así decirlo, la preparación para que vengan Él mismo y su misericordia.
Quisiera insistir una vez más en este punto. En el único libro profético del Nuevo Testamento, el Apocalipsis de Juan, que se entiende como buena noticia, todo está orientado hacia la segunda aparición de Cristo. Ya los eruditos bíblicos y los monjes y astrónomos de la época de Jesús se habían ocupado de calcular el momento de la venida del Mesías.
El científico alemán Rüdiger Holinski cree haber descubierto ahora que las cartas mencionadas en el Apocalipsis a las siete comunidades no se refieren a siete lugares, sino que representan de forma cifrada las sucesivas épocas de la historia de la Iglesia.
Así, el nombre de la séptima y última comunidad, Laodicea (traducido: derecho del pueblo), representa una protesta generalizada y el ansia de intervención. Siempre según Holinski, el paralelo «séptimo sello» representa una época caracterizada por angustias, depresiones, falsos doctores de la Iglesia y nuevas religiones, un tiempo en que las obras no van a ser ni frías ni calientes.
Como quiera que sea, el mundo se encuentra hoy amenazado como casi nunca antes. Como hemos tratado también aquí, en muchos ámbitos la devastación de nuestro hogar planetario ha alcanzado el punto de no retorno. La situación de la fe está afectada por cambios dramáticos. La conciencia de fe desaparece, hay que cerrar iglesias, una dictadura anticristiana de opinión actúa ya no de forma sutil, sino abiertamente agresiva. A ello se agrega que el hombre ataca ahora el último tabú bíblico, el «árbol de la vida», la manipulación y producción de la vida misma.
¿Lo ha inducido esta situación a advertir, en su libro sobre Jesús, de que hay que aplicar en especial también las palabras de Jesús sobre el juicio a nuestra situación actual?
Yo soy escéptico frente a tales interpretaciones. El Apocalipsis es un libro misterioso y tiene muchas dimensiones. Yo dejaría en suspenso la cuestión de si lo que dice este intérprete es también una de esas dimensiones. En cualquier caso, el Apocalipsis no da ningún esquema de una posibilidad de cálculo cronológico. Justamente lo llamativo en él es que, cuando se cree que ha llegado propiamente el final, todo empieza de nuevo desde el comienzo. Es decir, el Apocalipsis refleja misteriosamente la continuación de las tribulaciones sin decirnos al mismo tiempo cuándo y cómo vendrá exactamente una respuesta y cuándo y cómo se nos mostrará el Señor.
No es un libro apropiado para cálculos cronológicos. Lo importante es que cada tiempo se disponga para la cercanía del Señor. Que justamente nosotros, aquí y ahora, estamos bajo el juicio del Señor y nos dejamos juzgar desde su juicio. Mientras que antes de Bernardo de Claraval se hablaba de las dos venidas de Cristo -una vez en Belén, la segunda vez al fin de los tiempos-, él habló de un adventus medius, de una venida intermedia por la que el Señor entra periódicamente siempre de nuevo en la historia.
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Creo que con eso encontró el tono correcto. No podemos determinar cuándo llegará el mundo a su fin. Cristo mismo dice que nadie lo sabe, ni siquiera el Hijo. Tenemos que estar siempre, por así decirlo, en la cercanía de su venida, y, sobre todo en las tribulaciones, estar seguros de que Él se halla cerca. Al mismo tiempo, deberíamos saber que, en nuestras propias acciones, estamos bajo juicio.
No sabemos cuándo será, pero, conforme al evangelio, sabemos que sucederá. «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con Él -dice en Mateo-, entonces se sentará en su trono de gloria.» Separará a la humanidad como un pastor separa a las ovejas de los cabritos. A las primeras les dirá: «Venid, benditos de mi Padre: tomad en herencia el reino que para vosotros está preparado desde la creación del mundo». Y a los otros: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno».
El carácter inequívoco de las advertencias es subrayado por Juan: «Yo soy la luz, y he venido al mundo para que nadie que crea en mí quede en tinieblas». Hay muchas otras palabras de juicio semejantes. Esas cosas ¿están pensadas sólo de forma simbólica?
Por supuesto que no. Es un juicio final real el que tendrá lugar. Como un penúltimo juicio, por así decirlo, ese juicio se avecina al hombre siempre ya en la muerte. El gran escenario que esboza sobre todo Mateo 25, con las ovejas y los cabritos, es una parábola de lo inimaginable. No podemos imaginarnos ese proceso inaudito en el que todo el cosmos se halle ante el Señor, la historia entera esté ante Él. Tiene que ser expresado en imágenes, en las que podamos barruntarlo. Cómo será esto visualmente escapa a nuestra capacidad de imaginación.
Pero que tal es el Juez, que tendrá lugar un juicio real, que la humanidad será separada y que, entonces, existe también la posibilidad de la perdición, que las cosas no son indiferentes, es muy importante.
Hoy la gente tiende a decir: y bueno, tan mal no se darán las cosas. Al fin y al cabo, es muy difícil que Dios sea así. Pero no, Él nos toma en serio. Y está el hecho de la existencia del mal, que permanece y tiene que ser condenado. En tal sentido, aún con toda la alegre gratitud por el hecho de que Dios es tan bueno y nos da su gracia, deberíamos percibir también e inscribir en nuestro programa de vida la seriedad del mal, el mal que hemos visto en el nazismo y en el comunismo y que vemos también hoy a nuestro alrededor.
Hace 14 años le pregunté si acaso vale todavía la pena subirse a esta nave de la Iglesia, que parece un poco debilitada por la edad. Hoy hay que preguntar si esa nave no se asemeja cada vez más a un arca de Noé, ¿Qué piensa el papa? ¿Podemos salvar todavía este planeta por nuestras propias fuerzas?
De cualquier manera, por sus propias fuerzas el hombre no puede dominar la historia, Que el hombre está amenazado, que se amenaza a sí mismo y amenaza el mundo se hace hoy de algún modo visible a través de las pruebas científicas. Sólo puede ser salvado si en su corazón crecen las fuerzas morales; fuerzas que sólo pueden provenir del encuentro con Dios; fuerzas que ofrecen resistencia. En tal sentido lo necesitamos a Él, al Otro, que nos ayuda a ser lo que nosotros mismos no podemos; y necesitamos a Cristo, que nos reúne en una comunidad a la que llamamos Iglesia.
Según el Evangelio de Juan, Jesús dice, en un pasaje decisivo, que de lo que se trata es del mandato del Padre: «Y yo sé bien que este mandato suyo es vida eterna». ¿Es eso por lo que Jesús vino al mundo?
Sin ninguna duda. De eso se trata: de que lleguemos a ser capaces de Dios y, así, podamos entrar en la vida auténtica, en la vida eterna. Realmente Él vino para que 86 de 99
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conozcamos la verdad. Para que podamos tocar a Dios. Para que nos esté abierta la puerta. Para que encontremos la vida, la vida real, la que ya no está sometida a la muerte.
ANEXO
Grave pecado contra niños indefensos
De la carta pastoral del 19-3-2010 a los católicos de Irlanda
Comparto la desazón y el sentimiento de traición que muchos de vosotros habéis experimentado al enteraros de esos actos pecaminosos y criminales y del modo en que los afrontaron las autoridades de la Iglesia. [ ... ]
Al mismo tiempo, también debo expresar mi convicción de que para recuperarse de esta dolorosa herida, la Iglesia en Irlanda debe reconocer en primer lugar ante Dios y ante los demás los graves pecados cometidos contra niños indefensos. Ese reconocimiento, junto con un sincero pesar por el daño causado a las víctimas y a sus familias, debe desembocar en un esfuerzo conjunto para garantizar que en el futuro los niños estén protegidos de semejantes delitos. [ ... ]
Sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que dieron lugar a la crisis actual es posible efectuar un diagnóstico claro de sus causas y encontrar remedios eficaces. Ciertamente, entre los factores que contribuyeron a ella, podemos enumerar: procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados; una tendencia en la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos, cuyo resultado fue la falta de aplicación de las penas canónicas en vigor y la falta de tutela de la dignidad de cada persona. [ ... ]
A las víctimas de abuso y a sus familias: Habéis sufrido inmensamente y eso me apesadumbra en verdad. Sé que nada puede borrar el mal que habéis soportado. Vuestra confianza ha sido traicionada y vuestra dignidad ha sido violada. Muchos habéis experimentado que cuando teníais el valor suficiente para hablar de lo que os había pasado, nadie quería escucharos. Los que habéis sufrido abusos en los internados debéis haber sentido que no había manera de escapar de vuestros sufrimientos. Es comprensible que os resulte difícil perdonar o reconciliaros con la Iglesia. En su nombre, expreso abiertamente la vergüenza y el remordimiento que sentimos todos. [ ... ]
A los sacerdotes y religiosos que han abusado de niños: Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros hermanos sacerdotes o religiosos. Los que sois sacerdotes habéis violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Además del inmenso daño causado a las víctimas, se ha hecho un daño enorme a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa.
Os exhorto a examinar vuestra conciencia, a asumir la responsabilidad de los pecados que habéis cometido y a expresar con humildad vuestro pesar. [ ... ] Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios. [ ... ]
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A mis hermanos obispos: No se puede negar que algunos de vosotros y de vuestros predecesores habéis fallado, a veces gravemente, a la hora de aplicar las normas, codificadas desde hace largo tiempo, del derecho canónico sobre los delitos de abusos de niños. Se han cometido graves errores en la respuesta a las acusaciones. Reconozco que era muy difícil captar la magnitud y la complejidad del problema, obtener información fiable y tomar decisiones adecuadas a la luz de los pareceres divergentes de los expertos. No obstante, hay que reconocer que se cometieron graves errores de juicio y hubo fallos de gobierno. Todo esto ha socavado gravemente vuestra credibilidad y eficacia. [ ... ] Además de aplicar plenamente las normas del derecho canónico concernientes a los casos de abuso de niños, seguid cooperando con las autoridades civiles en el ámbito de su competencia. [ ... ] Sólo una acción decidida llevada a cabo con total honradez y transparencia restablecerá el respeto y el aprecio del pueblo irlandés por la Iglesia a la que hemos consagrado nuestra vida.
Fe y violencia
Del «Discurso de Ratisbona», del 12-9-2006
Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: ..Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba». El emperador, después de pronunciarse de un modo tan duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia esta en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma... Dios no se complace con la sangre» -dice-; no actuar según la razón (sin logo) es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas.
Sida y humanización de la sexualidad
De la entrevista durante el vuelo a Camerún, el 17-3-2009
Santidad, entre los muchos males que afligen a África, destaca el de la difusión del sida. La postura de la Iglesia católica sobre el modo de luchar contra él a menudo no se considera realista ni eficaz. ¿Afrontará este tema durante el viaje? (Philippe Visseyrias de France 2).
Yo diría lo contrario: pienso que la realidad más eficiente, más presente en el frente de la lucha contra el sida es precisamente la Iglesia Católica, con sus movimientos, con sus diversas realidades. Pienso en la Comunidad de San Egidio que hace mucho, visible e invisiblemente, en la lucha contra el sida, en los Camilos, en tantas otras cosas, en todas las religiosas que están al servicio de los enfermos. [ ... ] Diría que no se puede superar este problema del sida sólo con dinero, aunque éste sea necesario; pero si no hay alma, si los africanos no ayudan (comprometiendo la responsabilidad personal), no se puede solucionar este flagelo distribuyendo preservativos; al contrario, aumentan el problema.
La solución sólo puede ser doble: la primera, una humanización de la sexualidad, es decir, una renovación espiritual y humana que conlleve una nueva forma de comportarse el uno con el otro; y la segunda, una verdadera amistad también y sobre todo con las personas que sufren; una disponibilidad, aún a costa de sacrificios, con renuncias personales, a estar con los que sufren. Éstos son los factores que ayudan y que traen progresos visibles.
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Por tanto, yo diría que nuestras dos fuerzas son estas: renovar al hombre interiormente, darle fuerza espiritual y humana para un comportamiento correcto con respecto a su propio cuerpo y al de los demás, y esa capacidad de sufrir con los que sufren, de permanecer presente en las situaciones de prueba. Me parece que esta es la respuesta correcta, y la Iglesia hace esto; así da una contribución muy grande e importante. Damos las gracias a todos los que lo hacen.
Benedicto XVI: Biografía hasta la elección papal
1927-1937
Joseph Alois Ratzinger nace el 16 de abril de 1927, sábado santo, a las 4.15 horas en Marktl dellnn, comarca de Altotting. Sus padres son Joseph Ratzinger (6 de marzo de 1877; + 25 de agosto de 1959), comisario de gendarmería, y Maria Ratzinger (8 de enero de 1884; + 16 de diciembre de 1963), hija de panaderos. Joseph es el tercero y último hijo del matrimonio, después de Maria Theogona (7 de diciembre de 192]; + 2 de noviembre de 1991) y de Georg (15 de enero de 1924). En julio de 1929 la familia se muda a Tittmoning, y en diciembre de 1932 a Aschau del Inn, donde Joseph Alois comienza su escolarización. A partir de 1937 la familia vive en Hufschlag, cerca de Traunstein.
1937-1945
1937: entrada en el Instituto de enseñanza secundaria de Traunstein; 1939: entrada en el seminario arzobispal Sto Michael, en Traunstein; 1943 a 1945: servicio militar como auxiliar de artillería antiaérea, en servicio de trabajo y como soldado de infantería; mayo a junio de 1945, prisionero de guerra de las fuerzas estadounidenses en Neu-Ulm. En 1945 obtiene el bachillerato en el instituto de enseñanza secundaria Chiemgau-Gymnasium, de Traunstein.
1945-1951
Desde diciembre de 1945 hasta el verano de 1947: estudios de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Teología de Frisinga, cerca de Múnich. A continuación, estudios de Teología en la Universidad de Múnich. Desde fines de otoño de 1951 hasta junio de 1951: alumno del seminario de Frisinga en preparación para la ordenación sacerdotal.
1951-1953
Ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 en Frisinga junto con su hermano Georg, por imposición de las manos del cardenal Michael Faulhaber. Julio de 1951: suplencia sacerdotal en Múnich-Moosach (parroquia de San Martín). A partir del 1 de agosto de 1951: vicario en Múnich-Bogenhausen (parroquia de la Preciosísima Sangre). Desde octubre de 1952 hasta el verano de 1954: docente en el seminario de Frisinga; colaboración sacerdotal en las iglesias de Frisinga. 1953: doctorado en la Universidad de Múnich (tema de la tesis: "Pueblo y Casa de Dios en la doctrina de san Agustín sobre la Iglesia).
1954-1959
A partir del semestre de invierno de 1954-1955: docente de Teología Dogmática y Teología Fundamental en la Facultad de Filosofía y Teología de Frisinga. 1957: habilitación como catedrático en la Universidad de Múnich en Teología Fundamental (tema de la tesis de habilitación: "La teología de la historia de san Buenaventura”). 1958-1959: profesor extraordinario de Dogmática y Teología Fundamental en la Facultad de Filosofía y Teología en Frisinga.
1959-1963
Titular de la cátedra de Teología Fundamental en la Universidad de Bonn. Tema de la clase inaugural: "El Dios de la fe y el Dios de los filósofos”.
1962-1965
Consultor del cardenal Joseph Frings, de Colonia, y perito en el Concilio Vaticano II. Miembro de la Comisión sobre la fe de los obispos alemanes y de la Comisión Pontificia Internacional de Teólogos en Roma.
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1963-1966
Profesor titular de Dogmática e Historia de los Dogmas en la Universidad de Münster (tema de la clase inaugural: «Revelación y tradición»).
1966-1969
Profesor titular de Dogmática e Historia de los Dogmas en la Universidad de Tubinga. En 1968 aparece su libro Introducción al cristianismo.
1969-1977
Profesor titular de Dogmática e Historia de los Dogmas en la Universidad de Ratisbona. En 1972 funda, junto con Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y otros teólogos, la revista católica internacional Communio. De 1976 a 1977, vicepresidente de la Universidad de Ratisbona.
1977-1982
25 de marro de 1977: nombramiento como arzobispo de Múnich y Frisinga por el papa Pablo VI; consagración episcopal el 28 de mayo. Su lema episcopal es: Cooperatores veritatis, colaboradores de la verdad (según la Tercera carta de Juan, verso 8); 27 de junio de 1977: es creado cardenal. Compromiso como profesor honorario de la Universidad de Ratisbona.
1978
Año de los tres papas. Tras la muerte de Pablo VI (6 de agosto), participación en el cónclave con la elección de Albino Luciani como papa Juan Pablo I; octubre: tras la muerte de Luciani (28 de septiembre), participación en el cónclave en el que, el 16 de octubre, Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, sale elegido como papa Juan Pablo II, cuya elección Ratzinger apoya de forma determinante. Wojtyla es el primer no italiano que accede a la sede de Pedro desde 1523.
1981-2005
25 de noviembre de 1981: Juan Pablo II nombra a Ratzinger prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, con ello, también presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional. (Asunción del cargo en Roma y despedida de Munich en marro de 1982).
1986-1992
Director de la Comisión pontificia para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica (presentado el 12 de diciembre de 1992). 1991: miembro de la Academia Europea de Ciencias y Artes. 1992: elección como miembro de la Académie des Sciencies Morales et Politiques de l'Institut de France, París. 1993: elevación a cardenal obispo de la sede suburbicaria de Velletri-Segni. 1998: a instancias de Ratzinger, apertura del archivo del ex Santo Oficio; elección como vicedecano del Colegio Cardenalicio; nombramiento de comandante de la Legión de Honor por el presidente de Francia. 1999: Ratzinger firma la "Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación», emitida por la Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial, cuya redacción él había impulsado de forma determinante. 2000: publicación de la declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. Desde el 13 de noviembre de 2000, miembro honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias. 2001: ante los numerosos casos de abuso de menores por parte de clérigos y de la deficiente gestión del problema por parte de las autoridades eclesiásticas, Ratzinger avoca la competencia a la Congregación para la Doctrina de la Fe y comienza el procesamiento de tres mil casos; siguen reglas de aplicación en el Vaticano (2001) y en Alemania (2002). 2002: elección como decano del Colegio de Cardenales; participación en la jornada mundial de oración en Asís.
Otras tareas en la curia romana durante esos años: miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica, para el Clero y para las Causas de los Santos; miembro de los Consejos pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Cultura; miembro del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y de las Comisiones pontificias para América Latina, ... «Ecclesia Dei», para la Interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico y para la Revisión del Código de Derecho Canónico Oriental.
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Doctorados honoris causa: College of St. Thomas en St. Paul, Estados Unidos (1984); Universidad católica de Lima, Perú (1986); Universidad católica de Eichstlitt, Alemania (1987); Universidad católica de Lublin, Polonia (1988); Universidad de Navarra, Pamplona, España (1998); Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA), Roma (1999); Facultad de teología de la Universidad de Wroclaw, Polonia (2000).
Breve crónica del pontificado
2005
2 de abril. Muerte de Juan Pablo II.
8 de abril. Como decano del Colegio Cardenalicio, el cardenal Ratzinger dirige las solemnes exequias del difunto pontífice así como el subsiguiente cónclave. La misa de difuntos por Juan Pablo II, con cerca de cinco millones de participantes, es presumiblemente la mayor celebración religiosa que se haya realizado en la historia de la humanidad.
18 de abril. Comienzo del cónclave con la entrada de los 115 cardenales electores a la Capilla Sixtina. Discurso de apertura de Ratzinger sobre el «relativismo».
19 de abril. De un cónclave especialmente corto, de 23 horas de duración, surge Joseph Ratzinger como 265° papa en la historia de la Iglesia católica romana. El nuevo pontífice elige el nombre de Benedicto, basándose en el fundador de los benedictinos, Benito de Nursia, pero también en su predecesor Benedicto XV, que fue llamado «papa de la paz» en virtud de sus iniciativas por la paz durante la primera guerra mundial.
Benedicto XVI es el primer papa de la modernidad que renuncia a la presencia, en el escudo papal, de la tiara, que es también signo del poder temporal de la Iglesia, y la reemplaza por una simple mitra. Por otra parte, su escudo es el primero en incorporar un palio (faja circular que llevan sobre los hombros los obispos metropolitanos).
24 de abril. Misa de inicio del pontificado en la plaza de San Pedro con la participación de quinientos mil peregrinos y dignatarios. Benedicto XVI lleva el palio al modo ortodoxo como expresión de simpatía hacia la Ortodoxia y como referencia a la fase previa al cisma de Oriente del año 1054, cuando las Iglesias de Oriente y Occidente estaban todavía unidas bajo los sucesores de Pedro.
29 de mayo. Visita pastoral a Bari para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional italiano. Benedicto XVI subraya la importancia central del domingo y de la eucaristía: «Sin el domingo no podemos vivir»...
9 de junio. Encuentro con los representantes del Comité Judío Internacional para las Consultas Interreligiosas.
10 de junio. El papa recibe en audiencia a numerosos presidentes y miembros de gobierno cada mañana. Por razones de espacio, esta crónica sólo puede mencionar encuentro de carácter especial. Tampoco podrán mencionar..., los múltiples encuentros con sacerdotes., teólogos., obispos en visita ad limina, audiencias con diplomáticos., beatificaciones y canonizaciones., discursos., mensajes., cartas, celebraciones litúrgicas, nombramientos, visitas a enfermos., etcétera.
16 de junio. Encuentro con el secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, Rev. Dr. Samuel Kobia.
24 de junio. Visita de Estado al presidente de Italia, Cario Ciampi, en el Palacio del Quirinal, en Roma. La visita había sido planificada ya por Juan Pablo II y, tras veinte años de alejamiento, debía servir a un acercamiento entre el Vaticano y el Estado italiano.
28 de junio. Motu proprio para la aprobación y publicación del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. 91 de 99
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29 de junio. En todas las publicaciones del papa, trátese de cartas apostólicas o de encíclicas, no indica la fecha de su publicación sino la de su firma.
30 de junio. Encuentro con la delegación del patriarca ecuménico Bartolomé I en ocasión del comienzo del pontificado.
18 a 2l de agosto. Viaje apostólico a Colonia con ocasión de la XX Jornada Mundial de la Juventud. 19 de agosto: visita a la sinagoga de Colonia. Es la primera visita papal a un templo judío en Alemania. 21 de agosto: Misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud, con más de un millón de jóvenes.
20 de septiembre. Benedicto XVI da, por primera vez en la historia del papado, una entrevista televisiva para la emisora polaca TVP.
24 de septiembre. Entrevista de cuatro horas con Hans Küng, teólogo de Tubinga y crítico de la Iglesia, al que Juan Pablo II retiró en 1979 la licencia canónica para ejercer la docencia.
2 al 23 de octubre. XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos con el tema «La eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia». Benedicto XVI introduce además el debate libre a fin de discutir los temas controvertidos en un clima de «saludable inquietud».
7 de noviembre. Encuentro con el presidente de la Federación Luterana Mundial, obispo Mark Hanson.
17 de noviembre. Encuentro con Moshé Katsav, presidente del Estado de Israel, quien invita al papa Benedicto a visitar Tierra Santa.
3 de diciembre. Encuentro con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, que invita al papa a visitar Palestina.
25 de diciembre. Primera encíclica: Deus Caritas est (Dios es amor), en la que el papa Benedicto describe el amor como la dimensión central del cristianismo.
2006
18 de febrero. Publicación del Anuario Pontificio 2006, en el que por primera vez deja de aparecer el título de «Patriarca de Occidente» entre los títulos oficiales del papa. La eliminación del título es un gesto ecuménico hacia las Iglesias ortodoxas.
11 de marzo. Reforma de la curia por la fusión de las direcciones del Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes y del Pontificio Consejo Justicia y Paz, así como de las del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y del Pontificio Consejo de la Cultura.
20 de mayo. Encuentro con el metropolita ortodoxo ruso Kiril.
25 al 28 de mayo. Viaje apostólico a Polonia. 26 de mayo: visita al santuario de Jasna Góra en Czchenstochowa. 27 de mayo: visita a la casa natal de Juan Pablo II en Wadowice; encuentro con 600000 jóvenes en Cracovia. 28 de mayo: misa ante 1,2 millones de personas en Cracovia; visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Ese punto del programa no estaba planeado inicialmente, pero el papa Benedicto insistió en realizar la visita: «No podía por menos de venir aquí».
3 de junio. Celebración de la misa con trescientos cincuenta mil miembros de comunidades religiosas en la plaza de San Pedro.
8 a l9 de julio. Viaje apostólico a Valencia con ocasión del V Encuentro Mundial de las Familias: «La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida» (discurso del 8 de julio).
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1 de septiembre. Peregrinación al santuario de la Santa Faz de Manopello (Italia).
9 al 14 de septiembre. Viaje apostólico a Baviera con visitas a Múnich, Altotting, Marktl (lugar de nacimiento del papa), Ratisbona y Frisinga. 12 de septiembre: discurso académico en la Universidad de Ratisbona. Una cita del emperador bizantino Manuel II Paleólogo contenida en el discurso acerca del papel de la violencia en el islam condujo a protestas musulmanas organizadas en todo el mundo en cuyo marco se cometieron profanaciones de iglesias y una religiosa perdió la vida.
15 de septiembre. Nombramiento del cardenal Tarcisio Bertone como nuevo cardenal secretario de Estado tras la renuncia de Angelo Sodano por razones de edad.
19 de octubre. Visita a Verona con motivo del IV Congreso Nacional de la Iglesia Italiana.
28 de noviembre al 1 de diciembre. Viaje apostólico a Turquía. 28 de noviembre: encuentro con el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan. 29 de noviembre: encuentro con el patriarca ecuménico Bartolomé I, cabeza honoraria de todos los ortodoxos. 30 de noviembre: celebración conjunta de la fiesta de san Andrés con el patriarca Bartolomé y firma de una declaración conjunta para el acercamiento entre católicos y ortodoxos; encuentro con el patriarca armenio Mesrob II Mutafyan; visita a la mezquita Sultán Ahmed en Estambul. Es la segunda visita que haya hecho un papa a un templo islámico.
13 de diciembre. Encuentro con el primer ministro israelí, Ehud Olmert, para una conversación sobre la situación en Oriente Próximo y en el Líbano.
15 de diciembre. Encuentro con el patriarca copto de Alejandría, Antonios Naguib.
16 de diciembre. Carta a la canciller de Alemania, Angela Merkel, con vistas a la cumbre del G-8 en Heiligendamm, en la que el papa pide la cancelación de la deuda externa de los países más pobres.
2007
25 de enero. Encuentro con el primer ministro de Vietnam, Nguyen Tan Dung. Es la primera visita de un jefe de gobierno vietnamita al Vaticano desde la toma del poder por parte de los comunistas en 1975.
22 de febrero. Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, sobre la eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia.
13 de marzo. Encuentro con el presidente de Rusia, Vladímir Putin. La conversación estuvo centrada en las relaciones de las Iglesias católica y ruso-ortodoxa, así como en la situación en Oriente Próximo.
20 de marzo. Encuentro con el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki· Moon.
24 de marzo. Encuentro con ochenta mil miembros y seguidores del movimiento eclesial Comunión y Liberación en la plaza de San Pedro.
16 de abril. Publicación del tomo I del libro Jesús de Nazarel, al cumplir el papa 80 años.
21 al 22 de abril. Visita pastoral a Vigevano, Lombardía, la única diócesis italiana que Juan Pablo II no había visitado durante sus casi veintisiete años de pontificado, y a Pavía, donde el papa Benedicto peregrina a la tumba de san Agustín.
4 de mayo. Encuentro con el presidente del consejo de la Iglesia evangélica en Alemania, obispo Wolfgang Huber.
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9 al 14 de mayo. Viaje apostólico a Brasil. 9 de mayo: Benedicto XVI designa América Latina como el «continente de la esperanza». 10 de mayo: encuentro con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva en São Paulo.
12 de mayo: por su propio deseo, el papa visita la Fazenda da Esperanza, un proyecto para la reintegración de jóvenes, sobre todo drogodependientes. 13 de mayo: inauguración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida.
23 de mayo. En la audiencia general. El papa habla de su viaje a América Latina y menciona también «crímenes injustificables» cometidos durante la colonización y cristianización del continente.
27 de mayo. Carta a los católicos de China, en la que el papa Benedicto llama a los 12 millones de fieles de ese país, divididos en dos bandos, a unirse bajo su conducción, e invita al gobierno de Beijing a retomar las relaciones diplomáticas con el Vaticano.
9 de junio. George W. Bush, presidente de Estados Unidos de América, habla con el papa Benedicto XVI sobre la situación en Oriente Próximo y Oriente Medio.
11 de junio. Motu proprio De aliquibus mutationibus in normis de electione Romani Pontificis, sobre algunas modificaciones en las normas relativas a la elección papal. En el documento se establece que en un cónclave se requiere también después de la trigésima tercera vuelta una mayoría de dos tercios y que no basta ya, como hasta entonces, una mayoría simple.
17 de junio. Visita pastoral a Asís con motivo de los ochocientos años de la conversión de san Francisco.
21 de junio. Encuentro con el patriarca asirio Mar Dinkha IV.
25 de junio. Separación de las direcciones del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y del Pontificio Consejo de la Cultura.
7 de julio. Motu proprio Summorum Pontificum, sobre la liturgia romana en la forma anterior a la reforma de 1970. Según el documento, aparte de la forma ordinaria del rito romano se admite de nuevo la llamada misa tridentina, vigente hasta el Concilio, como forma extraordinaria para la celebración en las parroquias, sin que se requiera para ello, como hasta entonces, el permiso del obispo del lugar.
1 al 2 de septiembre. Viaje pastoral a Loreto con ocasión del «Ágora», encuentro con varios cientos de miles de jóvenes italianos al lanzarse los preparativos nacionales para la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney.
6 de septiembre. Encuentro con el primer ministro israelí, Simon Peres.
7 al 9 de septiembre. Viaje apostólico a Austria con ocasión del 850° aniversario de la fundación del santuario de Mariazell. En Viena el papa habla una vez más sobre la cultura del domingo.
23 de septiembre. Visita pastoral a Velletri (Italia), de donde Joseph Ratzinger fue obispo titular durante doce años antes de su elección como Papa.
8 de octubre. Encuentro con el director del Congreso Mundial Judio, Ronald Lauder.
19 de octubre. Encuentro oficial con los representantes de los menonitas, el primero que se realiza en la historia.
21 de octubre. Visita pastoral a Nápoles. La ocasión es el XXI Encuentro interreligioso internacional por la paz, en el que también participan, entre otros, el patriarca ecuménico de Constantinopla, Rartolomé I, el arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan WiUiams, el presidente del consejo de la 94 de 99
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Iglesia evangélica en Alemania, Wolfgang Huber, el gran rabino de Israel, Yona Metzger, y el rector de la Universidad Al Amar, de Egipto, Ahmad Al Tayyeb.
6 de noviembre. Audiencia con el rey Abdullah, de Arabia Saudí, Guardián de los Dos Santos Lugares del Islam. Es la primera audiencia de un monarca saudita con el jefe supremo de la Iglesia católica.
30 de noviembre. Segunda encíclica: Spe salvi (Salvados en la esperanza), sobre la esperanza cristiana también más allá de la muerte.
6 de diciembre. Encuentro con los representantes de la Alianza Bautista Mundial.
7 de diciembre. Encuentro con el presidente del departamento para las relaciones exteriores del Patriarcado de Moscú, metropolita Kiril, que después será nombrado patriarca de su Iglesia.
2008
5 de febrero. Modificación de la petición contenida en la liturgia del viernes santo «por los judíos» en el marco de la misa tridentina a una forma teológica adaptada.
6 de marzo. Encuentro con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Rartolomé I.
15 al 21 de abril. Viaje apostólico a los Estados Unidos de América y a las Naciones Unidas. 16 de abril: encuentro con el presidente de Estados Unidos de América, George W. Bush, en la Casa Blanca. 17 de abril: el papa se encuentra por primera vez con hombres y mujeres víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes católicos; publicación del mensaje del 14 de abril a la comunidad judía mundial en la fiesta del Pésaj. 18 de abril: discurso ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. En el centro del discurso se encuentra el respeto por los derechos humanos. Visita a la sinagoga de Park East, en Manhattan. 20 de abril: oración por las Víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en el Grormd Zero.
16 de abril. Mensaje del papa en la televisión rusa.
2 de mayo. Encuentro con la delegación de musulmanes shiítas de Irán. La Santa Sede y teólogos iraníes se habían puesto de acuerdo anteriormente en una declaración conjunta sobre el tema «Fe y razón en el cristianismo y en el islam». Según ella, hay coincidencia en que fe y razón «son intrínsecamente no Violentas» y que nunca se deben usar para la violencia.
5 de mayo. Encuentro con el primado de los anglicanos, arzobispo Rowan Williams de Canterbury.
8 de mayo. Encuentro con el patriarca greco-melquita de Antioquia. Gregorios III Laham.
9 de mayo. Celebración ecuménica con el patriarca supremo y catolicos de todos los armenios. Karekin II.
17 al 18 de mayo. Visita pastoral a Savona y Génova.
13 de junio. Encuentro con el presidente de Estados Unidos de América, George W. Bush.
14 al 15 de junio. Visita pastoral a Santa Maria di Leuca ya Brindisi.
21 de junio. Carta apostólica Antiqua ordinatione. Este motu proprio trata el ordenamiento procesal de la Signatura Apostólica. Se publica exclusivamente en latín.
28 y 29 de junio. Inauguración conjunta del Año Paulino con el patriarca ecuménico Bartolomé I.
12 al 21 de julio. Viaje apostólico a Sydney con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud. 17 de julio: encuentro con representantes del gobierno australiano.19 de julio: santa misa en la catedral de Santa María de Sydney, en la que el papa Benedicto pide disculpas por el abuso sexual
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de menores por parte de eclesiásticos católicos en Australia. El papa reconoce la vergüenza «que todos hemos sentido a causa de los abusos sexuales a menores por parte de algunos sacerdotes y religiosos de esta nación. Verdaderamente, me siento profundamente disgustado por el dolor y el sufrimiento que han padecido las víctimas y les aseguro que, como su Pastor, también yo comparto su aflicción». 20 de julio: misa de clausura en Sydney. Ante unas quinientas mil personas, el papa Benedicto invita a una renovación de la sociedad y de la Iglesia y alienta sobre todo a los jóvenes del mundo entero a tratar de forma responsable con la creación y con los recursos de la Tierra. 21 de julio: encuentro con hombres y mujeres que en su juventud fueron objeto de abuso sexual por parte de sacerdotes.
7 de septiembre. Visita pastoral a Cagliari para la clausura del centenario de la proclamación de «Nuestra Señora de Bonaria» como patrona de Cerdeña.
12 al 15 de septiembre. Viaje apostólico a Francia. 12 de septiembre: encuentro con el presidente Nicolas Sarkozy en París. 14 de septiembre: santa misa en Lourdes con unos cien mil fieles para celebrar los ciento cincuenta años de las apariciones de María. El papa Benedicto llama a los católicos a la renovación del espíritu misionero: «Volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo».
4 de octubre. Visita de Estado al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, en el palacio del Quirinal.
5 al 26 de octubre. XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos con el tema «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia». El papa participa personalmente con una intervención sobre la interpretación de la Biblia.
19 de octubre. Visita pastoral al santuario de Nuestra Señora del Rosario en Pompeya.
6 de noviembre. Encuentro con los participantes del primer encuentro del Fórum Católico·Musulmán, cuyo objetivo es reducir las tensiones entre ambas religiones.
9 de noviembre. Benedicto XVI recuerda públicamente en Roma el 70º aniversario del comienzo de los pogromos contra los judíos en Alemania («la noche de los cristales rotos del Reich») y llama a manifestar una «profunda solidaridad al mundo judío» y a orar por las víctimas. Según dice el papa, cada uno tiene el deber de comprometerse en todos los niveles contra toda forma de antisemitismo y de discriminación.
13 de noviembre. Encuentro con el presidente de Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva. La conversación estuvo centrada en la pregunta por una mejora de las condiciones de vida de los estratos socialmente marginados de la población.
2009
21 de enero. Decreto del levantamiento de la excomunión a cuatro obispos de la Fraternidad San Pío X ordenados por el arzobispo Marcel Lefebvre en enero de 1988 sin mandato de la Santa Sede. Entre ellos está Richard Williamson, del que a continuación sale a la luz pública una entrevista hasta entonces no publicada en la que niega que hayan existido las cámaras de gas de los nazis.
28 de enero. En la audiencia general. El papa da una explicación sobre el caso Williamson, utilizado de forma sensacionalista por los medios, en el que expresa su «plena e indiscutible solidaridad» con los judíos.
12 de febrero. Encuentro con los miembros de la Conferencia de Presidentes de las Mayores Organizaciones Judías de Estados Unidos, en el que Benedicto XVI condena el antisemitismo y rechaza claramente toda negación del Holocausto.
10 de marzo. Carta a los obispos de la Iglesia católica en la que el papa trata acerca de los malentendidos y las discusiones en torno a la excomunión de los cuatros obispos de la Fraternidad San Pío X y admite errores en el trabajo del Vaticano con los medios.
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17 al 23 de marzo. Viaje apostólico a Camerún y a Angola. El objetivo del viaje es llevar a África, ese continente atormentado por guerras, hambre y enfermedad, un mensaje de esperanza y de reconciliación y exigir a la comunidad mundial justicia para con dicho continente. La manifestación del papa Benedicto en el sentido de que el problema del sida no puede solucionarse solamente con preservativos es recibida con críticas por la prensa mundial.
28 de abril. Visita a la zona de los Abruzos afectada por un terremoto.
8 al 15 de mayo. Viaje apostólico a Tierra Santa. 8 de mayo: encuentro con el rey Abdalá de Jordania en el palacio Al-Husseinye de Ammán. 9 de mayo: visita a la basílica bizantina del memorial de Moisés, en el monte Neoo. Encuentro con dirigentes religiosos musulmanes. 10 de mayo: visita del lugar del bautismo de Jesús en el Jordán. 11 de mayo: visita del monumento conmemorativo del Holocausto Yad Vashem, en Jerusalén, junto con Simon Peres, presidente del Estado de Israel. En su discurso, el papa Benedicto declara acerca del asesinato de seis millones de judíos en la época del nacionalsocialismo: «Que los nombres de estas victimas no se borren nunca. Que nunca se niegue, disminuya u olvide sus sufrimientos». 12 de mayo: Benedicto XVI visita, siendo el primer papa en la historia en hacerlo, el monumento musulmán de la Cúpula de la Roca en la explanada del templo de Jerusalén. Encuentro con el gran muftí de Jerusalén, Mohammoo Ahmad Hussein. Oración junto al Muro Occidental. 13 de mayo: encuentro con el presidente palestino Mahmud Abbas en Belén. 14 de mayo: encuentro con el presidente del gobierno israelí Benjamín Netanyahu en Nazaret. Santa misa y visita a la gruta de la anunciación de Nazaret. 15 de mayo: visita a la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.
24 de mayo. Visita pastoral a Cassino y Montecassino, abadía matriz de san Benito, su santo patrón y patrono de Europa.
19 de junio. Comienzo del Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI.
21 de junio. Visita pastoral a San Giovanni Rotondo, lugar de peregrinación al religioso capuchino Pío de Pietrelcina, muerto en 1968 y canonizado en 2002.
29 de junio. Tercera encíclica: Caritas in Veritate (La caridad en la verdad), encíclica social sobre las consecuencias de la globalización, de la crisis económica y financiera y sobre un ordenamiento económico más justo, social y ecológico.
2 de julio. Carta apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae unitatem, con la que se incorpora a la Congregación para la Doctrina de la Fe la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei», con su competencia para las relaciones con los católicos tradicionalistas como, por ejemplo, la Fraternidad sacerdotal San Pío X.
7 de julio. Carta apostólica en forma de motu proprio para la aprobación del nuevo estatuto de la Oficina Laboral de la Sede Apostólica.
9 de julio. Encuentro con el primer ministro de Australia, Kevin Rudd. Encuentro con el presidente del Estado de Corea del Sur, Lee Myung-bak, para dialogar sobre las consecuencias de la crisis económica para los países más pobres y sobre la situación política y social de la península de Corea.
10 de julio. Encuentro con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. La audiencia privada se centra en los temas de la crisis económica, la situación en Oriente Próximo, la política de desarrollo en África y Sudamérica y la lucha internacional contra el tráfico de drogas. Se tratan además la investigación sobre 181 células madre, la bioética y la problemática del aborto.
17 de julio. Pequeña intervención quirúrgica en la mano derecha después de que, durante sus vacaciones de verano en el valle de Aosta, el papa sufriera una caída que le causó la fractura de la muñeca.
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6 de septiembre. Visita pastoral a Viterbo y Bagnoregio. En Viterbo tuvo lugar el cónclave más extenso (1005 días) de la historia de la Iglesia; en Bagnoregio se conserva la única reliquia de san Buenaventura.
26 a 28 de septiembre. Viaje apostólico a la República Checa. El objetivo de la visita, veinte años después de la caída del Telón de Acero, es dar aliento a la minoría creyente y traer a la memoria las raíces cristianas de la cultura de ese país, que se ha tornado ampliamente ateo.
4 al 25 de octubre. II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para África.
26 de octubre. Carta apostólica en forma de motu proprio Omnium in mentem, para modificar algunas normas del Código de Derecho Canónico.
4 de noviembre. Constitución apostólica Anglicanorum coetibus, sobre la erección de ordinariatos personales para anglicanos que entren en la plena comunión con la Iglesia católica.
8 de noviembre. Visita pastoral a Concesio y a Brescia, tierra natal de Pablo VI.
14 de noviembre. Encuentro con el primer ministro checo Jan Fischer, sobre el Tratado de Lisboa.
21 de noviembre. Encuentro con el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, primado de la Iglesia anglicana. La conversación se centró en los desafíos de la comunidad cristiana al comienzo del tercer milenio.
3 de diciembre. Encuentro con el jefe de Estado ruso Dmitri Medvedev, con el anuncio del inicio de relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el Kremlin.
2010
1 de enero. Llamamiento a un giro ecológico: «Si quieres promover la paz, protege la creación».
15 de enero. Carta del director del Colegio de san Canisio, P. Klaus Mertes, a seiscientos egresados del instituto de enseñanza secundaria de los jesuitas en Berlín, en la que Mertes pide disculpas a las Víctimas por los abusos cometidos por jesuitas en esa escuela de Berlín durante las décadas de 1970 y 1980. La publicación de esa carta acarrea la revelación de otros casos en otras instituciones eclesiásticas y no eclesiásticas.
17 de enero. Visita del papa a la sinagoga de Roma.
15 y 16 de febrero. Encuentro con 24 obispos irlandeses para tratar el escándalo de abusos en la Iglesia católica de Irlanda. El papa censura graves faltas de los obispos.
12 de marzo. Encuentro con el arzobispo Robert Zollitsch, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, con motivo de los numerosos casos de abuso en Alemania.
14 de marzo. Visita a la comunidad evangélica luterana de habla alemana en Roma; sermón y celebración de culto.
19 de marzo. Carta pastoral a los católicos de Irlanda, en la que Benedicto XVI pide perdón por los casos de abuso en instituciones católicas y por el fallo de los obispos y, más allá del caso de Irlanda, da indicaciones para la elucidación de los casos y la manera de enfrentar la situación de crisis.
17 al 18 de abril. Viaje apostólico a Malta con ocasión del 1950º Aniversario del naufragio del apóstol Pablo en las costas de Malta. Durante la visita, Benedicto XVI se encuentra también con víctimas de abuso en Malta.
1 de mayo. Una vez terminada la visita canónica a los «Legionarios de Cristo» por él ordenada, el papa exige una renovación espiritual y estructural general de la orden.
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2 de mayo. Visita pastoral a Turin con motivo de la exposición de la Santa Sindone.
11 al 14 de mayo. Viaje apostólico a Portugal con motivo del 10° aniversario de la beatificación de los pastorcillos de Fátima, Jacinta y Francisco. 13 de mayo: santa misa en el santuario de Fátima: «He venido a Fátima a rezar, con María y con tantos peregrinos, por nuestra humanidad afligida por tantas miserias y sufrimientos».
20 de mayo. Concierto en el Vaticano con la intervención de la Orquesta Nacional Rusa y el Coro Sinodal de Moscú en honor del quinto aniversario del pontificado de Benedicto XVI. El concierto es un regalo del patriarca de Moscú, Kiril I, y se considera como un signo del acercamiento entre la Iglesia ortodoxa rusa y la Iglesia católica,
31 de mayo. Envío a Irlanda de cuatro mediadores especiales de alto rango para la elaboración del escándalo de los abusos sexuales.
4 al 6 de junio. Viaje apostólico a Chipre. 5 de junio: encuentro con el arzobispo ortodoxo Crisóstomos II. 6 de junio: entrega del Instrumentum laboris para la próxima Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Oriente Medio.
10 al 20 de junio. Discurso ante el encuentro de sacerdotes, presumiblemente el mayor de la historia, con motivo de la clausura del Año sacerdotal.
26 de junio. Encuentro con el secretario general saliente de la Federación Luterana Mundial, Ishmael Noko.
29 de junio. Anuncio de la erección del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización para las sociedades poscristianas.
4 de julio. Visita pastoral a Sulmona en los Abruzos con motivo del 800 aniversario del nacimiento del papa Celestino V, que, tras medio año como papa, renunció a su cargo.
2 de septiembre. Encuentro con el presidente del Estado de Israel, Simon Peres, para conversar sobre el proceso de paz en Oriente Próximo. Según Peres, bajo Benedicto XVI las relaciones entre el Vaticano e Israel son «las mejores desde los tiempos de Jesucristo».
5 de septiembre. Visita a Carpetino Romano, donde doscientos años atrás nació el papa León XIII, que respondió a la Revolución industrial con la doctrina social de la Iglesia.
16 al 19 de septiembre. Viaje apostólico al Reino Unido, primera visita de un papa a Gran Bretaña. 16 de septiembre: encuentro con la reina Isabel I1, cabeza de la Iglesia anglicana, en Edimburgo. 17 de septiembre: celebración ecuménica en la Abadía de Westminster, Londres. 19 de septiembre: la beatificación del convertido cardenal John Henry Newman, en Birmingham, es la primera misa de beatificación en suelo inglés.
3 de octubre. Encuentro con familias y jóvenes de Palermo, Sicilia.
10 al 24 de octubre. Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos sobre la situación de los cristianos en Oriente Medio.
6 al 7 de noviembre. Viaje pastoral a España. 6 de noviembre: visita a Santiago de Compostela con motivo del Año Jubilar Compostelano. 7 de noviembre: Dedicación de la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona y consagración del altar.
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